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NOSTALGIA

VARELA BLOG

nostalgialo prohibido es morboso. ahora tengo ganas de ir al cine y no iba desde el 17 con mi hijo a la ultima mad max. tambien quiero meterme en una buena sinfonica, y ponerme de pie y aplaudir y gritar. despues entrar a una cafeteria congestionada de gente de esas que comes en la barra con el codo del de al lado metido en tu sopa. quien pudiera hoy hacer la ola en el estadio de un juego de pelota! el molote, lo que uno criticaba, es lo que es el mundo. nadie es una isla aparte aunque a veces pequemos de ermitaños. ya la internet aburre, hasta para ver mujeres desnudas. entonces hay que probar otra vez (como en nuestra niñez) el parchis, el monopolio, y aprender a tejer medias para los nietecitos. la vida enclaustrada es una mierda. claro que antes vivia enclaustrado pero era voluntariamente; cuando la…

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El viaje que me salvó la vida

Decir que “viajar nos cambia la vida” es casi un cliché, pero hay casos en los que resulta escalofriantemente verdadero. Tanto, que, prácticamente, sentimos que el periplo nos sana, que nos salva la vida. Les sucedió a estos viajeros y viajeras, que decidieron embarcarse en la aventura tras un revés del destino: rupturas, duelos, crisis existenciales… A la vuelta, estaban “curados”, y no volvieron a ser los mismos.

ANTE UNA DEPRESIÓN

“Cuando murió mi madre, caí en una fuerte depresión durante nueve meses, que hizo que se rompiese la relación con mi pareja. Tras todo aquello, me di cuenta de que las cosas tenían que cambiar, así que, aprovechando que tenía un buen trabajo y mucho tiempo libre, decidí irme cada viernes al aeropuerto y preguntar por todos los vuelos que salieran esa tarde y volvieran el domingo. Comparaba los precios y decidía adónde ir. Con esa táctica visité Estambul, París, San Petersburgo, Roma, Nápoles, Atenas, Praga… Iba a solas, sin la intención de conocer a nadie; solo quería visitar los lugares, observar cómo vivía la gente en ellos y reflexionar”, rememora Nahúm, editor de películas.

“Aquella experiencia me llevó a pensar que tenía que hacer un viaje largo por uno de los sitios que siempre había querido visitar, Marruecos. Así que me armé con dos mochilitas y una cámara de fotos y me dispuse a cruzar el Atlas de norte a sur”.

“Todo iba bien hasta que, en medio de un paisaje de montaña desértico, el autobús en el que viajaba se recalentó y paró, momento que aproveché para bajarme y hacer fotos. Al rato, me di cuenta de que se habían ido sin mí, llevándose una de mis maletas“.

“En aquel momento, pensaba que me moriría allí: era un lugar inhóspito en el que no se veía ningún rastro de vida humana a kilómetros a la redonda. En mi desesperación, mientras caminaba por aquel camino de cabras por el que se había alejado el autobús, a lo lejos, entre las lágrimas, vi a un cabrero”.

El Alto Atlas

“Me acerqué a él gritando y corriendo como un loco. El tipo, que solo hablaba árabe, sacó un cuchillo, pero al final, entendió que necesitaba ayuda y me ofreció agua. Después, me llevó a su casa”.

“Era una casa de adobe, de dos habitaciones. En la delantera, dormían él y su mujer. En la trasera, las cabras, sus dos hijos… y yo, que me quedé allí tres semanas. Lográbamos entendernos más o menos a través de la hija, que hablaba algo de francés”.

“Durante ese tiempo, aceptaba la comida que me daban y me dedicaba, con los niños, a sacar a las cabras y a subirme en lo alto de un árbol que había un peñón, mirando el desierto“.

“Cuando acabaron aquellas tres semanas, el cabrero fue al pueblo a vender los nuevos chivos que habían nacido. Me fui con él para seguir mi viaje, y como no tenía nada con lo que pagarle, le di las botas de montaña que llevaba. El tipo se echó a llorar: fue un momento que nunca olvidaré“.

“A mi vuelta, descubrí que todo lo que nos rodea en la civilización me resultaba agresivo: las luces, los carteles de publicidad, oír las televisiones a través de las ventanas… Pero, además de ese efecto colateral, aquel tiempo en el desierto dió para mucho, y conseguí por fin tener claro cómo quería cambiar mi vida -aunque después no todo saliese exactamente como había pensado…-.

Ruta por el Atlas Marroquí (Marruecos)

ANTE UNA CRISIS DE PAREJA

“Me fui este verano a Portugal para saber si habría un punto y aparte o un punto y final con mi pareja”, cuenta Marta, periodista con dos hijos pequeños. “Decidí ir a hoteles que parecían cuasi retiros (dos antiguos hospitales, uno de ellos de tuberculosos) para estar a solas con mis pensamientos… y, al final, estaban llenos de niños, ¡nada espiritual! No obstante, aunque no me sirvió para tomar la decisión final, sí para descansar, cambiar de aires y centrarme en mí, aunque fuese por una décima de segundo”.

ANTE UNA RUPTURA

“Hice una ruta por Indonesia después de una ruptura intensa. Me ayudó a afrontar la valentía para estar sola, ver el lado positivo de las cosas y comprender que todo pasa por algo. Y para entender que estaba al comienzo de un ciclo de mi vida, no al final”, cuenta Rhodelinda, empresaria.

“Estaba a punto de irme a Italia con la que era entonces mi pareja, pero lo dejamos y entré en una crisis catártica, terrible”, cuenta Carmen. “Al principio, pensé en irme a Italia sola, pero no me apetecía, porque me parece más un país de disfrute, de película de Bertolucci: de comer, beber, disfrutar de estar vivo, y yo no estaba muy de ese humor, la verdad. Entonces, viendo vídeos de YouTube de coaches y cosas de estas, que era lo único que me salvaba de la depresión, me topé con una chica que contó que se fue a un viaje de peregrinación al Tíbet. Entonces. se me iluminó la bombilla, y me fui al Camino de Santiago durante diez días, sin planear absolutamente nada. Compré algunas cosas, cogí una mochila y me fui”, recuerda.

“Fue increíblemente sanador. Tuve un despertar espiritual gracias al cual me pareció que todo tenía sentido: conocí a las personas adecuadas, que me dijeron las cosas adecuadas. Descubrí con qué poco se puede ser feliz. Y lo que siempre dicen: que llegar a Santiago importa poco: importa el camino. Me volví con una fe bastante firme, porque, aunque mucha gente va sin ser creyente, hablas con mucha gente que sí lo es, ya sea en sentido religioso o en sentido espiritual. Gente de distintas culturas y distinta clase social, mucho de los cuales acuden después de procesos dolorosos“.

“Hablas con esas personas, con las que en tu entorno no entablarías conversación, y compartes cosas que normalmente no hablarías. Y ves que, independientemente de sus creencias, todo el mundo sufre y todo el mundo ama. Al final, pasé de ser una cucaracha depresiva cuando me fui a amar la vida de nuevo”, cuenta a Traveler.es. “Y antes era abogada, y ahora soy astróloga. No fue solo por el viaje, pero ¡incidió en cierta medida!”.

peregrina en el camino de santiago junto a un arbol

ANTE UNA CRISIS EXISTENCIAL

“Estaba mal con mi novio y con mi vida en general: no me sentía bien en el trabajo, no llevaba bien el vivir lejos de mi familia… así que decidí irme a Barcelona sola, con la excusa de visitar a un amigo”, cuenta Claudia, profesora de inglés.

“Como él estaba estudiando todo el día, yo pasaba el día paseando. No hacía nada demasiado turístico: me sentaba en algún banquito al sol a fumar, recorría las callejuelas del Born viendo todo el arte que había escondido en cada esquina, me tiraba horas en galerías de arte… Un día, en uno de esos paseos, conocí a dos jóvenes franceses que vivían en la calle. Uno de ellos, de 21 años, era analfabeto y no hablaba nada de español. El otro tenía 26 y llevaba los últimos cinco en una silla de ruedas por un accidente en el ejército”.

“Empezamos a pasar tiempo juntos. Nos quedábamos en la calle fumando o comiendo, nos íbamos a la playa a pintar mandalas en la arena, caminábamos, cambiábamos las monedillas que tenían por billetes, y nos comunicábamos sin saber siquiera el idioma del otro“.

“Yo lo sentí como una liberación: estaba en paz, tranquila, aunque sabía que esa situación no me duraría para siempre. No obstante, presentía que a ellos, quizás sí. Aquella experiencia hizo que me preguntase si realmente estaba tan mal todo en mi vida, y me hizo apreciar las pequeñas cosas de mi día a día”, recuerda Claudia.

El Born

PARA CERRAR UN CAPÍTULO DOLOROSO

“Me separé de mi pareja, pero teníamos un viaje planeado a Lisboa y decidimos irnos pese a todo. Para mí, la sensación, que asocié con la ciudad, fue muy amarga: fue un viaje de amor y desamor a la vez, de despedida. Pasó el tiempo y decidí que tenía que reconciliarme con la capital portuguesa, así que allá que me fui sola: cogí mi coche, me planté en Lisboa, me pillé un hostal, y cuando me senté a cenar en un indio del Barrio Alto que me encantaba, en el que había estado con él la vez anterior, me dio una crisis de ansiedad“, rememora Mónica, fotógrafa.

“Aquel viaje fue muy duro. Se sumaban los miedos de viajar sola por primera vez -yo tenía unos 24 años- con tener que enfrentarme a un lugar que había quedado registrado en mi memoria de manera desagradable. Lo recuerdo como una semana muy solitaria, pero me reconcilié con la ciudad -aunque me costó mucho trabajo, porque no había superado del todo aquella ruptura-. Resultó difícil y doloroso, pero es la clase de cosa que, aunque sabes que será complicada, haces porque también sabes que será buena para ti a largo plazo. Y lo fue”.

ANTE LA MUERTE DE UN SER QUERIDO

“Algunas semanas después de que muriese mi padre, me fui al balneario de Leana, en Fortuna (Murcia)”, nos cuenta Silvia, periodista. “El hotel es primo hermano del Titanic (de hecho, era el favorito del presidente Antonio Maura) y el balneario, una enorme piscina natural al aire libre con vistas panorámicas y termas romanas de piedra, están en las antípodas de los clorados spas urbanos. No sé si fueron las aguas termales, la gente encantadora (tanto los huéspedes como la plantilla) o la sensación de que el indiferente paso del tiempo también puede ser amable… El caso es que, por primera vez, sentí algo mínimamente reconfortante”.

TRAS UNA TEMPORADA ESPECIALMENTE ESTRESANTE

A María, comunicadora, también la “curó” el Camino. “Notaba como que me ahogaba todo el tiempo, y solo visualizaba la idea de ir dejando atrás cosas y personas”, explica. A aquella sensación se le sumó una ruptura, y una serie de casualidades que la llevaron finalmente a hacer aquel viaje. “Siempre había querido hacerlo, era la típica experiencia que tienes pendiente, pero para la que nunca encuentras ese momento perfecto, porque no existe: ¿Cómo voy a irme al Camino con lo cansada que estoy de todo el año? ¿Cómo me voy a ir sola? ¿Cómo voy a hacerlo si no tengo tiempo para entrenar…?”.

Para un plan urbanita: Lisboa

“Un amigo mío se lo había hecho varias veces, y me decía que él cuando estaba mal no iba al psicólogo, que se iba al Camino. Un primo me había dicho que iba a ser la mejor experiencia de mi vida, y pensé que era un exagerado. Pero, a día de hoy, podría decir que sí, que lo fue, aunque supongo que vendrán más cosas en el futuro que cambiarán esa sensación, que no sé muy bien explicar porque la tengo”.

“En el Camino, que hice durante 13 días, todo encaja. Te van a pasar cosas, buenas y malas, pero, por cada cosa mala que pasaba (ampollas, dolor de pies…), aparecía la forma de solucionarlo de una manera súper sencilla. Por ejemplo, el día que peor tenía las ampollas, conocí a Ángela, enfermera, que ahora es muy buena amiga mía. Cuando creí que no llegaba por el dolor que tenía en el pie, ahí estaba otra chica, médico de cabecera, que tenía el antiinflamatorio más maravilloso del mundo, gracias al cual pude acabar el Camino junto a toda la gente que había conocido”.

“Aprendes a confiar. Yo no soy muy mística, pero el Camino te va poniendo gente y cosas geniales según vas avanzando. Yo volví súper contenta y con muchísima energía, fue completamente depurativa esa sensación de ir dejando atrás las cosas. Me acuerdo que el día que volví a trabajar, mis compañeras me decían: “Ay, pobre, que te toca la vuelta”. Y yo le decía que nada de pobre, que estaba súper contenta, que había disfrutado, había hecho lo que me había dado la gana y que me habían bailado tanto las emociones que solo podía estar feliz y agradecida. Lo del Ave Fénix, pues tal cual: fue renacer“.

“Muchas de las cosas que aprendí durante el Camino las sigo aplicando, como lo que ya he mencionado de confiar. Cuando me empiezo a agobiar porque quiero controlarlo todo y que todo encaje, al final paro y digo: ‘Mira, saldrá cómo tenga que salir: confía’. Y te das cuenta de que luego muchas cosas encajan. Cuando veo que no puedo con algo, digo: ‘A ver, te has hecho 265 kilómetros a pie, esto no es nada‘”.

El Camino de Santiago sin asfalto que pone a prueba al peregrino

“Gracias al Camino, he aprendido a darme cuenta de cómo muchas veces te pones frenos tú sola, y de que, manteniendo la cabeza fría, somos mucho más fuertes de lo que pensamos. Me ha servido también para coger perspectiva antes de estresarme, para acordarme de tener tiempo para los demás, aunque sea para pararte y darle una dirección a alguien, y para mí misma. Me ha enseñado a disfrutar de los procesos, a mí, que me suelo obsesionar con el resultado y con si seré capaz de conseguirlo o no. En el Camino te das cuenta que llegar no es nada. Es emocionante, sí, porque claro, lo has conseguido, pero es, literalmente, un segundo. Lo que importa es todo lo que ha habido antes, y cómo lo has disfrutado”.

ANTE UN TRABAJO INSATISFACTORIO

“Tenía un trabajo que no me gustaba, pero la crisis económica y la precariedad laboral me llevaron a estancarme en él. Además, en mi vida sentimental, estaba pasando por un momento de dificultades que estaba consumiéndome. Diariamente, sufría estrés y ansiedad debido a la imposibilidad de cambiar una realidad que no me gustaba. Por ello, me sentía frustrado, vacío y perdido, porque las cosas no estaban saliendo como yo quería”. Lo cuenta Antonio, biólogo.

“Me armé de valor y decidí dejarlo todo: primero a mi pareja y luego, el trabajo, para centrarme en mí. Decidí irme tres meses a Costa Rica para hacer voluntariados con animales, algo que siempre quise llevar a cabo. Esta decisión cambiaría mi vida para siempre”, recuerda.

“Conocí lugares y personas increíbles, aprendí a confiar más en mí y en los demás, viví experiencias únicas e inolvidables, y me permitió conocerme mejor a mí mismo. Y por si fuese poco, los voluntariados con animales me brindaron la experiencia necesaria para reinventarme profesionalmente. ¡Al volver a España, conseguí trabajo en un Zoo!”, exclama.

Un guacamayo ambiguo (Ara ambiguus) , especie amenazada en Costa Rica y conocidda allí como lapa verde

Desde aquella experiencia, han pasado seis años, durante los cuales Antonio no ha parado de viajar: ha visitado más de 20 países, y se ha enganchado tanto a la experiencia que ha creado una empresa, Viajes Existenciales, para brindar al resto una vivencia igual de transformadora que la que experimentó él. “Un viaje te cambia en muchos sentidos, por no decir en todos. Especialmente, cuando te mueves durante meses en solitario”, cuenta a Traveler.es.

Salirse de una ruta para bicicletas y perderse en una montaña -pero dar con parajes salvajes y extraordinarios y ser capaz de llegar al destino-; confiar en dejar todas sus pertenencias en el coche de un desconocido para pasear, en una escala, por Manhattan -y darse cuenta de que basta con “usar el sentido común, abrirse y confiar” para guiarse por el mundo- fueron algunas de las experiencias que le hicieron transformarse durante esa primera aventura.

“Viajar te expande y te enriquece la mente al conocer nuevas personas, nuevas culturas y nuevas ideas, lo que te permite, a la vez, conocerte mejor a ti mismo. Además, te sientes sin límites, te ves capaz de todo al tomar una decisión así, y por supuesto, adquieres mucha confianza en ti mismo y en los demás”.

Origen: Traveler.es

El poder de la envidia positiva

A veces, el deseo de ser incluido puede ser una razón para hacer el esfuerzo. (Andrew Neel/Unsplash)

POR MANUEL RIOS

La envidia es como una emoción. Típicamente nos hace miserables, y también puede hacernos querer hacer miserables a otros. Pero la envidia también puede ser usada para el bien, particularmente si luchamos para hacer cambios, enfrentar miedos, o para emprender cosas nuevas.

La envidia suele ocurrir cuando una persona carece de una cualidad superior, un logro o una posesión que otra persona tiene y puede tener el deseo de tenerla o de que la otra persona no la tenga.

Ahora hablemos de esa parte sobre desearle el mal a alguien más y enfoquémonos en el deseo de adquirir ese atributo para nosotros mismos.

¿No es atlético? Solo pase cinco o seis años viendo a todos los demás jugar al fútbol, competir en encuentros de atletismo, hacer artes marciales y ganar partidos de fútbol. Deje que ese sentimiento se cocine a fuego lento.

¿Tienes miedo de bailar? Pase tiempo tras tiempo sentado incómodamente mientras todos los demás se divierten en la pista de baile. Pierda esas oportunidades de bailar con chicas guapas. Sienta miedo mientras todos los demás sienten alegría.

¿Teme sus próximos pasos en el mundo de los negocios? Mire mientras todos tus compañeros y amigos lo dejan en su insatisfactorio trabajo.

Sentirá el mismo sentimiento en todos estos casos: miedo paralizante mezclado con arrepentimiento y envidia de la gente que no siente ninguna de las dos cosas. No tiene que aferrarte a estos sentimientos. Toda esa gente se divierte sin usted, no porque les desagrade, sino porque tiene demasiado miedo de participar. Si el incentivo positivo no es suficiente, puede usar su envidia como combustible para actuar.

Muchas de mis propias transformaciones en los últimos años han venido de un deseo básico de no ser dejado fuera de la diversión. Y en cuanto a la envidia, me ha servido sin muchos efectos secundarios. Me he convertido en atleta, orador, escritor, bailarín y cantante de karaoke, no en el mejor, pero al menos lo suficientemente bueno para participar.

La “envidia positiva” que impulsó este cambio no es el tipo de envidia excluyente – los demás pueden seguir disfrutando mientras yo disfruto. No es el tipo de envidia de dominación, no es un deseo de ser mejor que los demás. Es un deseo de unirse a la diversión.

Si alguna vez quiere descubrir dónde no has sido lo suficientemente valiente, piense en las cosas que ve que todos los demás (excepto usted) disfrutan.

Por otro lado, puede decidir si está deseando algo que simplemente no es para usted y sería mejor dejarlo ir y seguir adelante. No siempre se da el caso de que solo porque envidia la capacidad de otra persona la necesite usted mismo. Puede ser que necesite valorar sus propios atributos únicos, enfocarse en ellos y dejar de compararse con los demás.

James Walpole es un escritor, un comercializador principiante, un explorador intelectual y un aprendiz perpetuo. Es un exalumno de Praxis y un becario de la Fundación para la Educación Económica Eugene S. Thorpe. Escribe regularmente en jameswalpole.com. Este artículo fue publicado originalmente en FEE.org

Origen: lagranepoca

La decencia

“Serenata para la tierra de uno” es la canción de María Elena Walsh que los progresistas globalizadores no quieren que recordemos. El amor a la patria está tan sencilla y tan hondamente expresado, con una acomodación tan perfecta entre letra y música, que es imposible no conmoverse al escucharla. Uno acude a ella a cada vuelta del destino de esta desventurada Argentina, como quien necesita de la oración para reafirmar la fe. Walsh la compuso a fines de la década de 1960, cuando todavía era palpable en nuestra tierra y en nuestra gente esa “decencia de vidala” de la que habla la canción en una estrofa.

La Serenata me emociona siempre, pero esa línea en particular se clava en el centro de mis emociones, como una espina.

“Tenés que poner alguien que los escuche, los atienda y después nosotros hacemos lo que queremos”, aconsejó un gobernador provincial a una ministra de la Nación sobre cómo tratar a los críticos de su gestión. La ministra respondió con risas. “Hoy anunciamos no solo un aumento de los haberes sino también la gratuidad de los medicamentos para todas y todos los jubilados”, declaró el presidente de la Nación –¡el presidente de la Nación!– al dar la noticia de una rebaja de haberes para más de la mitad de los jubilados y de una decisión confusa sobre el tema de los medicamentos sobre la que una semana después todavía no había detalles. Un fiscal federal que investiga contratos estatales detalló la “ingeniería financiera diseñada para la triangulación espuria de cuantiosas sumas de dinero, con la participación de sociedades nacionales y extranjeras, tanto en miras a posibilitar retornos para la canalización de sobornos como para consolidar provechos económicos resultantes”. Uno de los jóvenes acusados de asesinar a otro a patadas se lo contó así a un amigo: “Matamos a uno, ¿cuándo traés las flores [marihuana] para fumar?”

Todo esto se oyó, vio y leyó tan solo en la primera mitad de febrero. Me pregunto: ¿Qué fue de nuestra “decencia de vidala”? La espina se revuelve en la herida de las emociones.

GUERRA CULTURAL

Hablar de la decencia parece hoy algo fuera de contexto, un anacronismo, una rémora del pasado como el balero en tiempos del videojuego, pero en el marco de la guerra cultural en la que estamos embarcados el cronista no tiene más remedio que convertirse en anacronista, hablar de lo que ya no se habla, traer a la luz valores, creencias, historias que el vendaval posmoderno querría ver esfumados en las brumas del pasado pero que alientan en la memoria y en la conciencia de la gente. Tendemos a creer que la decencia se ha perdido, pero no es así. La gran mayoría de los argentinos sabemos qué es lo que está bien y qué es lo que está mal: el límite entre una cosa y otra lo marca justamente nuestra noción de la decencia, ese código de conducta no escrito que se ubica en algún punto intermedio entre la urbanidad y el respeto de la ley, entre la buena costumbre y el código. Lo que sí se ha perdido, lo que se ha debilitado hasta la insignificancia, es la sanción social de la indecencia.

La ley prohíbe robar y sanciona el robo. Pero nadie deja de llevarse a casa una lapicera de la oficina simplemente porque la ley lo prohíbe, o por temor al castigo. No lo hace, o resiste la tentación, porque sabe que eso no se hace, que eso está mal: es su sentido de la decencia, inculcado e incorporado a su persona desde la infancia, en la casa y en la escuela, en el barrio y en el club, en los libros y en los medios, el que le pone el freno. La decencia no es asunto de orden jurídico ni de orden religioso. La decencia es un conjunto informal de normas de comportamiento, una ética ciudadana si se quiere, aplicable a un sinnúmero de situaciones y elaborada espontáneamente por una sociedad en beneficio de todos y cada uno de sus miembros con el objetivo de facilitar la convivencia y promover cierta clase o nivel de bien común.

La decencia no supone una lista de prohibiciones o mandatos, sino de orientaciones o recomendaciones propuestas por la sociedad en su conjunto a cada individuo en particular. Así como veta ciertas conductas, también promueve otras. A través del respeto y la consideración hacia los demás cada uno persigue el respeto y la consideración por sí mismo y esa será toda su recompensa. Rara vez una persona decente va a recibir un reconocimiento expreso por obrar decentemente, porque eso es lo que se espera de ella. Pero el indecente en descubierto sentirá caer de inmediato sobre su persona el castigo inapelable previsto por el código no escrito de la decencia: la mirada reprobadora de sus semejantes, su propia vergüenza.

La sanción social de la indecencia, sin embargo, no es pareja en todas partes: en las sociedades más cohesionadas, mejor integradas, el rechazo que provoca el comportamiento indecente es más intenso. Nuestra sociedad, cuya problemática relación con el ordenamiento legal ya ha sido abundantemente estudiada, muestra una peligrosa tolerancia con la conducta indecente, incluso al punto de convertirla en virtud: la famosa “viveza criolla”, la “piolada”, el arte de manipular las cosas a favor de sí mismo y en perjuicio de los demás, en lo posible sin ser descubierto, no es otra cosa que la celebración social de la indecencia. Y aún así, con estos antecedentes de tan mal pronóstico, sentimos, especialmente en las grandes ciudades, que la decencia pública declina, se extingue, desaparece.

NO ESTAMOS SOLOS

En esto no estamos solos. Incluso en sociedades con muy baja tolerancia a la indecencia la percepción es similar. “Cuando era chico en los suburbios de Nueva Jersey en la década de 1970, mi padre me enseñó a tratar a los demás con respeto y consideración. No siempre lo hice bien, pero sus lecciones sobre ser un ser humano decente siempre me acompañaron”, recordaba el psiquiatra estadounidense Grant Brenner en un artículo de 2017. “Esa clase de fibra moral y de firmeza que mi padre encarnaba y defendía es ahora escasa. Ya no se la considera como algo bueno. Asistimos a una devaluación de la integridad y a una valorización del engaño en todos los órdenes: en el lugar de trabajo, en la política, en la amistad, en las relaciones románticas.”

Y en una nota del 2004, el ensayista inglés James Bartholomew también se remitía al pasado para hablar de la decencia: “El concepto de comportamiento decente atravesaba todas las clases sociales, aunque con distintas palabras. Los integrantes de la clase media hablaban de ser un caballero o una dama. Un trabajador aspiraba a ser considerado una persona respetable. Ser respetable no era cuestión de dinero, sino de carácter. La palabra carácter tenía en esa época un significado adicional, era como un documento escrito acerca de las cualidades de un hombre: su honestidad, su laboriosidad, su sobriedad y su puntualidad.”

La noción de decencia forma parte del sentido común de una sociedad, y como éste, evoluciona con el tiempo: cosas que una época pudo haber juzgado indecentes pasaron a ser aceptables en la época siguiente y viceversa, aunque en lo sustancial probablemente no haya muchos cambios. Pero ahora prevalece la sensación no ya de un cambio en las pautas de lo que es decente y lo que no lo es, sino de que la noción misma de la decencia tiende a desaparecer, remitida por la cultura dominante al desván de los trastos en desuso, junto con el patriotismo, el honor, la dignidad, el decoro, la sobriedad, el recato, la caballerosidad y otras virtudes personales y sociales. Este escenario no debería sorprendernos: tiene dos razones centrales que lo explican, razones concurrentes y con un mismo origen.

La cultura dominante, teñida por el progresismo socialdemócrata, coloca al Estado en el centro de la vida social. El Estado absorbe todas las responsabilidades sociales y absuelve a las personas de esas mismas responsabilidades. Nadie se hace cargo de nada porque el Estado se hace cargo de todo, o eso es lo que se supone. Las normas de convivencia ya no se gestan en la interacción social, sino que surgen del Estado y su cumplimiento es vigilado por el Estado. Ya no hay normas no escritas ni sanción social. Y sin sanción social, nadie siente vergüenza: ni el gobernador cínico, ni el mandatario mentiroso, ni los empresarios corruptos ni los jóvenes asesinos. “La decencia tradicional ha sido socavada, azotada y desplazada por el estado de bienestar”, escribe Bartholomew, autor de The welfare state we’re in (2014). “La decencia tradicional, conservadora, ha sido extirpada de la cultura por el omnipresente estado del bienestar, un estado que, aun sin proponérselo, ha alentado la mentira, el engaño y la disolución familiar, y desalentado el ahorro, la generosidad y el respeto por sí mismo.”

La cultura dominante –progresista, globalista, socialdemócrata– enseña además que las personas son sujetos de derechos pero no de obligaciones, y enseña también que todo es relativo, y que cada punto de vista engendra un contrario igualmente válido. Los ciudadanos guardan internalizada la noción de decencia que recibieron de sus padres y maestros, pero si todo es relativo todo está permitido. La noción de decencia sigue viva en el corazón de las personas, al menos de las personas nacidas en el siglo pasado, pero el relativismo paraliza la sanción social. Y sin sanción social, otra vez, nadie siente vergüenza: ni el gobernador cínico, ni el mandatario mentiroso, ni los empresarios corruptos ni los jóvenes asesinos.

Aunque el ambiente prevaleciente le sea adverso, nadie crea que la decencia, o la falta de ella, es poco más que un tema de conversación con el que los jubilados distraen sus ocios en las plazas. La decencia es un rasgo esencial del comportamiento personal en las sociedades occidentales. De su naturaleza y su función se han ocupado la antropología, la filosofía, la sociología clásica, infinidad de teóricos de los negocios y la economía, incluido Milton Friedman, y estudiosos modernos de las cuestiones sociales, especialmente la italiana Cristina Bicchieri (The grammar of society, 2006) y los suecos Tore Ellingsen y Erik Mohlin (Decency, 2019), autores de un elaborado modelo formal de la decencia basado en la teoría de juegos.

“Mi amor, yo quiero vivir en vos”, repite en cada estrofa aquella entrañable María Elena Walsh enamorada de su patria como una novia. El amor verdadero no rehuye la lucha por lo que se ama, más bien la busca: “odiar a los que te castigan”, reclama la escritora, desde la emoción. Pero es necesario ser más práctico. La cuestión de la decencia se inscribe en el marco de la lucha cultural en la que estamos inmersos, y proyecta dos vías de acción, simultáneas y complementarias: revindicar aquello que el sentido común nos dice que está bien, hacer sentir la sanción social respecto de lo que el sentido común nos dice que está mal. Las normas de comportamiento que la decencia implica están en el embrión de la nación, son la primera manifestación de la affectio societatis que la sostiene. Sin decencia no hay nación, sin regeneración de la decencia no hay regeneración posible de la nación.

¿Te sientes solo cuando estás solo?

POR NANCY COLIER

Mientras que nuestro uso de la tecnología ha cambiado profundamente nuestras relaciones con otras personas, ha cambiado nuestra relación con nosotros mismos aún más, y esta es la relación más importante de todas.

Ya no nos vemos a nosotros mismos como un destino. Nuestro ser es un vacío que hay que llenar, con entretenimiento, información, o cualquier otra cosa que se sienta bien. Estar solo es estar solo, como si nuestra propia compañía no valiera nada. En el momento en que nuestro amigo se levanta para ir al baño, estamos esperando en una fila, o estamos entre actividades, agarramos nuestro teléfono para revisar lo que podamos revisar, cualquier cosa menos estar con nosotros mismos. Nos relacionamos con nosotros mismos como el agujero en el centro de la rosquilla.

Como resultado de nuestro desaparecido sentido del valor, sobrevivimos de la validación como nuestra fuente de significado. “¿Alguien más cree que esto importa? ¿Cómo lo hice a los ojos de los demás?”. Ofrecemos nuestra experiencia a las redes sociales para averiguar lo que significa para todos los demás, para que podamos saber lo que debería significar para nosotros. Al hacerlo, regalamos nuestra experiencia y su correspondiente valor. Nos privamos del alimento que podría provenir de nuestra propia vida.

Además, creamos un personaje, una marca, la persona que defiende nuestro verdadero yo que ha desaparecido. Luego usamos la vida para apoyar y defender a esa persona, capturar nuestra experiencia en nuestros dispositivos para probar que somos realmente la persona que se anuncia que somos, la persona que el resto del mundo piensa que somos. La vida no se vive directamente, sino que se utiliza como evidencia para apoyar nuestra identidad. Como resultado, tenemos una biblioteca de fotos que está llena, pero nuestro pozo interior está vacío.

Mujer sola revisando sus redes sociales en el celular. (Pixabay/rawpixel)

Tampoco es de extrañar que hoy en día luchemos con la autoestima. Nuestro nuevo sistema de valores pone la facilidad y la inmediatez por encima de todo. Pero un verdadero sentido de autoestima no viene de lo que es fácil. Se basa en el trabajo duro, el esfuerzo y el tiempo. Podemos llegar a la cima de la montaña en helicóptero e incluso tomar selfies una vez que hayamos llegado, demostrando que somos excursionistas y que viajamos a las cimas de las montañas. Pero nada de esa marca construirá el respeto a sí mismo como caminar y sudar cada paso hacia la cima.

En un estudio, los jóvenes se enfrentaron a una habitación vacía con nada más que una pequeña y chocante máquina. Con la opción entre no hacer nada y darse choques leves, el 70 por ciento de los hombres y el 25 por ciento de las mujeres eligieron sorprenderse a sí mismos en lugar de sentarse con sus propios pensamientos y sentimientos. La meta en la vida parece ser entretenernos y mantenernos ocupados todo el camino hasta la tumba para que podamos evitar tropezarnos con nosotros mismos a lo largo del camino.

Además, hemos olvidado nuestra propia autoridad interior, nuestra propia sabiduría. Ya no confiamos en que las respuestas a nuestras preguntas provengan de nosotros, no de Google. Hemos dejado de preguntarnos qué pensamos qué es lo mejor y qué es lo que queremos. Nos hemos dado por vencidos como nuestra guía en la vida. Hemos descartado nuestra mayor fuente a cambio de un algoritmo.

Lo importante ya no es lo que pensamos de nosotros mismos, sino lo que pensamos que los demás piensan de nosotros. La comparación es el indicador por el cual nos experimentamos a nosotros mismos. ¿Estamos a la altura de la información de Instagram de todos los demás? ¿Dónde nos situamos en la mayor fotografía cultural? En lugar de preguntar: “¿Quién quiero ser?”, preguntamos: “¿Quién crees que debería ser?”.

Necesitamos recordar que nosotros mismos somos un destino. Y, lo que nos importa, lo que pensamos, sentimos y queremos es algo que descubrir. Tenemos que empezar a consultar con nosotros mismos de nuevo, no solo con Google, redescubriendo nuestra propia autoridad interna, la verdadera fuente que sabe lo que es mejor para nosotros. Queremos empezar a pasar tiempo en nuestra propia compañía, sintiendo curiosidad por saber cómo estamos en medio de este viaje salvaje llamado vida.

Necesitamos recordar lo que se siente al tener una experiencia y guardarla para nosotros mismos, sin pedirle a nadie más su comentario y aprobación. Así también, debemos volver al hábito de hacer cosas difíciles, cosas que toman tiempo, pero que construyen una verdadera autoestima. Necesitamos una confianza que sea fiable y que no vaya y venga con gustos o seguidores.

Necesitamos volver al hábito de invitar a nuestra propia sabiduría a la mesa, preguntándonos a nosotros mismos las preguntas importantes. “¿Qué es lo que pienso? ¿Qué es lo que quiero? ¿Qué me importa a mí? ¿Qué es lo más importante para mí? ¿Quién quiero ser?” Hágase estas preguntas todos los días. Pase tiempo en su propia compañía. Si bien puede parecer que hoy en día estamos totalmente centrados en nosotros mismos, de hecho, nuestra relación con la tecnología nos ha llevado a abandonarnos a un nivel profundo, a hacer invisible nuestra propia presencia. A partir de hoy, ahora, lo invito a volver a casa, a recordar que es un destino que merece su propia atención. De hecho, usted es su mejor compañía.

Nancy Colier es psicoterapeuta, ministra interreligiosa, oradora pública, líder del taller y autora de “The Power of Off: The Mindful Way to Stay Sane in a Virtual World”. Para más información, visite NancyColier.com

Origen: LaGranEpoca

Por qué no hay que perder el optimismo

Un estudio reciente halló que las personas más positivas tiene mayor probabilidad de vivir hasta los 85 años o más. Esta postura frente a la vida parece favorecer el buen descanso y la salud cardiovascular.

“La salud no lo es todo pero, sin ella, todo lo demás es nada”, dice la frase del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, que en tiempos de gran incertidumbre como los que hoy nos toca vivir -una vez más- a los argentinos cobra un sentido especial. Más aún si se tienen en cuenta los resultados de un reciente estudio que concluyó que las personas con mayor optimismo son más propensas a vivir más y alcanzar “una longevidad excepcional”, es decir llegar a los 85 años o más.

“El optimismo hace referencia a una expectativa general de que pasarán cosas buenas o a creer que el futuro será favorable porque podemos controlar resultados importantes”, explican los investigadores de la Escuela de Medicina de la Universidad de Boston, del Centro Nacional para el Estrés Postraumático y de la Escuela Pública de Salud T.H. Chan de Harvard.

A pesar de que estudios anteriores han identificado múltiples factores de riesgo que incrementan la propensión a padecer enfermedades y muerte prematura, se sabe mucho menos sobre los factores psicosociales positivos que pueden promover un envejecimiento saludable.

Los autores del nuevo trabajo hallaron que las personas con mayor optimismo son más propensos a vivir durante más años y alcanzar una “longevidad excepcional”.

El estudio se basó en las respuestas a una encuesta que midió los niveles de optimismo de 69.700 mujeres y 1.400 hombres, y que también evaluó su salud general y los hábitos de vida tales como la dieta, el tabaquismo y el consumo de alcohol.

A las mujeres se les hizo un seguimiento de 10 años, mientras que en los hombres fue de 30.
Al comparar a los participantes, basándose en sus niveles iniciales de optimismo, los investigadores comprobaron que los hombres y mujeres más optimistas demostraron -en promedio- una expectativa de vida entre 11 y 15% mayor, y tuvieron entre 50 y 70% más probabilidades de llegar a los 85 años en comparación con los grupos menos optimistas.

“Este estudio tiene una fuerte relevancia para la salud pública porque sugiere que el optimismo es un activo psicosocial que tiene el potencial de prolongar la expectativa de vida humana. Lo interesante es que el optimismo se puede modificar mediante técnicas o terapias relativamente sencillas”, resaltó la doctora Lewina Lee, una de las autoras del trabajo y psicóloga de investigación clínica.

EXPLICACION

No obstante, aún no está claro cuál es el mecanismo por el que el optimismo ayuda a vivir más tiempo. “Otras investigaciones sugieren que las personas más optimistas pueden regular las emociones y conductas y alejarse de estresores y dificultades con mayor efectividad”, apuntó por su parte la doctora Laura Kubzansky, profesora de Ciencias Sociales y de Comportamiento en la Escuela de Salud Pública T.H. Chan.

Los investigadores también consideran que las personas más optimistas tienden a tener hábitos de vida más saludables, como realizar ejercicio físico y son menos propensas a fumar, lo cual puede contribuir a una mayor expectativa de vida.

“Investigar la razón por la cual el optimismo es tan importante aún está pendiente, pero el vínculo entre salud y optimismo se hace cada vez más evidente”, enfatizó otro de los autores del trabajo, el profesor de Epidemiología Fran Grodstein.

“Nuestro estudio contribuye al conocimiento científico sobre los activos de la salud que pueden proteger contra el riesgo de mortalidad y promover un envejecimiento resiliente. Esperamos que nuestros hallazgos inspiren futuras investigaciones o intervenciones que promuevan factores de salud capaces de mejorar la salud pública con el envejecimiento”, finalizó Lee.

SOÑAR TRANQUILOS

Una investigación previa, publicada a comienzos de este mes en la revista “Behavioral Medicine”, relacionó el optimismo con una mejor calidad del sueño.

En concreto, el estudio de la Universidad de Illinois -en el que participaron más de 3.500 personas de entre 32 y 51 años- halló que aquellas más optimistas tienden a dormir mejor.

“Los resultados de este trabajo revelaron asociaciones significativas entre el optimismo y varias características autopercibidas del sueño”, resaltó la autora de la investigación Rosalba Hernandez, profesora de Trabajo Social en la Universidad de Illinois.

Los niveles de optimismo de los participantes se midieron mediante una encuesta con 10 preguntas que les pedían que puntúen en una escala del 1 al 5 cuán de acuerdo estaban con afirmaciones positivas tales como “Soy siempre optimista sobre mi futuro” y con frases negativas como “Casi nunca espero que las cosas salgan como quiero”.

Las puntuaciones obtenidas a partir de la encuesta fueron de 6 -los menos optimistas- a 30 -los más optimistas-. Los participantes también respondieron sobre su sueño en dos oportunidades, con cinco años de diferencia, puntuando su calidad general y duración del sueño durante el mes previo a la encuesta.
La encuesta evaluó además los síntomas de insomnio, la dificultad para conciliar el sueño y el número de horas que lograban dormir cada noche.

Un grupo de los participantes usó en dos oportunidades -separadas por un lapso de un año) monitores de la actividad durante tres días consecutivos -dos días de semana y uno de fin de semana-.

Esos monitores permitieron recabar datos sobre la duración del sueño, el porcentaje de tiempo dormidos y la agitación mientras se dormía.

Los autores hallaron que con cada aumento de la desviación estándar (la distancia típica entre puntos de datos) del puntaje de optimismo de los participante, se tuvo un 78% mayor probabilidad de registrar una muy buena calidad del sueño.

Del mismo modo, las personas con mayores niveles de optimismo fueron más proclives a reportar que dormían adecuadamente, entre seis y nueve horas por noche. Asimismo, fueron 74% más propensas a no tener síntomas de insomnio y reportaron menos somnolencia diurna.

“La falta de sueño saludable es una preocupación de salud pública, dado que la baja calidad del sueño está asociada con múltiples problemas de salud, incluyendo mayor riesgo de obesidad, hipertensión y mortalidad por todas las causas”, sentenció Hernandez.

“Una disposición optimista -es decir, la creencia de que ocurrirán cosas positivas en el futuro- se presenta como un activo psicológico de particular relevancia para la supervivencia libre de enfermedades y una mejor salud”, insistió la investigadora.

Si bien se halló una asociación significativa y positiva entre el optimismo y una mejor calidad del sueño, Hernandez sugirió que los resultados deben ser interpretados con precaución. En ese sentido, los científicos tienen la hipótesis de que la positividad puede amortiguar los efectos del estrés y promover una respuesta adaptativa que permite a los optimistas descansar con mayor tranquilidad.

“Los optimistas son más propensos a involucrarse en la resolución activa enfocada en el problema e interpretar los eventos estresantes de formas más positivas, reduciendo así la preocupación y los pensamientos contraproducentes cuando se están quedando dormidos y a lo largo del ciclo del sueño”, resumió Hernandez.

CORAZONES FELICES

Los hallazgos de Hernandez respaldan los de un estudio anterior en el que la investigadora y sus colegas encontraron que los optimistas de entre 45 y 84 años tienen el doble de chances de tener una salud cardiovascular ideal.

En esa misma línea, otro trabajo publicado en septiembre del año pasado en “Journal of the American College of Cardiology” señaló que mantener pensamientos y sentimientos positivos mediante programas de intervención puede ayudar a los pacientes a alcanzar mejores resultados en términos de salud cardiovascular.

“Hemos investigado cómo el entorno social, el bienestar psicológico y la efectividad de estrategias de intervención pueden ayudar a fortalecer el estado de los pacientes”, afirmó el doctor Darwin R. Labarthe, profesor de Medicina Preventiva de la Escuela de Medicina Feinberg de la Universidad de Northwestern.
“Nos centramos en averiguar si el bienestar psicológico puede ser vinculado de manera consistente con un menor riesgo de enfermedad cardíaca”, detalló el investigador.

El informe define la salud cardiovascular en dos aspectos: las conductas saludables (alimentación sana, actividad física, en no fumar y el índice de masa corporal) y los factores de salud (niveles de presión arterial, colesterol total y glucosa adecuados).

Los autores repasaron gran cantidad de investigaciones previas para evaluar si el bienestar psicológico puede conducir a una menor riesgo cardiovascular. Estudios prospectivos han demostrado un vínculo positivo entre optimismo y enfermedad cardiovascular, incluyendo un estudio de 2017 que mostró que las mujeres mayores con más alto optimismo tenían un 38% menos riesgo de mortalidad por causa cardiovascular. Otros estudios desde 2012 han asociado una mayor percepción de un propósito de vida con menores chances de sufrir un accidente cerebrovascular (ACV).

Al analizar los cuatro componentes de conducta de salud, los pacientes más optimistas fueron menos propensos a ser fumadores 12 meses después, y tenían mayores niveles de bienestar psicológico asociado con la práctica regular de actividad física. Los pacientes optimistas mantuvieron además dietas más saludables, al consumir más frutas y verduras y menos carnes procesadas y dulces, lo que llevó a que tuvieran un índice de masa corporal saludable.

Los autores del trabajo hallaron que el bienestar psicológico influyó sobre la salud cardiovascular a través de procesos biológicos, conductas de salud y recursos psicosociales para enfrentar los problemas.

Origen: LaPrensa

El coraje de la consistencia

 

Foto de Dalton Touchberry en Unsplash.

Solo los realmente valientes ven el beneficio de una rutina o práctica consistente.

James Walpole

Cuanto más envejezco, más me doy cuenta de lo valiente que es aparecer y hacer lo mismo semana tras semana.

Cuando era más joven, tuve la impresión de que eran los perseguidores de la novedad y los desconocidos los que eran valientes, y los “esclavos de la rutina” eran los que cedían ante el miedo. Por supuesto, esto es a menudo cierto.

Pero si una rutina es desafiante e importante y lo suficientemente valiosa, las cosas cambian.

No requiere tanto coraje para revolotear hacia algo nuevo.

Sigue…

Origen: Fee.org

El mejor bótox del mundo

 

Imagen referencial /Pixabay

Seguramente, el mejor bótox del mundo sea el amor. Pero tenemos un miedo atroz a amar. Amar implica salir de uno mismo. La persona no se atreve amar a otros semejantes porque, en realidad, convivir significa ceder y comprenderse, y no está dispuesta a ceder un milímetro ante el prójimo.

Conozco gente de 70 años que lleva 50 siendo anciana. Y conozco a otros de la misma edad que se mantienen jóvenes como cuando tenían 20. Seguramente el problema no surja cuando las arrugas aparecen en la cara, sino en el corazón. Hay veinteañeros con el corazón lleno de arrugas y personas de 60 que son insultantemente jóvenes.

Muchos se preocupan por las patas de gallo y las canas. Recurren al bótox y al ácido hialurónico para mostrar una piel tersa y suave, pero dejan que su corazón se reseque por dentro.

Sigue…

Origen: Actuall

La hipocresía es el peor de los defectos

 

Pablo Docimo

Seguramente todos hemos escuchado alguna vez la frase “Nadie es perfecto”, y por supuesto que esto es así. Por consiguiente, todos tenemos algún defecto; unos más, otros menos, algunos más graves, otros no tanto, algunos más notorios y otros más disimulables, y en definitiva, todos, sin excepción, somos acreedores de alguna “imperfección”.

Pero, ¿existe alguna norma o regla que nos indique si tal o cual defecto es más grave o perjudicial que otro? De ninguna manera.

Todo depende de muchas cosas; incluso existen defectos que son perjudiciales solo para uno mismo.

Sería prácticamente imposible establecer una escala de valores, porque como dijimos antes, es todo muy relativo, más allá de que alguien podría asociarlos con los siete pecados capitales, pero la lista seguramente sería mucho más amplia.

Sin embargo, existe un defecto en particular al que podríamos rotular, sin temor a equivocarnos, como el peor de todos: la hipocresía.

¿Y qué es lo que hace que la hipocresía sea el peor de los defectos? Es muy sencillo: el hipócrita no es solo eso, sino que para lograr acceder a esta categoría es necesario sumar varios defectos.
Según la Real Academia Española, hipócrita es aquel que finge cualidades o sentimientos, y para llegar a ese punto hay que reunir una serie de “condiciones”.

El hipócrita es, por sobre todas las cosas, una persona falsa, y esto encierra además otra cantidad de “virtudes”, como por ejemplo ser mentiroso, envidioso, rencoroso, embustero.

Es aquel que engaña a los demás para obtener solo su propio beneficio; es también ventajero, especulador, siempre se fija en su conveniencia sin importarle las consecuencias y mucho menos los demás.

El hipócrita, no es solo aquel que tiene un doble discurso; además es poseedor de algo peor, que es la doble moral. El hipócrita es farsante, desleal, simulador, no tiene escrúpulos.

Como podemos ver, para poder llegar a ser hipócrita hay que tener una serie de “atributos”.

Una de las principales características del hipócrita es que es un manipulador por excelencia; por consiguiente, con lo que todo esto significa y acarrea, el hipócrita terminará siendo una persona a la que todo esto le aportará una cuota muy grande de maldad.

Todos los defectos son malos, pero algunos son mucho más malos que otros, y si nos detenemos a pensar en aquellos personajes que a lo largo de la historia le hicieron tanto daño a la humanidad, encontraremos un común denominador: la hipocresía.

Origen:  La Prensa

Dos visiones ante la muerte

 

La única receta que podemos utilizar es tratar de transitar por esta vida de la mejor manera posible, para con nosotros y con los demás, para que cuando ya no estemos nos recuerden con amor y alegría.

Origen:  La Prensa

Investigando Cuba

Denuncias de casos de corrupción en Cuba, análisis de esquemas de fraudes financieros y más...

Alejandro A. Tagliavini

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