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“Alquilo mi vientre” | el TOQUE

Aunque la ley cubana lo prohibe, Dalia ofrece su cuerpo como vientre de alquiler, con tal de ganar algún dinero.

Foto,Alejandro Trujillo.

Ante mí veo el retrato de una mujer sonriente. Es una mujer negra y joven, con poco más de treinta años, infiero. La foto es un plano cerrado. Apenas puede verse su rostro cilíndrico y la amplitud de su pecho.

Junto a la foto hay un número de contacto y un anuncio. Pero lo que ofrece no es usual. Ni siquiera parece posible. Es uno de esos anuncios que debes leer par de veces para asegurarte de que no te confundiste, que son esas las palabras exactas. Vuelvo atrás y confirmo letra a letra. No hay error. “ALQUILO MI VIENTRE”, dice.

Una mujer cubana divulga estar dispuesta a alquilar su vientre a través de un portal online donde se negocia casi cualquier cosa.

Hasta hoy podía asegurar que en Cuba hablar de este tema era una locura, un vago concepto que alguna vez alguien ha oído. Encontrar a Dalia, sin embargo, parece demostrar que la Isla no está tan alejada de un mundo en globalización.

Dalia conserva en su abdomen las marcas de un primer embarazo. Cuenta que fue una gestación tranquila, que ya la niña tiene cuatro años, es inagotable y hermosa. Ama a su hija, me aclara más de una vez, como quien teme ser señalada, supongo.

La pequeña debía ser su única gestación. Al menos esos eran sus planes: no más nauseas, partos, no más bebes; pero ya no está tan segura. Dalia (habanera, con estudios universitarios, madre soltera) ha pensado en la renta de su propio cuerpo como una posible opción para la maternidad de otra persona. “Soy profesional, pero gano muy poco. Solo intento darle una mejor vida a mi hija y a mi madre”, se explica otra vez

— ¿Por qué alquilar tu vientre? No es usual escuchar este término en Cuba, ni siquiera es legal.

— La idea la tuve por una amiga que encontró una pareja extranjera interesada. En Cuba no se puede hacer; así que ellos la invitaron a su país, costearon el procedimiento y fueron muy generosos con ella. Le solucionaron todos sus problemas.

— Y si encontraras personas que te ofrecieran lo mismo. ¿Aceptarías? ¿No te sentirías insegura fuera de la Isla, desprotegida?

— Si fuera legal lo haría en mi país, por supuesto, pero no está permitido. Luego, si tuviera la misma oferta que mi amiga, sí aceptaría. Es algo riesgoso. Lo sé. Por eso trataría de asegurarme de que sean personas serias y honestas. Eso es lo primero. Además les exigiría, que me entregaran la mitad de… – ahí se detiene. Se refugia en una pausa, examinando la manera menos chocante de decir dinero. Porque sí, es eso lo que busca: dólares, euros, libras… dinero – la mitad de lo que acordemos – suelta finalmente entre eufemismos.

— ¿Estás segura de qué eso quieres?

—Sí. Lo tengo decidido. Sé que es muy difícil. Es un bebé que te creció dentro, que sentiste patearte, que viste su sexo, su forma: para luego saber que te abrirán la barriga y tendrás que entregarlo. Biológicamente no es tu hijo, no tiene tus genes, pero supongo que duela separarte de una persona que estuvo pegada a ti durante 40 semanas. A veces es así: nos toca tomar decisiones duras para mejorar la vida de otros. Y te digo más: si el óvulo debe ser mío, también doy al bebé”.

—Si el óvulo es tuyo, ese niño sería tu hijo…

—Lo sé, pero ya yo tengo mi pequeña. No quiero más hijos. Si encuentro a alguien que me pague, lo hago.

La idea de esta mujer podría parecer infructuosa: simplemente esperar a que surja una oportunidad, basándose en la experiencia de una conocida. Sabiendo, además, que las leyes cubanas lo prohíben. Ella no sabe si es un caso aislado o si hay otras mujeres también dispuestas, como tampoco conoce a alguien que solicite este “servicio”. Yo tampoco lo sé. Entonces, por curiosidad instintiva,  escribo el término en el buscador del portal, y vuelve un portal de anuncios a sorprender con otro clasificado. Esta vez no oferta, sino demanda: “Se busca cubana dispuesta a viajar a Ecuador para alquilar su vientre…”

Mientras tanto ahí sigue Dalia, esperando que aparezca un interesado que la saque de Cuba, que le alquile las entrañas.

Origen: “Alquilo mi vientre” | el TOQUE

Ser padres es solo una opción | EL PAÍS

Cada vez más mujeres y hombres deciden en las sociedades occidentales no tener descendencia, una elección que suscita controvertidos debates. Y si bien las presiones sociales y familiares no cejan, hay señales de que algunos tabúes empiezan a caer

CRISTINA GALINDO

Ser padres es solo una opción

“Durante mis años fértiles, he tenido todo el tiempo del mundo para tener hijos. Tuve dos relaciones estables, una de ellas desembocó en un matrimonio que aún continúa. Mi salud era perfecta. Podría habérmelo permitido desde el punto de vista económico. Simplemente, nunca los he querido. Son desordenados; me habrían puesto la casa patas arriba. Son desagradecidos. Me habrían robado buena parte del tiempo que necesito para escribir libros”, explica la estadounidense Lionel Shriver. Esta confesión de la autora de Tenemos que hablar de Kevin (2003) —la exitosa y perturbadora novela sobre una madre cuyo hijo adolescente perpetra una matanza en un instituto, que fue adaptada al cine— es uno los 16 ensayos (13 escritos por mujeres y 3 por hombres) recopilados el año pasado por Meghan Daum en Selfish, Shallow and Self-absorbed (Egoísta, superficial y ensimismado). Este libro, de amplia resonancia en el mundo anglosajón, es una elocuente muestra de cómo se están empezando a romper, poco a poco, los tabúes en torno a la libre elección de no procrear, una tendencia en auge en Occidente y que suele suscitar grandes controversias. Quienes no tienen hijos empiezan a explicarse y reclaman un mismo estatus de normalidad.

Es obvio que aún existe una inercia social y cultural que suele traducirse en presiones para tener descendencia, sobre todo alcanzada una determinada edad. Pero al menos se plantea más abiertamente la opción de no tenerla, no solo en la prensa —el debate ocupó incluso una portada de Time en 2013—, el cine y la literatura, sino también en conversaciones cotidianas, en las que opinan mujeres y hombres.

En Selfish…, los 16 escritores exponen las muchas circunstancias que les han llevado a no desear descendencia, desde eludir la dedicación que conlleva la crianza, hasta motivaciones políticas (como combatir la sobrepoblación mundial) o traumas personales heredados de infancias difíciles. “Quería que explicaran sus razones de forma reflexiva. Lo que defendemos es que la paternidad, cuando se hace bien, es un trabajo difícil e importante; y debería ser solo para la gente que lo desea”, explica Daum desde Los Ángeles.

En España, se calcula que entre las nacidas en los setenta, un 25% no tendrá descendencia

Este artículo no pretende emitir un veredicto sobre si tener descendencia es mejor que no tenerla, desde el punto de vista personal o socioeconómico. Pero lo cierto es que como demuestran las estadísticas cada vez más personas optan por una vida sin hijos (algo que en inglés ya tiene su propia demominación: childfree). La natalidad en Occidente empezó a caer en los setenta. En España, por ejemplo, el número de nacimientos por cada 1.000 habitantes era de 18,7 en 1976 y ahora se sitúa en 9, de los más bajos de Europa. Se tienen menos hijos por razones económicas y por problemas de infertilidad, pero también por libre elección. “La revolución que supuso la píldora anticonceptiva permitió retrasar la maternidad. Esto unido a la opulencia creciente en las sociedades occidentales y el avance de la igualdad de oportunidades, han dado a las mujeres una elección genuina sobre su estilo de vida”, explica la socióloga Catherine Hakim, profesora de la London School of Economics y una de las voces más respetadas en el estudio de la caída de la natalidad. Tener hijos es una decisión muy personal… con repercusiones amplias. Pese a que algunos childfree argumentan que el mundo está superpoblado, uno de los problemas más acuciantes de las sociedades desarrolladas es el envejecimiento de la población, que pasa factura al Estado del bienestar, ávido de trabajadores jóvenes que paguen las pensiones.

Pero muchos deciden no tener hijos. En España, se calcula que entre las mujeres nacidas en los setenta, no tendrá hijos un 25%, en Francia el 20%, en Finlandia el 29%, y en Alemania el 33,6%. En EE UU un 18% de mujeres de 40 a 44 años, no han sido madres, frente al 10% en 1976, según el Pew Research Center. ¿Qué porcentaje evita el embarazo por decisión propia? Las estimaciones de Hakim, basadas en abundantes trabajos de campo, apuntan a “una pequeña y visible minoría de cerca del 5%-10% del total”. Estas mujeres están convencidas de que no quieren hijos. “En el caso de los hombres los porcentajes son un poco más altos. Pero son menos los que se escandalizan si ellos no quieren ser padres”, opina Hakim.

Cuando un adulto tiene descendencia (caso, por cierto, de la autora de este artículo), es raro que le pregunten por qué. Cuando no la tiene, se arriesga a someterse a todo tipo de interrogatorios. “Decidir no procrear genera ansiedades para las personas en solitario y en pareja, para las familias y las sociedades, y sin duda genera preguntitas insolentes”, dice la escritora chilena Lina Meruane, autora de Contra los hijos (Tumbona; México, 2015). Y a esa clase de insolenciastuvo que enfrentarse con disgusto la actriz española Maribel Verdú durante la promoción de su película Sin hijos (2015), en la que encarnó el papel de una mujer que no quiere ser madre.

El mundo está superpoblado pero uno de los retos de Europa es el envejecimiento de la población

Es tan lícita la opción de querer guardarse para sí los motivos por los que no se tiene descendencia como exponerlos al juicio de miles de lectores. El caso de la psicoterapeuta Jeanne Safer es un buen ejemplo del cambio que ha habido en el debate público sobre la maternidad. Hace 26 años, consciente de que se adentraba en territorios pantanosos, prefirió esconderse tras un seudónimo cuando escribió en una revista sobre “su decisión consciente” de no perpetuar sus genes. Safer es una de las autoras de Selfish… y, esta vez sí, firma con su nombre. “La vergüenza —por ser egoísta, no femenina, o ser incapaz de criar a un niño— es una de las emociones más duras a las que se enfrentan las mujeres que discrepan sobre lo de tener hijos”, confiesa. En uno de los ensayos más divertidos, mordaces y provocadores del mismo libro, el escritor británico Geoff Dyer sentencia: “De todos los argumentos que se dan para tener hijos, la idea de que dan significado a la vida es el que me genera más hostilidad (…). Yo me siento totalmente satisfecho con la idea de una vida completamente carente de sentido y falta de propósito”.

Aunque la chilena Meruane sentía que no tenía por qué dar explicaciones de su nulo interés por ser madre, escribió un ensayo en el que critica, además, que los hijos se han convertido en “la figura dominante del hogar”. Afirmaciones como esta alimentan otro debate, sobre nuevos y viejos tipos de crianza, tanto o más controvertido que el de no querer hijos. “Muchas mujeres me han agradecido que escribiera sobre este asunto. Una amiga incluso me dijo que la había ayudado a decidirse a ser madre”, cuenta.

¿Qué lleva a hombres y mujeres a no querer procrearse? El estudio Childlessness in Europe (2015) concluye que las razones más habituales son motivos profesionales, la transmisión de una enfermedad hereditaria, una mala relación con sus progenitores, y causas económicas. Tradicionalmente en Europa, como explica una de las participantes en este proyecto, Anna Rotkirch, de la Federación de la Familia de Finlandia, no tener hijos ha estado relacionado, en el caso de los hombres, con un nivel socioeconómico bajo y la falta de pareja; en el de las mujeres era más común entre aquellas con estudios superiores que temían que la maternidad frenase su carrera. “Ahora en muchos países europeos la precariedad laboral empieza a ser un motivo de peso tanto en hombres como mujeres”.

El debate puede que no termine jamás. Sigue pesando un fuerte prejuicio de anormalidad sobre quienes optan por no tener hijos. En Reino Unido, la sinceridad de Holly Brockwell generó una tormenta de indignación cuando, el pasado noviembre, explicó en la BBC por qué a los 29 años quería ser esterilizada. Hubo algunos mensajes de apoyo, pero en general sufrió un auténtico linchamiento en Internet. Y aunque aquello fue una reacción extrema, es una muestra de los enfrentamientos que a veces se dan entre padres y no padres, disputas en las que se presenta a los primeros como seres que se creen con más derechos por tener hijos —y son incapaces de controlar los gritos de sus vástagos en un restaurante—; y a los segundos como frívolos que piensan en sus vacaciones, en salir por la noche y progresar en su carrera.

Sigue pesando un fuerte prejuicio de anormalidad sobre quienes optan por no tener hijos

¿Quiénes son más felices? Hay investigaciones para todos los gustos. La encuesta Enduring Love, de la británica Open University, lleva años analizando la calidad de vida en pareja, y concluye que quienes no tienen hijos dicen ser más felices en su relación e invierten más tiempo en la pareja. En esta línea, el año pasado se publicó un estudio de la Universidad de Londres que analizó a 14.000 parejas en Australia y Alemania; las madres indicaron una fuerte subida de estrés tras el nacimiento de un hijo (tres veces más que el padre) y el nivel fue creciendo hasta cuatro años después, cuando finalizó la investigación. Por último, otra encuesta realizada entre 2.000 padres primerizos en Alemania en 2015 indicaba que la llegada de un hijo restaba una porción de felicidad similar a un divorcio.

No todos lo ven tan claro. Un estudio realizado en 86 países por un equipo del Instituto Max Planck de Rostock (Alemania) y la Universidad Western Ontario (Canadá) sugiere que la maternidad es una inversión a medio-largo plazo: el bienestar asociado a los hijos es mayor a más poder adquisitivo, mayor apoyo social y más edad. Los menores de 30 años asociaron tener hijos con una menor felicidad, mientras que entre los 30 y los 39 años ese incremento fue neutral y a partir de los 40 fue positivo.

En conclusión, sigan su instinto.

Origen: Ser padres es solo una opción | Ciencia | EL PAÍS

¿Se puede elegir cuidar? | EL PAÍS

La atención a los hijos y a los padres ancianos es una experiencia humana que resulta arriesgado sortear

CAROLINA DEL OLMO

Una de la serie de fotografías tomadas por Sara Naomi Lewkowicz que ha sido premiadas en el World Press Photo 2016.
Una de la serie de fotografías tomadas por Sara Naomi Lewkowicz que ha sido premiadas en el World Press Photo 2016.

La sociología siempre se encuentra en esa compleja tesitura de intentar hallar una explicación común para unas prácticas sociales que, bien miradas, no son más que la suma de un montón de prácticas individuales. Y estas, como es natural, pueden explicarse por causas muy diversas. Es como si en física tuviéramos que reconocer que, aunque las manzanas tienden a caer de los árboles al suelo por la ley de la gravedad, algunas lo hacen por otros motivos, e incluso las hay que no caen. Esta peculiaridad de las “ciencias” humanas se convierte, en todo lo que atañe a la maternidad/paternidad, en un motivo constante de bronca y malos entendidos. Vaya, pues, por delante que cualquier decisión individual en materia de reproducción me parece perfectamente válida.

Por lo demás, es posible que a nuestro medio ambiente ideológico, lastrado por fuertes inercias patriarcales, le venga bien una reivindicación de la no maternidad libremente elegida. Pero buena parte del movimiento childfree puede explicarse poniéndolo en relación no solo con las grandes ventajas de nuestra época —libertad de elección de itinerarios vitales—, sino también con algunos de sus peores defectos.

Uno de los principales problemas de nuestra sociedad es su desprecio de todo lo que tiene que ver con la vulnerabilidad humana. Una vulnerabilidad particularmente notoria en la infancia, la vejez y la discapacidad. Hemos construido nuestra vida en común alrededor del mito del adulto autónomo y fuerte que busca maximizar sus opciones a lo largo de una trayectoria vital reducida a una serie de intercambios, entendidos a semejanza de los mercantiles. Elijo mi estilo de vestir igual que elijo a mis amigos, mi trabajo (supuestamente) y si tengo o no tengo hijos. Y si elijo comportarme de manera altruista y cuidar de mi prójimo lo hago precisamente así, como elección, no como expresión de un compromiso al que estoy obligada por formar parte de una red de reciprocidad e interdependencia que me ha permitido, entre otras cosas, llegar a adulta. Nos dejamos engañar por el espejismo de la autonomía y la independencia y no vemos que si estamos aquí eligiendo ser así o asá es porque nos han cuidado, y mucho. Venimos al mundo como seres desvalidos totalmente dependientes, y seguimos siendo vulnerables y dependientes en mayor o menor grado a lo largo de toda nuestra vida.

Entre las experiencias básicas de socialización y desarrollo de niños y jóvenes se contó, durante milenios, la de cuidar, no solo la de ser cuidado. Hoy día, en cambio, la mayoría de las personas —especialmente las de clase media o alta entre las que triunfa el estilo de vida childfree— llegan a adultas sin haber cuidado de nadie, en lo que es posiblemente una singularidad histórica sin precedentes. Tal vez por eso tanta gente experimenta la maternidad/paternidad como una brecha vital profunda. Y por eso hay cada vez más gente que considera el cuidado una opción, algo que puede elegirse o evitarse, cuando seguramente sea una experiencia humana fundamental que, como mínimo, es arriesgado intentar sortear.

Uno de los problemas de nuestra sociedad es su desprecio de todo lo que tiene que ver con la vulnerabilidad humana

Mariarosa Dalla Costa hablaba del amargo descubrimiento de aquellas mujeres que en los años setenta tomaron la decisión de no tener hijos con el objeto de salvaguardar su autonomía y luego se encontraron con que no podían obviar el cuidado de sus padres ancianos. Durante demasiado tiempo el cuidado ha sido destino y obligación para las mujeres: sin duda, ha llegado el momento de repartirlo (entre sexos y clases) y dotarlo del apoyo y la institucionalización social que tanto necesita. Pero eso no significa que no deba ser ya asunto nuestro, ni tampoco que su asunción deba ser necesariamente amarga. Ojalá los childfree actuales se ahorren el descubrimiento del que hablaba Dalla Costa, pero espero que sea porque entre todos hayamos sido capaces de construir una sociedad que ponga el cuidado en el centro de sus preocupaciones, y no porque se hayan “liberado” también de ese otro “lastre”.

Carolina del Olmo es ensayista, autora de ¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista.

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De la no maternidad a la familia numerosa

NEGRA CUBANA TENÍA QUE SER

Se dice que la inserción de las mujeres en la vida pública ha derivado en que disminuya la tasa de natalidad. Así se intenta explicar por qué las sociedades llamadas desarrolladas exhiben hoy cifras de hijos por mujer menores que cuando estas se dedicaban meramente a estar en casa, incluida Cuba que, más allá del PIB, en dichas cuestiones muestra comportamientos similares.

Sin embargo, quizás sea lo anterior no solo un resultado de la incorporación de las mujeres al trabajo remunerado, sino también una cuestión de elección propia. Si miro alrededor, mis amigas cubanas que no gozan de un empleo remunerado –poquísimas, por cierto- no han tenido tampoco un mayor número de hijos.

Lo cierto es que hay tantas razones, privadas, económicas, de salud, políticas, etc., para tener descendientes como para no tenerlos, y me quiero referir específicamente, a partir de una discusión que sostuve hace poco en las redes…

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Ser mamá y trabajar fuera de casa: ¿cómo ganarle a la culpa?

Sentir que uno “falla” porque no pasa mucho tiempo con el pequeño puede jugar en contra a la hora de poner límites, que son vitales para la crianza. Es importante encontrar un equilibrio entre el tiempo y la calidad que se les ofrece. No se trata necesariamente de compartir largas horas con el chico, sino de poder estar disponibles psicológica y emocionalmente para responder a sus necesidades.

Ser mamá y trabajar fuera de casa: ¿cómo ganarle a la culpa?

En las consultas, muchas madres preguntan qué es preferible si la calidad o la cantidad de tiempo que pasan junto a sus hijos. Pasar tiempo junto a los hijos es fundamental. Los niños necesitan un equilibrio entre calidad y tiempo. No alcanza simplemente con estar presente físicamente largas horas. Lo importante es que se encuentren psicológica y emocionalmente disponibles. Atentos a las necesidades de sus hijos para poder decodificarlas adecuadamente.

Es decir, es fundamental la calidad, al menos poco tiempo, pero varias veces al día (sobre todo para los más chiquitos). Esto no quiero decir que los padres deben necesariamente renunciar a todas sus actividades. Al contrario, deben ser capaces de realizar ajustes en su rutina diaria para poder disfrutar tiempo con sus hijos. Para poder brindarle a los hijos tiempo, en calidad y cantidad, es fundamental crear hábitos, acostumbrarse paulatinamente a crear momentos a lo largo del día; no tienen que ser, necesariamente, largas horas. Pueden ser ratos cortos por ejemplo: durante el desayuno, a la tarde/noche y al regresar de trabajar.

 Por otro lado, en función de la edad cronológica y del momento evolutivo, los niños dependen en mayor o en menor medida de sus padres.  Por ejemplo, al nacer, y durante los primeros meses, depende total y absolutamente de la provisión física, psíquica y emocional de sus padres. Necesitan de ellos para sobrevivir (en todo momento y al 100%). Ellos representan el sostén físico y emocional. Por eso mismo, es fundamental que la madre se encuentre acompañada y se sienta comprendida para que pueda sostener, cuidar y atender adecuadamente a su bebé. Desde el nacimiento, los niños comienzan a imitar a sus padres; luego esa imitación se va transformando en “identificación”, es decir que toman aspectos y características de sus padres y las hacen suyas. Los vínculos humanos se construyen en presencia, estando en los pequeños detalles y en la diaria del niño. En el día a día.

Es importante que los niños sepan que cuentan con sus padres, que si algo les sucede ellos están ahí para escucharlos, para enseñarles, para protegerlos. Considero que durante esos momentos es importante escuchar a los hijos, mirarlos a los ojos, estar disponibles para ellos, generando una verdadera conexión, disfrutando de la relación. Para ello es fundamental elegir momentos oportunos y favorables tanto para el adulto como para el niño.

La culpa 

Otra pregunta que suelo escuchar en las consultas es en relación a cómo puede una madre que trabaja superar las culpas de dejar a su hijo solo. Antes que nada, es fundamental asumir la responsabilidad de las decisiones que se toman. Si la madre decide trabajar porque lo necesita, y dicha situación le genera cierta sensación de culpa, trabajar sobre ella, elaborarla para que no interfiera en el vínculo con el niño.

Es verdad que los tiempos han cambiado: existe un nuevo modelo familiar, en el cual ambos padres trabajan y se ocupan de la casa y de los hijos. Claro está, que por razones laborales, muchas madres están cada vez más horas fuera de la casa, dejando a sus hijos al cuidado de otras personas. Los tiempos son cada vez más cortos y las agendas se encuentran más sobrecargadas, repletas de exigencias y compromisos.  Con ello no me refiero solamente a las agendas de los padres, sino también a la de los chicos, ya que las actividades extra curriculares han aumentado enormemente. Los chicos “ya no se aburren”, siempre tienen que estar conectados o entretenidos con alguna actividad extra curricular. De hecho, al estar aburridos, pueden crear juegos. Usar su creatividad y desplegar sus recursos y habilidades.

Debemos darle el espacio para que puedan explorar el mundo, aprender y divertirse. La  infancia es la etapa para que los chicos jueguen y aprendan a vincularse con otro.  Por ello,  lo importante es intentar elegir momentos adecuados, oportunos, y hacerlo libremente con el fin de disfrutar ese espacio único e irrepetible con el niño, desarrollando un vínculo profundo, pero no a partir de sentimientos de culpa por no estado en casa. Además, cabe aclarar que una madre que se siente culpable suele equivocarse a la hora de educar y poner límites. Por ejemplo, puede resultar excesivamente permisiva en algunos aspectos con el objetivo de suplir su ausencia.

Es fundamental estar emocionalmente presente, cerca de los hijos, valorando cada momento, aprendizaje y logro, y escucharlos atentamente. Es decir, acompañarlos en su crecimiento, ya que cada etapa evolutiva es impostergable e irrepetible.

 A la vez, creo que lo primordial es registrar ese sentimiento de culpa. Las madres deben resolver, en su interior, la culpa que les genera el tener que trabajar. Tienen que intentar elaborar ese sentimiento para que no se interponga en el vínculo con sus hijos. Muchos padres, al sentirse mal por no estar con sus hijos el tiempo que desearían, se  relacionan con ellos a partir de la culpa. Entonces, con tal de agradar y suplir los períodos de ausencia muchas veces los padres no establecen pautas o límites claros. A todo lo que sus hijos desean les dicen que sí, para que no se enojen.

No olvidemos, que limitar significa ordenar, marcar espacios y tiempos, diferenciar el mundo infantil del adulto. Aclaro esto ya que la falta de límites genera desorden, desorganización y caos a nivel mental. Los límites, en líneas generales, deben ser adecuados a la etapa evolutiva, pensados y consensuados por ambos padres, coherentes y firmes.

¿Y si me quedo todo el día en casa?

Por otro lado, cuando las madres concurren al consultorio y me preguntan hasta qué edad es recomendable permanecer todo el día en casa con el hijo destaco la importancia de que ellas mismas también tengan sus propios espacios y tiempos.  Un equilibrio entre ambos.

*Si se pudiera elegir, durante el primer año de vida del niño, la presencia de la madre es fundamental. Los bebés necesitan a su principal figura de apego, y no es lo mismo ella que una niñera o una abuela.

*Durante el segundo año, el niño puede comprender un poco más y tolerar que su madre se ausente algunas horas durante el día, mientras él o ella se queda con alguien conocido (por ejemplo: su abuela). Es clave que los padres vayan alargando, paulatinamente, los períodos de separación, es decir que no sea algo abrupto. Una vez que lo hacen intentar tomarse el tiempo necesario para la adaptación. A la vez, tienen que estar emocionalmente presentes antes y después del período de ausencia.

*A partir de los tres años, aproximadamente, es el momento en el cuál los niños ya pueden pensar y luego evocar a su mamá cuando se encuentran lejos. Confían en que su madre va a volver ya que tuvieron experiencias gratificantes. Entienden que su madre se encuentra en otro lugar, pero que volverá con ellos. También se encuentran listos para comenzar el jardín de infantes.


En la práctica clínica diaria, suelo escuchar el deseo o la necesidad de los padres por “ser perfectos” y el temor a equivocarse o a no ser buenos padres. Considero que no existe “la crianza perfecta”, ni los “padres perfectos”, ya que se aprende a ser padre cuando uno tiene un hijo, día tras día, atendiendo sus necesidades y acompañándolos en su crecimiento. Creo que lo más importante es brindarles a los hijos disponibilidad afectiva en calidad y cantidad de tiempo teniendo en cuenta la edad cronológica. Cuando las madres regresan de trabajar es importante que se involucren en la rutina de sus hijos, intentando dejar de lado las preocupaciones laborales.

Fuente: Licenciada Lucía Donovan del Instituto Sincronía, especialistas en estrés, ansiedad y emoción.

Ser mamá y trabajar fuera de casa: ¿cómo ganarle a la culpa?.

¿Por qué las cubanas no desean tener hijos?

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En su discurso oficial, con orgullo, el gobierno deja entrever que las cubanas han pasado de ser amas de casas a universitarias con proyectos ambiciosos.

Alega el régimen que la mayoría de las mujeres posponen la maternidad hasta pasado los 30 años, al igual que un país del Primer Mundo, en aras de su trayectoria profesional. Opositores y periodistas disidentes apuntan en otra dirección.

Afirman que es más un problema de índole económico que pretensiones profesionales. Después que en enero de 1959 Fidel Castro se hiciera con el poder, se abrieron las puertas del mundo laboral a muchas mujeres que vivían mantenidas por sus esposos, criando los hijos, haciendo labores domésticas o escuchando radionovelas.

Pero a pesar que la mujer tiene un papel más relevante en todas las esferas de la vida pública  -excepto en política, donde están en franca minoría- desde hace 30 años, como promedio, dejan menos de un hijo al concluir su etapa reproductiva.

Consulté a 18 mujeres sin hijos en edades comprendidas entre 19 y 43 años. También a 6 madres con niños pequeños sobre las dificultades y carencias para criar un bebé.

Las cifras inquietan. La población cubana envejece. Y decrece. Mueren más personas de las que nacen. Otra mala noticia es que nace menos de una niña por mujer apta para la fecundidad.

Revisemos algunos números. El promedio de edad en Cuba es de 38 años. En el 2025 aumentará a 44. Para esa fecha el 26% tendrá más de 60 años.

En el 2030, 3,3 millones de personas superarán esa edad. Actualmente el grupo de cubanos mayores de 60 años es de 17,8%. Superior al segmento de niños de 0 a 14 años que es de 17,3%.

La brecha, según analistas, tiende a aumentar. La emigración es uno de los factores que lastra la maternidad en Cuba. Más de 30 mil personas emigran cada año a Estados Unidos o cualquier otro sitio del planeta para mejorar sus precarias condiciones de vida. La mayoría de los emigrantes son mujeres y hombres jóvenes con buena formación académica. Es un drama.

Yudelis, 21 años, estudiante universitaria, lo tiene claro. “Una de las causas por las cuales las mujeres no desean tener hijos es por la situación económica, que está que arde.Yo misma vivo en una casa con tres generaciones diferentes. Mis padres, mis abuelos y yo. A mi novio le sucede lo mismo en su casa. ¿Si nos casáramos y pretendiéramos tener hijos donde viviríamos?”.

Yudelis solo encuentra una respuesta: “Emigrar, no se me ocurre otra si quiero formar una familia. Si espero a que las cosas mejoren económicamente en Cuba nunca tendría hijos. Desde que nací estamos mal. No creo que a la vuelta de cinco años las cosas mejoren”.

El 85% de las 18 mujeres encuestadas que no tienen hijos consideran que el factor económico es clave para no formar una familia. 11 de ellas viven en casas con familias numerosas y sin las mejores condiciones (el 62% de las viviendas en la isla están en regular o mal estado).

Elsa Lidia, 41 años, aun no tiene hijo. Mira con preocupación el almanaque. “No me queda mucho tiempo. Pero vivo en un solar, en un pequeño cuarto con barbacoa. En 30 metros cuadrados residimos cinco personas. El cuarto de mis padres está separado por un tabique de cartón tabla. En la cama dormimos mi hermana y yo. Mi hermano duerme en un catre en la sala. Tengo una relación formal hace años. Mi pareja desea tener hijos. ¿Pero cómo? Con mi salario de 450 pesos (20 dólares) como técnico medio nunca podré aspirar a comprarme un apartamento cuyo precio es de 10 a 20 mil dólares”.

El futuro para Elsa Lidia es una mala palabra. “No tengo familia en el extranjero. Mi proyecto de vida es el día a día. Cuando pienso qué va ser de mí dentro de 5 años entro en pánico”.

Algunas de las mujeres encuestadas que todavía no son madres viven en buenas casas, son profesionales de calibre y reciben dólares de parientes radicados en el extranjero.

“Pero no quiero criar a mi hijo rodeado de incertidumbre. Con la angustia de si podré  alimentarlo bien, comprarle ropa, zapatos, juguetes… Con mi salario no puedo garantizarle un buen nivel de vida. Es muy difícil tener una familia en Cuba en las actuales condiciones económicas”, dice Zulia, arquitecta.

Estuve indagando con madres que tienen niños ente 0 a 5 años. Luego del ramo de flores y la emoción inigualable del parto, 4 de 6 consultadas, sufren penurias a la hora de criarlos.

Y no es un problema médico. En la etapa de gestación el Estado les garantiza una dosis diaria de fumarato ferroso y un complejo vitamínico llamado Pre-natal. En los consultorios del barrio o policlínicos se les da un seguimiento. Las asesoran sobre el peso adecuado y reciben gratis consejos de cómo y cuánto tiempo amamantar al futuro bebé.

Incluso por la magra libreta de racionamiento les ofrecen una cuota extra de tres libras mensuales de carnes de res y pescado. Y unos kilos extras de viandas. Quizás estas atenciones, no muy frecuente en un país pobre del Tercer Mundo, hayan provocado que la organización Save the Children, con sede en Londres, por segundo año consecutivo considerara a Cuba como “el mejor país de América para ser madre”.

Probablemente la ONG británica desconozca que los problemas comienzan después del parto.

Hablé con Yadira, una joven egresada de informática. “Me había hecho tres abortos. Tomaba pastillas anticonceptivas. Pero aun así salí embarazada y resultaba peligroso hacerme un nuevo legrado. No me quedo otra que tenerlo. Arreglamos como pudimos el cuarto. La familia me regaló una cuna. Por la libreta, el Estado te oferta 10 metros de tela antiséptica y gasa para confeccionar pañales, una colonia, un par de zapaticos, una crema para bebé, 3 jabones y un biberón, entre otras cosas. Cuesta 85 pesos. Pero eso resulta insuficiente. Si el niño es enfermizo, como es el mío, los problemas aumentan”.

A Yadira el pediatra le recomendó comprar en las tiendas por divisa una fórmula NAM de la firma Nestlé: cada lata cuesta poco más de 4 cuc. “El niño consumía dos o tres latas al mes. Tuvimos que vender artículos personales para poder comprárselas”.

Según las madres consultadas, unas con más solvencia que otras, lo recomendable es ahorrar no menos de 600 dólares y poder garantizar una canastilla adecuada. Los precios de los coches, corrales y andadores están por las nubes.

Una cuna oscila entre 110 y 130 cuc. Un corral entre 80 y 140 cuc. El coche entre 60 y 180. Y un colchón de cuna supera los 50 cuc (el salario promedio en Cuba es de 20 dólares mensuales).

“A todo eso hay que sumar, a medida que va creciendo, alimentación, ropa, calzado, juguetes,  paseos y cumpleaños. Incluso teniendo el dinero, hay artículos que escasean y cuesta mucho  trabajo conseguirlos. Uno no se arrepiente de tener un hijo, pero en Cuba resulta muy duro”, afirma Yadira mientras duerme a su hijo de dos años meciéndolo en un sillón de hierro.

Iván García

Foto: Hospital Materno Ramón González Coro de La Habana. Tomada de La dura prueba de la maternidad. Leer también: Casi nadie quiere parir.