Mendicidad: el umbral de la vida para cada vez más cubanos

‘Hay días que parece que llevo en esta situación toda la vida’, dice uno de los #cubanos que cada día engrosan la cifra de quienes tienen que sobrevivir en la calle en medio de la crisis económica.

JORGE ENRIQUE RODRÍGUEZ

Dos cubanos que viven en la calle en La Habana. DIARIO DE CUBA

Con una mirada huraña, Miriam extiende su mano para recibir un billete de 50 pesos. También acepta de los transeúntes alimentos cocinados, ropa, envases plásticos, latas vacías o cualquier objeto inservible que puede usar para «adornar» su entorno —el espacio que ocupa en un parque—, que considera seguro gracias «a la bondad» de los vecinos del consejo popular Plaza, en La Habana.

Su edad es imprecisa, no permite que le hagan fotos y, como único dato personal, solo murmura su nombre. Conserva ese último ápice de dignidad y lucidez que le queda como persona. El hogar de Miriam se derrumbó totalmente durante los embates de un huracán —ni siquiera recuerda en cuál año— y sus familiares fueron reubicados en un espacio de cuatro por cuatro metros de un albergue en Guanabacoa.

«Siempre fuimos muchos en mi familia, más de 15 apiñados en dos cuartos. Nos decían ‘los muchos’. No tuve oportunidad de tener hijos, pues era complicado tener marido. Sufrí ‘tocamientos’ de mis tíos, golpes de todos los varones. Un día decidí no regresar más nunca al albergue«, relata Miriam, manteniendo ante cada pregunta la hosquedad propia de quien lleva sobreviviendo en las calles más de cinco años.

Solo se relaja un poco cuando aparece un hombre que evita el contacto visual y solo ofrece silencio ante las preguntas. Trae dos pozuelos con comida y un pomo de agua. Por su comportamiento hacia Miriam, podría decirse que es su pareja sentimental.

«Nos hacemos compañía. No es lo mismo estar sola que con alguien de confianza. Rara vez nos acostamos, porque cuando vives en la calle eso no es importante, no lo sientes como una necesidad, ni hay ganas. No nos gusta estar en grupos más grandes porque siempre hay problemas de robo y de envidia. Solos nos va mejor», añade Miriam quien, a pesar de no haber respondido a su edad real, se puede deducir que no tiene más de 55 años.

En La Habana cada día aumenta el número de mendigos —a los que las autoridades llaman «deambulantes»— y personas con visibles trastornos psicológicos. Aunque predominan los mayores de 60 años, con la profundización de la crisis económica se han incrementado también los adultos de entre 30 y 50 años.

«Muchos ancianos son abandonados por sus propias familias, no están abandonados ni descartados por el Estado como afirma la prensa enemiga», dice Marisol Palmero, vecina del barrio La Victoria, en Centro Habana.

«Esos ancianos tienen una chequera, tienen un hogar de origen, y su cuidado no puede recaer en el Estado mientras haya familiares que puedan hacerse cargo de cubrir sus necesidades más básicas y velar por su salud. Aquí en este barrio hay familias que dejan en la calle a sus viejitos y los recogen cuando regresan de trabajar, pero durante todo ese tiempo esos ancianos andan deambulando por las calles, y ese es el panorama que aprovechan los críticos para tergiversar la realidad del país. Por otra parte, están aquellos, mucho más jóvenes, que decidieron el camino del alcohol y perdieron a sus familias. Son esos que ves husmeando en la basura, recogiendo tarecos y viviendo en portales y parques», opina Palmero.

Aunque aumentaron más de cinco veces con la Tarea Ordenamiento, las pensiones de los ancianos cubanos —la mínima es de 1.528 pesos— se han vuelto inservibles ante la subida constante de los precios debido a la inflación. Solo aquellos cuyos allegados pueden acogerlos o reciben alguna ayuda de familiares en el exterior, pueden sobrevivir más o menos dignamente.

El alcoholismo, el envejecimiento poblacional, el hacinamiento por el déficit de viviendas, la desesperanza por un cambio real en la Isla y la angustia por la sobrevivencia en un país que, lejos de combatir la pobreza, ensancha cada día el apartheid económico, empujan a muchos ciudadanos a la indigencia.

«Los viejitos llevan la peor parte porque no pueden casi valerse por sí mismos, ni caminar grandes distancias en busca de algo para salvar el día», dice Frank Abel López, un joven de 31 años de edad que suele pernoctar en los alrededores del antiguamente famoso mercado de Egido, en La Habana Vieja

Su relación con el alcohol, el único producto que nunca escasea en las ofertas del régimen en cualquier situación, terminó por lacerar sus nexos familiares. Las instituciones de Salud Pública no abordan el alcoholismo, ni el uso de las drogas, como fenómenos sociales que necesitan cada vez más atención.

El «estado peligroso», un término delictivo contenido en el Código Penal vigente, es la respuesta del régimen cubano a un panorama que lanza también a los jóvenes a sobrevivir en calle.

«Ayudo cuando puedo a esos viejitos que andan el día mendigando sin apenas poder desplazarse. Los más jóvenes sí podemos recorrer toda La Habana recogiendo materia prima que luego vendemos en los puntos del Estado. Pero ellos dependen de la caridad pública, están expuestos al maltrato y a que la Policía los bote en esas zonas donde el movimiento de personas es más abundante», explica López, miembro de un grupo que supera las 30 personas y en el que el promedio de edad es de 45 años.

Debilidad visual, limitaciones físico-motores, demencia senil y trastornos psicológicos como la esquizofrenia, son algunos de los padecimientos de habaneros de la tercera edad que viven en la calle.

También escurridizo, reacio a posar para fotografías y a ofrecer otros datos personales, Francisco tiene «problemas de la circulación» que le provocan linfangitis en las piernas. Tiene 61 años de edad y ya no recuerda con exactitud cuántos años lleva sobreviviendo en las calles.

«Hay días que parece que llevo en esta situación toda la vida. En otros, parece que empecé ayer», comenta sin apenas levantar la vista del plato donde los transeúntes solidarios depositan algo de dinero.

Durante el día —»si las piernas me lo permiten»— se desplaza a las cercanías de las tiendas donde las colas suelen ser kilométricas. Rehúsa a hablar de su familia y de su lugar de origen.

«Me cansé, me cansé de trabajar para nada, del egoísmo de la gente y de los hospitales donde los viejos somos atendidos con pocas ganas«, dice, como si de repente le llegara la lucidez, sobre la situación en que se encuentra. No aclara tampoco si tiene una chequera de jubilación o de asistencia social, porque la paranoia le hace desconfiar de todos y tener dinero en sus circunstancias puede ser peligroso.

«No soy un mendigo, soy un viejo enfermo desechado por mi propia familia y también engañado por el Gobierno. Nadie que trabaje más de 30 años debería pasar por estas situaciones, sino que debería por lo menos morirse en paz», afirma en medio de lágrimas.

En determinadas circunstancias, el régimen hace recogidas de indigentes, a quienes traslada de manera temporal hacia centros situados en las afueras de La Habana.

El último dato oficial, de 2015, indicaba que en Cuba había 1.261 «deambulantes» con prevalencia de ancianos y discapacitados. Una cifra poco creíble para aquellos que recuerdan que durante las visitas de Barack Obama y el papa Francisco, el Ministerio de Salud Pública internó a centenares de mendigos solo en La Habana, en instalaciones como el centro médico la Quinta Canaria, en el municipio Arroyo Naranjo.

«No quiero hablar de ese lugar porque puede traerme problemas», dice Francisco. «No me agrada, y por eso cuando hay ‘limpieza’ me escondo. Bastante humillación tengo por haberme cansado de la vida y de la gente. Ser abandonado o abandonarse es lo peor que puede pasarle a una persona», concluye devolviendo la mirada al plato metálico que le salva el día.

Origen: Diario de Cuba

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