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Es mamá, tiene marido y novio al mismo tiempo: “Nuestros hijos saben todo”

Laura junto a Andrés, su marido, y tres de sus cuatro hijos (Adrián Escandar)

Por 

Laura Baez está casada hace casi 15 años y, cuando dos de sus hijos estaban en jardín, le propuso a su marido “abrir la relación”. Hace dos años que tiene otra pareja sexual y afectiva en simultáneo. ¿Se lo dijeron a sus hijos? ¿Cómo?

Llevaba casi 10 años de casada y ya era mamá de cuatro hijos. Aunque los dos menores seguían en jardín de infantes, habían dejado de ser bebés y, por eso, las exigencias de la maternidad habían menguado. El espacio que se abrió -físico y mental- permitió que Laura se acercara al feminismo, se sumergiera en la teoría y revisara, entre otros temas, los mitos del amor romántico. Enseguida, comenzó a verle las costuras a la monogamia.

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Origen: Infobae

La ex mujer de Michael Jackson reconoce que sus hijos, Prince y Paris, no son del cantante

Debbie Rowe, segunda mujer del artista, ha revelado que el matrimonio nunca mantuvo relaciones.

Desde que se publicase el controvertido documental sobre la vida de Michael Jackson, las noticias acerca de su faceta personal no han parado de sucederse. La última en hablar ha sido Debbie Rowe, segunda mujer del cantante, quien ha admitido que los dos hijos del artista fueron fruto de una inseminación artificial. En una entrevista realizada tras la muerte del intérprete de Thriller, la mujer admite que nunca mantuvo relaciones sexuales con el artista y que la “fecundaron”. “Tal como se fecunda a las yeguas para que se reproduzcan. Fue algo muy técnico”, recoge el diario The Sun.

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Origen:  Hola.com

Quien puede creer que estos podian ser los hijos de Jackson ?

¿Sabes cómo afecta al futuro de tu hijo que compartas fotos suyas en internet?

Compartir en redes sociales su primera foto de bebé, una imagen recuerdo de un bonito día en el campo, o incluso la primera ecografía. Para los padres puede ser una forma de mostrar al mundo lo orgullosos que están de sus hijos. Sin embargo, en un futuro, el ‘sharenting’ puede afectar en la reputación digital de los menores.

¿Pero qué es exactamente el ‘sharenting’? El término es una fusión entre dos palabras en inglés: sharing (compartir) + parenting (criar). Consiste, por tanto, en eso que tanto hacen los padres de hoy, que no es otra cosa que compartir fotos, vídeos e información sobre sus hijos e hijas en las redes sociales.

Fue en 2003, hace más de quince años, cuando The Wall Street Journal comenzó a utilizar esta expresión. Pero el fenómeno del ‘sharenting’ ha alcanzado tal dimensión que el diccionario británico Collins decidió incluir esta palabra en su diccionario en 2016.

Efectivamente, los datos confirman que existe una sobreexposición de los menores en internet. Así, al cumplir los seis meses de vida, el 81% de los menores ya están presentes en internet. Además, el 5% de los menores de dos años tiene incluso un perfil propio en Facebook creado por sus padres con su nombre.

¿Cómo es el contenido que se publica? Pues según un estudio elaborado por la Universidad de Michigan C.S. Mott Children’s Hospital, el 56% de los padrescuelga fotos potencialmente vergonzosas de sus hijos.

Internet y las redes sociales suponen, sin duda, un avance. Siempre y cuando se les dé un uso adecuado. Por ello, como nos recuerda la campaña Por un uso Love de la tecnología, iniciativa de Orange cuyo objetivo es sensibilizar a niños y mayores sobre el uso seguro y responsable de las nuevas tecnologías, los padres deben hacer frente con responsabilidad a los retos que plantean las nuevas tecnologías y conocer cómo afecta realmente a sus hijos la exposición que se hace de ellos en internet.

En este sentido, cabe tener en cuenta que, como alerta la Sociedad Nacional para la Prevención de la Crueldad contra los Niños (NSPCC, por sus siglas en inglés) en Reino Unido, “cada vez que una foto o vídeo es publicada, se crea una huella digital del niño, que puede seguirlo en su vida adulta”.

De este modo, la identidad digital de los menores queda ya formada sin que estos lo hayan consentido ni puedan hacer nada por evitarlo. Una simple búsqueda en internet puede dar lugar a encontrar múltiples imágenes en situaciones incómodas o fotografías que esa persona nunca hubiera compartido de haber sido consciente de ello. Por ello, es importante hacer un uso responsable de las tecnologías y ser conscientes de que este tipo de contenidos pueden afectar a las personas que aparezcan en ellas, tanto en el presente como también en el futuro, porque lo que se publica en internet siempre queda ahí.

Los riesgos del ‘shareting’

Lo que muchos padres no saben o no son conscientes de ello es que eso que a priori parece una práctica totalmente inofensiva, puede acarrear ciertos riesgos para los menores.

Compartir, por ejemplo, imágenes suyas, su nombre completo, la ubicación, etc., supone un riesgo para el niño. Los padres, sin saberlo, están proporcionando tantos detalles de sus hijos que pueden poner en riesgo su seguridad o facilitar la comisión de delitos como el robo de identidad.

Por otro lado, las redes sociales se han convertido en una plataforma donde comentar públicamente cualquier problema sobre los hijos. Son muchos los padres que acuden a internet en busca de apoyo en internet ante ciertas situaciones, como pueden ser circunstancias académicas, mala conducta o problemas de salud. Los progenitores, en ese momento, no llegan a darse cuenta que esta información puede traer consecuencias negativas a la vida personal y profesional de sus hijos.

Aunque un padre publique, por ejemplo, una fotografía de su hijo en Instagram y su cuenta sea privada, nunca se sabe dónde puede terminar esa imagen. Una foto puede ser reproducida indefinidamente y acabar en lugares poco apropiados.

Además, dado que esas publicaciones quedan en internet, se pueden proyectar en el tiempo e impactar tiempo después sobre el honor y la reputación de los menores. Esa foto tan entrañable del bebé en su primer baño puede ser mal utilizada por terceros en el futuro y tener efectos perjudiciales en el entorno social o escolar del niño, llegando en algunos casos a sufrir bullying o cyberbullying.

Por todo ello, es fundamental ser conscientes de qué materiales se comparten en redes sociales y cómo pueden afectar al futuro de los menores.

Origen: ¿Sabes cómo afecta al futuro de tu hijo que compartas fotos suyas en internet?

Cecodap: 79% de los padres dejan a sus hijos con familiares por emigrar

 

Cecodap reveló este lunes, mediante un estudio, que 79% de los padres se han visto obligados a dejar a sus hijos bajo el cuidado […]

Origen: La Patilla

Se repite la historia cuando Cuba comenzó con el Regimen Comunista ,implantado por los hermanos Castro ,los padres dejaban a sus hijos solos ,algunos no podian salir por estar en edad militar.

Una cruzada contra de la autoridad de los padres 

 

En los últimos tiempos se ha desencadenado una verdadera cruzada para coartar la libertad de los padres de decidir cómo criar a sus hijos.

Por

Frank Furedi

De vez en cuando me sorprendo pensando: “o el mundo se ha vuelto loco o soy yo el que está perdiendo el juicio“. Esta fue mi reacción en mayo de 2018, cuando leí que la “experta en sexualidad” australiana Deanne Carson, sostenía que los padres deben pedir permiso a sus bebés antes de cambiarles los pañales.

Al parecer, Carson dijo en una televisión australiana que era importante establecer una “cultura del consentimiento” dentro de la familia, comenzando desde el nacimiento. Según Carson, educadora en sexualidad, es imperativo que a los bebés se les pida permiso antes del cambio de pañales con el fin de construir un “modelo de comunicación compasiva“.

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Origen: Una cruzada contra de la autoridad de los padres – Disidentia

«Aún tengo sentimiento de culpabilidad por haber dejado allí a mi madre»

 

Consejos para superar la difícil decisión de llevar a un familiar a una residencia

El cuidado de un mayor genera muchas veces en los hijos conflictos por la sensación de injusticia por parte de aquellos que asumen una mayor responsabilidad y, además, suelen avivar enfrentamientos ocultos durante años

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Origen: «Aún tengo sentimiento de culpabilidad por haber dejado allí a mi madre»

China, ante el (inesperado) reto demográfico tras el fin de la política del hijo único 

 

Un anciano observa la calle junto a su nieto en una ciudad china. Gabriel Morales

Después de levantar la prohibición de un segundo hijo, ahora las barreras para ampliar la familia son económicas.

Paula Escalada Medrano

Dos años después del fin de la política del hijo único que durante décadas aterró a millones de mujeres en China, las tasas de natalidad del país continúan cayendo y son ahora los propios ciudadanos los que se resisten a tener un segundo hijo, asfixiados por las presiones económicas.

Según los últimos datos publicados recientemente por la Oficina Nacional de Estadísticas, el número total de nacimientos en China disminuyó en aproximadamente 630.000 durante 2017, en comparación con 2016.

Mientras, el porcentaje de la población de más de 60 años aumentó del 16,7 % en 2016 al 17,3 % en 2017, por lo que las alertas de los demógrafos están encendidas ante el hecho de que la potencia asiática continúa envejeciendo sin parar.

Cuatro décadas de control

El 1 de enero de 2016 entraba en vigor la reforma legislativa que permitía a todas las parejas chinas tener dos hijos y ponía fin a casi cuatro décadas de estricto control de la natalidad que, según estimaciones, evitó unos 400 millones de nacimientos y acabó causando estragos en la pirámide poblacional.

Atrás quedó la imagen de las niñas abandonadas en cestas a las puertas de orfanatos que desató en los noventa y primera década del segundo milenio una ola de adopciones internacionales.

Hoy China necesita niños que frenen el envejecimiento de su población pero el coste elevado de aspectos como la educación o las nuevas prioridades laborales de las mujeres están frenando a los que quieren tener un hijo y también a los que quisieran tener dos.

“Hay que hacer muchas preparaciones, mucha planificación y hace falta hacer cálculos de lo que te va a costar”, contó a Efe Sun Zeyu, un joven de 28 años que tiene una niña y al que le gustaría tener un segundo hijo.

En su opinión, lo más importante para las parejas es que puedan contar “con la ayuda de los padres” para tener hijos porque “se necesita mucha dedicación” y hoy las mujeres quieren trabajar. “China debería hacer políticas para alentar a la natalidad, prohibir el aborto y solucionar la dificultad de los niños de entrar en las guarderías infantiles”, apuntó.

El coste, principal barrera

Según numerosas encuestas publicadas estos días por la prensa local, las preocupaciones sobre las finanzas, el impacto en las carreras de los padres o lo complejo de la educación son las principales razones por las cuales las familias dudan en tener un segundo hijo.

Una reciente encuesta del Comité de Trabajo Psicológico Social de Pekín señala que solo el 10,8 % de la población tiene dos hijos y que el 58,6 % desearía estar en esa situación.

Este dato era del 70,4 % en 2001, cuando la política del hijo único seguía vigente y millones de chinos tenían que cumplir las normas por no poder hacer frente a las enormes multas económicas que suponía tener más de un hijo.

Sin embargo, de los 17,23 millones de bebés nacidos en 2017 el 51 % tiene un hermano mayor, 5 puntos porcentuales más que en 2016, algo que para la Comisión Nacional de Salud y Planificación Familiar demuestra el éxito de la política del segundo hijo.

Necesidad de ayudas públicas

Pero para los expertos en demografía del país esto no es suficiente y China debería desplegar más políticas de apoyo para alentar a las parejas a tener hijos como “reducir los impuestos” u “ofrecer subsidios para ayudar a cubrir los costos de la crianza”, sugirió James Liang, profesor de la Universidad de Pekín, a la agencia oficial Xinhua.

Si el Gobierno no hace nada para estimular el deseo de las personas de tener hijos, se espera que la población de China disminuya en hasta 800.000 personas por año en la próxima década.

Y es que hasta ahora la presión del cuidado de los hijos reside en las familias, como cuenta a Efe Ran Ran, una joven de 29 años con una hija. “Es muy importante si hay familiares que ayudan a cuidar a los niños. Cuando la madre tiene que volver a su trabajo, si los abuelos no están jubilados o no están bien de salud, hace falta buscar a una cuidadora y son muchos gastos“, apuntó.

Desde la educación infantil, los niños chinos se ven sometidos a una fuerte presión ante las pocas plazas existentes en los centros públicos que obligan a muchas familias a recurrir a centros privados, con un coste muy elevado.

Por ello, la inversión en educación, especialmente en guarderías infantiles, es otro de los requisitos necesarios que los demógrafos señalan como prioridad necesaria para que China deje de hacerse vieja.

Origen: China, ante el (inesperado) reto demográfico tras el fin de la política del hijo único – EL ESPAÑOL

Mesa familiar sin pantallas: 6 ideas para recuperar el encuentro “cara a cara” en esta Navidad

Los padres se quejan de que sus hijos no guardan los celulares durante las comidas familiares, pero los chicos también reclaman que los adultos están viciados con la tecnología. La asociación civil Chicos.net propone una campaña con juegos y desafíos para recuperar el diálogo en la mesa.

Una iniciativa online propone comer sin pantallas, una propuesta ideal para implementar en esta Navidad (Getty)
Una iniciativa online propone comer sin pantallas, una propuesta ideal para implementar en esta Navidad (Getty)

Por Graciela Gioberchio

Sentarse a la mesa con la familia y compartir la cena sin la interferencia de los dispositivos tecnológicos es una decisión saludable. Es que la conversación cara a cara y sin injerencia del mundo exterior genera una mejor conexión de la familia y promueve el diálogo entre padres e hijos. Los padres protestan porque los chicos no se separan de las pantallas móviles pero, contrariamente a lo que se cree, los chicos y adolescentes también se quejan porque durante las comidas sus papás están más pendientes de los teléfonos que de ellos.

¿Es posible desenchufarse en los momentos de encuentros familiares, dejar de contestar mensajes o ver un video y desplazar la mirada y la atención hacia otras personas presentes ya no a través de la pantalla táctil, sino en carne y hueso? Por segundo año consecutivo, la asociación civil Chicos.net busca contribuir para alcanzar ese objetivo a través de la campaña #CenaSinPantallas, que además cuenta con la adhesión de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP). La idea es dejar la tecnología a un lado –celulares, tabletas y también computadoras y televisores– aunque sea por un rato, y aprovechar al máximo los espacios más íntimos de la familia, las parejas y los amigos.

“Lanzamos una botella al mar”, graficó Marcela Czarny, presidenta de Chicos.net, en diálogo con Infobae. “La tecnología ayuda a mejorar la vida de las personas, pero usarla de manera inteligente también implica saber alejarse de ella para dar espacio al diálogo”, señaló. Y planteó algunas ideas y juegos, con toques de sentido común y diversión, para que las familias pongan en práctica en sus casas.

Una buena idea es inventar prendas para aquellos que rompan la regla y usen el celular en la mesa (Getty)

Una buena idea es inventar prendas para aquellos que rompan la regla y usen el celular en la mesa (Getty)

1. Colocar un recipiente, caja o canasto en la cocina o en un estante del living donde todos los integrantes de la familia puedan dejar sus aparatos mientras comen. De esta manera, se asegura que los celulares se mantengan fuera del alcance durante la cena.

2. Convertir la experiencia familiar en algo divertido y hacer una competencia o inventar una prenda: el primero que no respete la regla y vea su teléfono durante la hora de la comida, tiene que lavar los platos o encargarse de otra tarea del hogar o hacerse cargo e invitar a todos con un postre.

La Navidad es la época ideal para reunir a la familia y deshacerse de la tecnología, al menos por un rato.

La Navidad es la época ideal para reunir a la familia y deshacerse de la tecnología, al menos por un rato.

3. Proponer turnos para que cada miembro de la familia cuente algo que ocurrió durante el día que quiera compartir con el resto, desde una anécdota de la jornada hasta la necesidad de pedir o brindar una ayuda o un consejo para resolver determinada cuestión. Es una oportunidad para promover una charla necesaria que se torna esquiva cuando aparece la tentadora presencia de los celulares.

4. Cambiar el estado de Whatsapp por “Estoy teniendo una #CenaSinPantallas”, así los que se contactan sabrán que por un tiempo los mensajes no serán respondidos. Es, además, una manera de transmitir la experiencia a los amigos y familiares y animarlos para que también ellos se sumen al reto y participen.

5. Al juntarse con amigos o familiares a cenar en un restaurante o bar, en la medida de las posibilidades elegir un local que brinde un sector como servicio para que la gente cargue su teléfono, o bien un simple recipiente para dejarlos, y así poder olvidarse de ellos por un rato. Hay algunos negocios que tienen el sticker con el logo de la campaña en la puerta y que ofrecen descuentos para aquellos que dejan su celular a un lado.

6. Asegurar que toda la familia participe y que los más chicos se animen más si observan que el esfuerzo es de todos. Una idea que puede ayudar a estimular al grupo familiar a continuar con la acción es crear un diploma para entregar a fin de mes a los entusiastas participantes.

Las cenas acercan a la familia y crean vínculos (Getty)

Las cenas acercan a la familia y crean vínculos (Getty)

“No tener el celular encendido en la mesa, efectivamente, da una oportunidad para el diálogo entre las personas. Claro que el resultado dependerá de la dinámica familiar y de la relación entre padres e hijos: dialogar más o quedarse en silencio”, explicó a Infobae Roxana Morduchowicz, doctora en comunicación y autora del libro “Los chicos y las pantallas”. Y agregó que “es bueno que la decisión sea explicada y consensuada, para que todos los miembros de la familia la entiendan y la cumplan”.

La especialista destacó que estos juegos y retos pueden servir como disparador para que cada familia acuerde no sólo las horas de uso de las pantallas, sino también los tiempos y momentos de utilización. En ese sentido, propone pautas claras y precisas: “Los chicos en edad de escuela primaria no tienen que tener pantallas en sus habitaciones; con los adolescentes la regla debe ser que los dispositivos se apagan y se cargan durante la noche, y para todos el tiempo de uso no puede superar las dos horas seguidas por día”.

El uso abusivo del celular en la mesa familiar es una problemática muy preocupante (Getty)

El uso abusivo del celular en la mesa familiar es una problemática muy preocupante (Getty)

Paula Otero, presidente de la Subcomisión de Tecnologías de Información y Comunicación de la SAP, indicó a Infobae que el uso abusivo e invasivo del celular en la mesa familiar es una problemática que ya se trata en las reuniones que la entidad mantiene con la comunidad educativa e incluso en los congresos de la especialidad. “El tema también aparece en la consulta con el pediatra, pero consideramos que debería ser abordado en forma integral en más campañas en las escuelas y en los medios de comunicación”, sugirió.

“Es necesario –continuó Otero– definir reglas claras para darse un espacio como familia y que todos las cumplan: los chicos y adolescentes son los primeros en reclamarles a los padres que no lo hacen. Es una conducta social que se necesita y de la cual hay que tomar conciencia. Puede costar al principio porque nos creó adicción: es tentador revisar el teléfono todo el tiempo para chequear mails, mensajes, redes sociales o noticias; es lo último que vemos a la noche al irnos a dormir y lo primero que miramos cuando nos despertamos”.

“La botella ya fue lanzada al mar. Ahora, es momento de reflexionar: ¿Podemos convertirnos en ciudadanos digitales inteligentes capaces de poner límites al uso de la tecnología?”, preguntó Czarny. Será, quizás, cuestión de probar qué cosas pueden suceder cuando las familias deciden mantener, al menos por un rato, los dispositivos móviles fuera de la mesa. Al fin y al cabo una hora de desconexión no es algo tan grave y puede generar gratas sorpresas.

Origen: Mesa familiar sin pantallas: 6 ideas para recuperar el encuentro “cara a cara” en esta Navidad

Cómo y cuándo ponerle límites a la relación de tus hijos con la tecnología

Por 

Wesley Bedrosian

A estas alturas todos los padres saben que, de alguna manera, la tecnología pone en riesgo a los niños. Tan solo el mes pasado, la Academia Estadounidense de Pediatría publicó un estudio que señala que aunque los medios digitales y las redes sociales pueden motivar el aprendizaje temprano, también conllevan un montón de riesgos como, por ejemplo, efectos negativos en el sueño, la atención y el aprendizaje, además de una mayor incidencia de obesidad y depresión. El grupo recomienda que los padres desarrollen un Plan Familiar de Uso de Medios.

La propuesta suena bien, pero ¿qué debe contener un plan así? Como padre de adolescentes, requiero más que palabrería. Quiero saber qué están haciendo otros padres.

Durante las últimas seis semanas, he circulado (¡mediante las redes sociales!) veinte preguntas sobre temas como tareas, contraseñas, hora de dormir y castigos. He recibido sugerencias de más de sesenta familias y aunque la encuesta no fue científica, sus respuestas ya han modificado cómo se administra la tecnología en mi casa.

El primer teléfono

La mayoría de los padres que respondieron les dieron a sus hijos de entre 11 o 13 años sus primeros teléfonos; solo algunos esperaron hasta el bachillerato. Sin embargo, esos aparatos no son siempre de última generación. Los padres les dieron “teléfonos tontos” (sin capacidad de instalar aplicaciones o de acceso a internet como los teléfonos inteligentes), teléfonos simples o teléfonos de segunda mano que heredaban de hermanos u otros adultos. También apagaron funcionalidades como wifi, Siri, e incluso el acceso a internet.

Otras restricciones comunes incluían: “Un contrato escrito del comportamiento esperado”. “Prohibido usar el internet durante los días escolares (excepto si se trataba de tarea)”. “Tiempo de pantalla limitado de 30 a 60 minutos al día durante la semana, sin límite durante los sábados por la mañana”.

Otra es una prohibición parcial de mensajes en grupo. “Pude hacer sentir mejor a mi hijo por no tener esta funcionalidad al dejarlo ver los mensajes de grupo en el iPad de la familia”, dijo un padre. “Le ayudó a darse cuenta del poco valor que tienen las conversaciones en grupo”.

Los teléfonos durante las visitas de amigos son otro tema: “No hay nada más decepcionante que ver a los amigos de mis hijos traer sus aparatos a mi casa y tenerlos concentrados en sus teléfonos o tabletas en lugar de pasar el rato con mis hijos”.

Mi método favorito para restringir el uso de la tecnología: “No hay recepción; los teléfonos no siempre funcionan”.

Cuando les pedí consejo a otros padres sobre en qué momento hay que darles teléfonos a los niños, la respuesta generalizada fue: espera lo más que puedas. Una vez que se los das, es muy difícil quitárselos.

Tarea

¿Debemos permitir que los niños se comuniquen con amigos mientras están haciendo la tarea? Dos tercios de los padres dijeron que sí; un tercio dijo que no.

Algunos de los comentarios aprobatorios decían: “Solamente en áreas comunes de la casa” o “Solo con la puerta abierta (para que podamos supervisarlos)”. Otro agregó: “Depende de si están trabajando juntos en un proyecto, lo cual puede ser difícil de hacer cumplir”.

Los que están en desacuerdo dijeron que la tarea se hace individualmente; si el chico necesita ayuda, necesita buscar a uno de sus padres o los padres deben contactar al maestro.

El uso más amplio de computadoras para la tarea también ocasionó reacciones diversas. Algunos padres son bastante estrictos y limitan toda la tecnología: “Solo se utiliza la computadora para revisar ortografía o para usar Google Docs”. “Solamente sitios relacionados con temas de tarea y nada de redes sociales”. “Solo están permitidos ciertos sitios educativos. Wikipedia no se recomienda para nada. Creo firmemente que deben consultar libros reales para investigar en lugar de guglear todo”.

Otros son más relajados: “Debes dejarlos usar las herramientas que necesitarán en su vida. De otro modo, démosles carbón y un pedazo de pizarra, como Lincoln”.

Hora de dormir

Investigadores del King’s College de Londres han descubierto “una relación fuerte y constante” entre el uso de aparatos electrónicos durante la hora de dormir y tener un sueño insuficiente o sufrir de una mayor somnolencia durante el día. Los padres ya entendieron el mensaje.

Una mayoría aplastante prohíbe los teléfonos en las habitaciones durante la hora de dormir. “La tecnología también tiene que irse a dormir; en nuestra casa sucede 30 minutos antes de que se apaguen las luces”. “No se usa tecnología una hora antes de acostarse”. “A las 21:00 me trae el teléfono abajo, donde se quedará hasta las 7:00”.

Redes sociales

Muchos padres restringen a los usuarios primerizos a una sola plataforma digital. “Solo Snapchat; no Instagram, Twitter, Facebook”. “Solo Instagram y lo reviso ocasionalmente”. “Una plataforma a la vez”.

Sin importar el sitio, la mayoría de los padres insisten en tener las contraseñas y los nombres de usuario. “Mis reglas, hasta que cumplió 18 años, eran que yo debía tener todas las contraseñas de todas sus cuentas. De vez en cuando hacía inspecciones sorpresa”. “Tengo TODOS los nombres de inicio y las contraseñas, y si cambian, mi hija tiene que actualizar mi lista. Si trato de entrar y no puedo, le quito el teléfono hasta que yo decida devolvérselo”.

¿Es verdad que los padres realmente monitorean las actividades en línea de sus hijos? Algunos sí. “Leo sus mensajes frecuentemente”. “Somos ‘amigos’ o nos seguimos en redes sociales, así que puedo ver todas sus publicaciones”. “Le he pedido leer los mensajes si mi hija esconde el aparato cuando entro a su habitación”. “Hago auditorías al azar. Hemos tenido pláticas sobre ciudadanía digital y mensajes positivos”.

Sin embargo, otros padres prefieren darles libertad. “Cuando comienzan a mandarse mensajes, leo algunos al azar y pregunto sobre lo que leo: ‘Veo que tu amigo y tú están hablando sobre los Jets’ o ‘Veo que tú y tu amigo están hablando sobre otro chico de su clase’. De esa manera, saben que puedo leer cualquier mensaje en cualquier momento, aunque en realidad no lo hago”. “Casi todos son muy aburridos”.

Castigos

¿Qué pasa si el niño infringe una regla familiar? ¿Es posible separar a un nativo digital de un aparato electrónico por un periodo largo? Observen, escépticos: muchos padres opinan que sí.

“Sí, cuando era más chico”. “Sí, y mi hija responde bien”. “¡¡SÍ!! ¡Es la motivación más grande!”. “Sí. Lamentos y rechinidos de dientes, y después encuentran otra cosa que hacer”. “Lo he hecho. Se enoja mucho al principio pero finalmente se calma. La primavera pasada establecí una limpieza digital de tres semanas. Estuvo enojado los primeros tres días pero después todo se volvió más tranquilo”.

Otra forma común de obligar a los niños a cumplir con las normas es hacerlos pagar por el sobreuso. “Pagamos la cuota normal pero hacemos que ella pague el sobreuso”. “También le quitamos los datos”. “Ahora trabaja como niñera para algunos amigos de la familia para ganar más dinero; debe aprender a manejar su dinero”.

Tiempo familiar

Quizá la mayor queja en contra de la tecnología es que roba el tiempo de familia. Así que ¿cuáles métodos han usado los padres para recuperar ese tiempo?

En primer lugar, la hora de la cena está libre de tecnología. “No hay aparatos electrónicos durante las comidas”. “No hay teléfonos sobre la mesa y eso no solo sucede en nuestra casa. En casa de mi madre y de nuestros hermanos, los sobrinos y sobrinas tienen la misma regla. Nadie se queja, simplemente lo ejecutan”. “No hay aparatos durante las comidas. No hay audífonos cuando viajan en el auto”.

En segundo lugar, consideren alternativas positivas. “Hacer cosas donde los teléfonos estorben. Jugar algo rápido, caminatas, ir a conciertos o presentaciones”. “Vemos películas juntos, hacemos fogatas en el patio o nadamos cuando el clima es cálido y hacemos una noche de juegos, en la que solo se permiten juegos de mesa. Solían quejarse pero ya tienen sus favoritos y ahora esperan con ansias el momento de jugarlos”.

“Hagan algo constructivo juntos. Asegúrense de que todos (incluso mamá y papá) se ensucien las manos. Muchas veces cocinamos juntos y preparamos los peores platillos del mundo, pero está bien, porque los hicimos juntos”.

Finalmente, cuando todo falla, muchos se apoyan en los viejos trucos parentales: amenazas, sobornos y humillación pública.

Amenazas: “Les grito de la nada: ‘¡Deja ese teléfono!’. Limita su uso por los siguientes cinco minutos”.

Sobornos: “Salida nocturna de papá o mamá e hijo. Los padres se alternan para llevar a un niño de paseo; la cuarta semana les toca salir a los padres juntos”.

Humillación pública: “Si confisco un aparato durante el tiempo familiar, abrimos los mensajes y mi esposo y yo los leemos con tono dramático”.

¿Estás ahí, papá? Soy yo, tu hija 

Alice se quedaría parcialmente con nosotros porque su padre —mi hermano, James— se había suicidado. Aunque James había sufrido de depresión, se veía bien a sus 37 años; ninguno de nosotros se lo esperaba. Diez meses antes se había divorciado de Trina, su esposa, y habían compartido la custodia de Alice. Sin embargo, Trina trabajaba tiempo completo como enfermera, con turnos largos y, después de que James murió, había tres días de la semana en los que no podía cuidarla.

Yo quería que Alice estuviera conmigo en esos días. En mi luto, también traje otras partes de la vida de James a la mía. Su ropa, por ejemplo. A menudo me ponía sus calcetines, su abrigo, la mayoría de las veces sus camisetas y a veces sus jeans que me quedaban grandes.

También comencé a habitar su vida en línea; buscando respuestas, hackeésus cuentas virtuales: su correo electrónico, Facebook, Instagram, su foro de peces tropicales, el sitio de chat para técnicos de BMW, Snapchat, cuentas bancarias, sus recibos y su historial de millas aéreas gratis.

Lo que más quería encontrar era el historial de búsquedas de su celular, pues creía que podría brindar alguna pista, pero el celular se bloqueó después de que intenté adivinar su contraseña demasiadas veces. Sabía que debía ser alguna combinación de cuatros y ceros, pero no pude ponerlos en el orden correcto. O quizá, durante mi bloqueo emocional, seguí tecleando la misma combinación una y otra vez: 4-0-0-0, 4-0-0-0, 4-0-0-0.

La mañana del solsticio de invierno, el primero que llamó fue mi padre. Me preguntó si sabía dónde estaba James. Eso ocasionó una serie de llamadas y mensajes de texto a familiares y amigos que parecía no tener fin hasta que lo encontraron más tarde esa misma mañana.

Después de irme de la casa de mi hermano, mi madre y yo fuimos en coche a la casa de Trina, donde mi sobrina, Alice, estaba sentada llorando en el sillón, con el rostro pálido y el cuerpo tembloroso. Si tan solo pudiera ser mi hermano, pensé, podría cargarla y decirle: “No estés triste, Blueberry. Estoy de regreso. Aquí estoy”. Ella habría reído y se habría sentado sobre mi regazo, que es demasiado pequeño para sostener a una niña de 10 años, pero no me habría importado.

Esa noche, abrí las notas de mi celular y anoté un resumen minuto por minuto de cuándo había pasado todo, de todas las llamadas y los mensajes de texto. Si Alice sintiera curiosidad por saber qué había ocurrido ese día, no me faltaría nada. No recuerdo bien los siguientes días porque llegaron familiares e intentamos resignarnos a lo que había pasado mientras se acercaba la Navidad.

En Nochebuena, Alice me envió un mensaje de texto: “¿Mi papá me compró regalos de Navidad?”. “¡Sí!”, le respondí. “¡Hay un montón de regalos!”. Casi podía ver cómo trabajaba su cerebro, haciéndole un espacio a esta nueva realidad, como si le cerrara la puerta a algo que aún no era capaz de procesar.

Había encontrado los regalos que James le había comprado a Alice en su escritorio; no estaban envueltos ni tenían etiquetas. Me los llevé a casa. Él y yo tenemos una caligrafía casi idéntica (horrible), así que pude escribir en las etiquetas como si lo hubiera hecho él, siendo cuidadosa de no mancharlas con mis lágrimas. Escribí: “Para: Alice Te quiere, ¡Papá!”. Y “Para: Blueberry ¡Te amo!… Papá”. Y también de parte de su cachorro: “¡Besos de Scout!”.

La mañana de Navidad todos vinieron a nuestra casa. Durante hora y media, me obligué a contenerme y darle a Alice la mañana de Navidad que había estado esperando. Al día siguiente, se fue para pasar la semana de festividades en Seattle con sus abuelos y fue entonces cuando mi esposo y yo mudamos su habitación de la casa de James a la nuestra.

Desde Seattle, Alice me envió un mensaje de texto: “¿Mi habitación está en tu casa? ¡No me envíes fotos! ¡Quiero que sea sorpresa!”. “Te encantará”, respondí. “Está igualita”.

Después de Año Nuevo comenzó una vida totalmente nueva para nosotros; Alice se quedaba en nuestra casa los mismos días que se quedaba en la de su padre. Yo la arropaba en la cama que su papá le había comprado, bajo ligeras frazadas de lana para no usar las sábanas que aún olían a su casa.

Así pasaron los meses, los brotes de narcisos comenzaron a salir de la tierra y el impacto comenzó a atenuarse. Y conforme pasaba, Alice comenzó a tener problemas para dormir, a pesar de que su habitación era exactamente la misma y también su horario.

Comenzó a hacerme propuestas complicadas, como que si no podía dormir en su cama entonces dormiría en el sillón. Si no podía dormir en el sillón, dormiría en la habitación de los bebés. Si no podía dormir en la habitación de los bebés, dormiría conmigo y con mi esposo. Pero, si nada de eso funcionaba, llamaría a su madre para que la recogiera a mitad de la noche.
De nuevo deseé convertirme en James para ella… si tan solo pudiera.

Muchas noches, después de que mi esposo se dormía, entraba a la cuenta de Facebook de James. Dos veces olvidé salirme y terminé publicando cosas desde ahí en conversaciones grupales con sus amigos, lo cual los dejó sin palabras. Una vez también le respondí un mensaje a uno de los amigos de James desde su cuenta. Por lo menos en las redes sociales era como si el tiempo se hubiera detenido y él siguiera vivo. Hasta que de alguna manera Facebook supo sobre su muerte y su página se convirtió en una cuenta de conmemoración, con lo que ese último vestigio también murió.

Sin embargo, su cuenta de correo electrónico seguía activa. Yo la dejaba abierta en mi computadora en una pestaña al lado de mi propio correo (aún lo hago). No recibía muchos correos; la mayoría eran basura o avisos de varias listas a las que se había suscrito: notificaciones de la escuela de Alice y alertas acerca de los perros perdidos en el vecindario.

Pero un día apareció un nuevo mensaje: “Hola papá”. Miré un momento el mensaje de Alice, tan doloroso e ingrávido que ni siquiera tenía puntuación. Me pregunté si debía responder. Le pregunté a un amigo terapeuta, quien me dijo: “No contestes como su padre a menos que se lo preguntes a Alice y ella esté de acuerdo”.

Me llevó algunos días encontrar la manera de preguntárselo a Alice casualmente. Durante ese tiempo, busqué y leí cada correo electrónico y mensaje de texto que le había enviado. Estudié su puntuación, su cadencia, su vocabulario y sus palabras de cariño. Usaba muchísimos signos de admiración.

Después le envié un mensaje: “Estoy en la cuenta de tu papá. ¿Puedo escribirte desde aquí?”. Me contestó: “Espera ¿que? ah, ok”. “Creo que quiero fingir”, le expliqué. “Ah, entiendo. Ok, está bien”, respondió.

Después cambié el tema y no reconocí que después de ese momento habíamos acordado una resurrección virtual. Al día siguiente, abrí el pequeño mensaje que había enviado —“hola papá”— y respondí: “¡¡¡Hola, Alice!!! ¡¡¡Te amo!!!”.

Al día siguiente escribió: “Hola, por cierto, me escribiste eso cuando estaba en la escuela”. “¡Perdón! ¿Lo abriste en la escuela? ¡Te extraño mucho, Blueberry!”. Ella respondió: “Lo leí en mi reloj inteligente pero solo lee la mitad del mensaje así que lo abrí después de la escuela”.
“Esa es mi niña. Me enteré de que no pudiste dormir en casa de tu tía Jessie, ¡¡¡espero que todo esté mejor esta noche!!!”. “Sí”, respondió. Al día siguiente escribió: “Cómo te fue en el trabajo, papá”. “Muy ocupado pero estoy en un descanso. ¡¡¡Te extraño!!! ¡¡¡Te amo, Alice!!!”. “Te extraño, papá, te amo”, me respondió Alice.

No sé qué piensa de estos mensajes que nos seguimos escribiendo cada vez con menos frecuencia. Sabe que estamos fingiendo pero ¿cómo saber qué está pensando? Jamás dice nada emotivo. Solo quiere charlar con su padre, decirle que lo extraña y lo ama. Quiere hacerle preguntas y superar esto de la manera que mejor le parezca. Y yo quiero lo mismo.

Mantengo abierta la pestaña con el correo de mi hermano en mi explorador las 24 horas del día, todos los días, y siempre intento responder en cuestión de media hora. Ahora, Alice duerme bien en mi casa, aunque a veces termina en mi cama. Le envío mensajes la mayoría de las noches y le pregunto: “¿Bueno, regular, malo?”, y ella me cuenta lo bueno, lo regular y lo malo de cada día.

No puedo regresar al pasado, pero sí puedo tratar de aprovechar al máximo el presente. Puedo recrear su habitación y responder sus correos. Puedo ponerla sobre mi regazo y decirle: “Estarás bien, Blueberry. Aquí estamos contigo”. Y así será.