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Algunas curiosidades sobre el Muro de Berlín a 30 años de su caída

Datos y anécdotas que probablemente no conocías sobre este hito en la historia de Alemania.

La noche del 9 de noviembre de 1989 cayó el muro que dividía a Berlín en dos. A unos días de cumplirse 30 años de ese hecho, te contamos algunos datos curiosos sobre este hito.

1. En una noche

El Muro de Berlín se construyó en una sola noche, entre el 12 y el 13 de agosto de 1961, mientras el país dormía y bajo la vigilancia de las fuerzas armadas. En 24 horas se dividió la ciudad y, si bien la primera estructura que se utilizó era precaria, con los años se fue fortaleciendo.

2. Los números de la división

Para dividir a Berlín se levantaron 167,8 kilómetros de un muro de cuatro metros de altura. Alrededor había 31 puestos de control y unas 186 torres de vigilancia. Se calcula que 270 personas murieron intentando ir al otro lado de la ciudad.

3. Hacia la libertad

El primero en cruzar el muro fue Conrad Schuman, quien escapó unos días después de su construcción, cuando todavía era un alambrado. Otras fugas famosas fueron la de Harry Deterling, que condujo un tren con 26 personas a toda velocidad y logró romper la estructura; y la de dos familias que pasaron al otro lado en 1978 usando un globo aerostático “casero”.

4. De puesto de control a museo

Checkpoint Charlie es el puesto de control más conocido. Ahí, los aliados registraban a los miembros de las fuerzas armadas de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia antes de que pasaran al lado este. En el 2000 se construyó una réplica de la garita de vigilancia y en 2015 abrió junto al puesto el Museo de la Guerra Fría, que narra la historia del muro.

5. Ángeles e hijos preocupados

Una de las películas más reconocidas que retratan a la ciudad dividida en dos es El cielo sobre Berlín, de Win Wenders, donde dos ángeles sobrevuelan la capital alemana. Otro filme más actual es Goodbye Lenin, en el que dos chicos tratan de ocultarle a su mamá, una ferviente comunista que acaba de despertar de un coma, la caída del muro.

6. 11 meses después

El Muro de Berlín dividió a la capital alemana durante 28 años, hasta su caída el 9 de noviembre de 1989. Sin embargo, dos datos no tan populares son que siguieron existiendo puestos de control hasta julio de 1990, y que recién en octubre de ese año Alemania pasó a ser un solo país de manera oficial.

7. Galería de arte

El fragmento de muro más largo que queda en pie es el que está en el barrio Friedrichshain. Después de los hechos de 1989, fue intervenido por 118 artistas de 21 países y se transformó en un museo de street art al aire libre: la East Side Gallery. Dos de sus mayores íconos son el beso entre Honecker y Breznev y el auto Trabant que atraviesa el muro.

Origen: voydeviaje.com.ar

Mi recuerdo de Borges

En vista de que el sábado pasado fue el aniversario de Borges, reproducimos una columna de Alberto Benegas Lynch (h) consignada en el atelier del escultor Pedro Baliño.

Cuando era rector de la Escuela Superior de Economía y Administración (ESEADE) los alumnos me pidieron tenerlo a Borges entre los invitados. Intenté el cometido por varios caminos indirectos sin éxito, incluso almorcé en su momento con mi pariente Adolfo Bioy Casares con quien en aquel entonces éramos miembros de la Comisión de Cultura del Jockey Club de Buenos Aires, pero me dijo que “Georgie se está poniendo muy difícil de modo que prefiero no intervenir en este asunto”. Finalmente decidí llamarla por teléfono a la famosa Fanny (Epifanía Uveda de Robledo) quien actuaba como ama de llaves en la casa de Borges desde hacía más de un cuarto de siglo. Ella me facilitó todo para que Borges fuera a hablar a ESEADE y arregló los honorarios conmigo.

La velada fue muy estimulante y repleta de ironías y ocurrencias típicamente borgeanas todo lo cual se encuentra en la filmación de ese día en los archivos de esa casa de estudios, acto al que también nos acompañó por unos instantes Adolfito antes de ir a la regular sesión de masajes para aliviar su dolor de espalda. Cuando nos dirigíamos al aula Borges me preguntó “¿Dónde estamos Benegas Lynch?” y cuando le informé que en el ascensor me dijo “¿por qué ascensor y no descensor?”.
Cuando lo dejé en su departamento en la calle Maipú me invitó a pasar y nos quedamos conversando un buen rato atendidos por Fanny que nos sirvió una taza de té que al rato repitió con la mejor buena voluntad. Hablamos de los esfuerzos para difundir las ideas liberales y las dificultades para lograr los objetivos de la necesaria comprensión de la sociedad abierta. Se interesó por la marcha de mis cátedras y especialmente por la reacción de los estudiantes. Volvió a sacar el intrincado tema del arte objetivo o subjetivo que habíamos tocado en el automóvil cuando lo buscamos con María, mi mujer, ocasión en la que al intercalar la relación entre el arte y la religión señaló que la referencia religiosa más sublime que había escuchado era que “el sol es la sombra de Dios”.
Sé que María Kodama ha tenido serias desavenencias con Fanny (y con algunos allegados y allegadas a Borges) pero no quiero entrar en esos temas, sólo subrayo que con María tenemos una muy buena relación y ella me invitó a exponer en el primer homenaje a Borges que le rindió la Fundación que lleva su nombre junto al sustancioso y extrovertido español José María Álvarez y a otros escritores. Mi tema fue “Spencer y el poder: una preocupación borgeana” lo cual fue muy publicitado en los medios argentinos (a veces anunciado equivocadamente como Spenser, por Edmund, el poeta del siglo xvi, en lugar de aludir a Herbert Spencer el filósofo decimonónico anti-estatista por excelencia). Con Maria Kodama nos hemos reunido en muy diversas oportunidades solos y con amigos comunes pero siempre con resultados muy gratificantes.
Son muchas las cosas de Borges que me atraen. Sus elucubraciones en torno a silogismos dilemáticos me fascinan, por ejemplo, aquel examen de un candidato a mago que se le pide que adivine si será aprobado y a partir de allí como el consiguiente embrollo que se desata no tiene solución. Por ejemplo, su cita de Josiah Royce sobre la imposibilidad de construir un mapa completo de Inglaterra ya que debe incluir a quien lo fabrica con su mapa y así sucesivamente al infinito. Por ejemplo, la contradicción de quienes haciendo alarde de bondad sostienen que renuncian a todo, lo cual incluye la renuncia a renunciar que significa que en verdad no renuncian a nada.
He recurrido muchas veces a Borges para ilustrar la falacia ad hominem, es decir quien pretende argumentar aludiendo a una característica personal de su contendiente en lugar de contestar el razonamiento. En este sentido, Borges cuenta en “Arte de injuriar” que “A un caballero, en una discusión teleológica o literaria, le arrojaron en la cara un vaso de vino. El agredido no se inmutó y dijo al ofensor: ésto señor, es una digresión; espero su argumento” y la importancia de saber conversar a la que alude Borges quien ilustra la idea con la actitud hospitalaria y receptiva de Macedonio Fernández que siempre terminaba sus consideraciones “con puntos suspensivos para que retome el contertulio”, a diferencia de Leopoldo Lugones que “era asertivo, terminaba las frases con un punto y aparte; para seguir hablando con él había que cambiar el tema”.
Siempre me ha parecido magnífico el modo en que Borges comienza “La biblioteca de Babel”: “El universo (que otros llaman la biblioteca)…”. Una afirmación que encierra el secreto de toda biblioteca bien formada que representa un fragmento de la cultura universal, una porción de los amigos del conocimiento, un segmento de los alimentos más preciados del alma.
A mis alumnos les he citado frecuentemente el cuento borgeano de “Funes el memorioso” para destacar la devastadora costumbre de estudiar de memoria y la incapacidad de conceptualizar y de relacionar ideas. Recordemos que Funes, con su memoria colosal después del accidente, no entendía porque se le decía perro tanto a un can de frente a las cuatro de la tarde como a ese animal a las tres y de perfil.
Es casi infinito el jugo que puede sacarse de los cuentos de Borges (un periodista distraído una vez le preguntó cuál era la mejor novela que publicó, a lo que el escritor naturalmente respondió: “nunca escribí una novela”). Las anécdotas son múltiples: en una ocasión, al morir su madre, una persona, en el velorio, exclamó que había sido una lástima que no hubiera llegado a los cien años que estuvo cerca de cumplir, a lo que Borges respondió “se nota señora que usted es una gran partidaria del sistema decimal”. Con motivo del fútbol en una ocasión se preguntó en voz alta la razón por la que ventidós jugadores se peleaban por una pelota: “sería mejor que le dieran una a cada uno”. Un joven se le acercó en la calle y con gran euforia le entrega un libro de producción propia y Borges le pregunta por el título a lo que el peatón responde Con la patria adentro, entonces el escritor que siempre rechazó toda manifestación de patrioterismo exclamó “¡qué incomodidad amigo, qué incomodidad!”. En otra ocasión se arrima una joven entusiasta que afirma casi a los alaridos “Maestro, usted será inmortal” a lo que Borges respondió “no hay porque ser tan pesimista hija” y cuando Galtieri era presidente argentino le dijo que una de sus mayores ambiciones era parecerse a Perón: Borges (seguramente conteniendo sus primeros impulsos) replicó lo más educadamente que pudo, “es imposible imponerse una aspiración más modesta”. Poco antes, en esa misma época militar, se convocó a una reunión de “la cultura” a la que lo habían invitado reiteradamente por varios canales y a la salida los periodistas le consultaron sobre el cónclave a lo que Borges contestó con parquedad y con un indisimulado tono descalificador: “no conocía a nadie”. A poco de finiquitada la inaudita guerra de las Malvinas, Borges publicó un conmovedor poema donde tiene lugar un diálogo entre un soldado inglés y uno argentino que pone de manifiesto la insensatez de aquella guerra iniciada por Galtieri al invadir las mencionadas islas (tantas personas perdieron el juicio en esa guerra que un miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas de Argentina sugirió se lo expulsara al premio Nobel en Economía F. A. Hayek como miembro correspondiente de la corporación debido a que declaró con gran prudencia y ponderación que “si todos los gobiernos invaden territorios que estiman les pertenecen, el globo terráqueo se convertirá en un incendio mayor del que ya es”…afortunadamente aquella absurda e insólita moción no prosperó).
Borges tenía una especial aversión por todas las manifestaciones de los abusos del poder político por eso, en el caso argentino, sostuvo en reiteradas ocasiones (reproducido en El diccionario de Borges compilado por Carlos R. Storni): “Pienso en Perón con horror, como pienso en Rosas con horror” y por eso escribió en “Nuestro pobre individualismo” que “El más urgente de los problemas de nuestra época (ya denunciado con profética lucidez por el casi olvidado Spencer) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo” y en el mismo ensayo concluye que “el Estado es una inconcebible abstracción”.
Pronostica Borges (lo cual queda consignado en el antedicho diccionario) que “Vendrán otros tiempos en que seremos ciudadanos del mundo como decían los estoicos y desaparecerán las fronteras como algo absurdo” y en “Utopía de un hombre que estaba cansado” se pregunta y responde “¿Qué sucedió con los gobiernos? Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más compleja que este resumen”.
Borges nos arranca la angustia del absurdo perfeccionismo al intentar la administración de la pluma en el oficio de escribir cuando al citarlo a Alfonso Reyes dice que “como no hay texto perfecto, si no publicamos nos pasaríamos la vida corrigiendo borradores” ya que un texto terminado “es fruto del mero cansancio o de la religión”.
Y para los figurones siempre vacíos que buscan afanosamente la foto, escribió Borges en El hacedor“Ya se había adiestrado en el hábito de simular que era alguien para que no se descubriera su condición de nadie” y también, en otro tramo de esa colección, subrayaba la trascendencia de la teoría al sostener que “La práctica deficiente importa menos que la sana teoría”. Se solía mofar de la xenofobia y los nacionalismos, así definió al germanófilo en la segunda guerra, no aquel que había abordado a Kant ni había estudiado a Hoelderin o a Schopenhauer sino quien simplemente  era “anglófobo” que “ignora con perfección a Alemania, pero se resigna al entusiasmo por un país que combate a Inglaterra” y, para colmo de males, era antisemita. En el ensayo anteriormente mencionado sobre el individualismo enfatiza que “el nacionalismo quiere embelesarnos con la visión de un Estado infinitamente molesto”.
Sus muy conocidos símbolos revelan distintas facetas del mundo interior. Los laberintos ponen de manifiesto el importante sentido de la perplejidad y el asombro como condición necesaria para el conocimiento y el sentido indispensable de humildad frente a la propia ignorancia. Los espejos -cuando se mira en profundidad la propia imagen- “atenúa nuestra vanidad” y, simultáneamente permite ver que “somos el mismo y somos otros” en el contexto de las variaciones que operan en el yo a través del tiempo. Los sueños como anhelos y como fantasía. La manía borgeana por los tiempos circulares si se partiera de la premisa que todo es materia y el universo finito, lo cual conduce a permutaciones repetitivas (noción que, entre otros textos, la adopta en “La biblioteca total”, en conformidad con una conjetura que comenta Lewis Carroll dado “el número limitado de palabras que comprende un idioma, lo es asimismo el de sus combinaciones posibles o sea el de los libros”). Y, por último, el color amarillo del tigre como su primer recuerdo “no físicamente, sino emocionalmente” que se une al color que frecuentemente veía en su ceguera.
Ante todo, Borges se caracterizó por su independencia de criterio y su coraje para navegar contra la corriente  de la opinión dominante y detestaba “al hombre ladino que anhela estar de parte de los que vencen” tal como escribió en la antes menciona nota sobre los germanófilos…“a un caballero solo le interesan las causas perdidas” recordó con humor nuestro personaje en el reportaje conducido por Fernando Sorrentino.
En el prólogo a unas pocas de las obras de Giovanni Papini (otro cuentista y ensayista extraordinario con una prodigiosa imaginación) dice Borges: “no se si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector”.
Edwin Williamson, Victoria Ocampo, Rodríguez Monegal, Norman Thomas di Giovanni, María Esther Vázquez, Alicia Jurado y tantísimos otros han escrito sobre Borges y otros tantos lo han entrevistado (apunto al margen que le dijo a Osvaldo Ferrari que “cuando uno llega a los ochenta y cuatro años uno ya es, de algún modo, póstumo”) y una cantidad notable de tesis doctorales producidas en todos los rincones del orbe sobre este firme patrocinador del cosmopolitismo. De cualquier manera, no por reiterado es menos cierto y necesario decir que este autor constituye una invitación portentosa y renovada a la pregunta y al cuestionamiento creador.

Origen: LibertadyProgreso

Septiembre de 1986: mi llegada a la escuela del campo 

La residencia estudiantil de una beca cubana en el campo. Foto: todocuba.org

Por Pedro P. Morejón

HAVANA TIMES – Recuerdo aquella mañana de inicio de curso, en septiembre de 1986. Me sentía bien, esperando el trasporte que me conduciría a la escuela secundaria (7mo a 9no grado) en el municipio de Sandino, a más de 80 km de mi casa, también en la provincia de Pinar del Río.  La verdad es que llevaba meses deseando entrar a la secundaria, y si era becado, mejor. Eso significaba salir de la casa, ser libre e independiente, en fin, hacerme un hombre. Estaba contento con mi uniforme azul.

Le dije a mi madre, “A mí no tienes que ir a ver. Yo sí soy un hombre”.

Y ella sonrió, me dio un beso, y yo subí a la guagua.

Llegué y quedé algo impresionado con los dos edificios conectados por un pasillo central debajo y otro arriba en el segundo piso. Nos formaron, nos condujeron hasta el dormitorio. Me tocó la parte de arriba de lo que por primera vez en la vida veía: una litera.

En la noche, justo antes de apagar las luces entraron alrededor de 5 muchachos, mucho más grandes. Eran de 9no, algunos ya tenían bigotes. Caminaban de un modo amenazante y las miradas eran hostiles y burlonas. Experimenté un miedo que jamás había sentido, a ser golpeado, robado, o algo peor.

Aquello no se parecía a las riñas del barrio con niños de mi edad, más bien al ambiente de presidio de los que tenía referencias por el Cuco, un anciano expresidiario que nos contaba sus historias.  Al apagarse las luces escuché golpes, llantos y un corre corre por los pasillos. El resultado: dos niños golpeados y varias sábanas arrebatadas. Entonces supe que la beca no era el paraíso, y que para sobrevivir debía luchar por la comida, el agua, el espacio y el respeto, de lo contrario viviría un infierno.

Un día significaba el “de pie” a las 6:00 am, asearme con agua fría, tender la cama, ir a desayunar un jarro con leche y un pan con mantequilla rancia, siempre el mismo desayuno. Formar, matutino en el que te dicen lo que tienes que hacer, que decir, cómo comportarte y en quién creer, quiénes son los buenos, y quiénes los malos de esa película.

7:30 am y ya estaba en medio de un campo de toronjas, con un machete o una guataca, y una norma de x cantidad de matas que casi nunca puedo cumplir, porque soy muy delgado y no he cumplido los 12 y porque jamás hice labores agrícolas y mis manos tienen ampollas y duelen, por lo cual siempre soy objeto de señalamientos, críticas y amenazas de quedarme sin pase en los temibles análisis de destacamento.

Todo eso me da deseos de llorar y extraño mi casa y los míos, pero tengo que comportarme como un hombre y no ser un rajado. Viro a las 11.00 am, con temor de encontrar la ausencia de mi sábana sobre el colchón u otra cosa que me hayan robado con total impunidad. Me baño en una ducha con agua fría, no importa si estamos en enero, y gracias, porque algunas veces, aunque pocas, se va y te quedas enjabonado y así tienes que salir.

Hago la cola en la plazoleta para entrar al comedor. Somos más de 200. Nos tienen bajo el sol y a nadie parece importarle. Almuerzo en una bandeja que contiene un poquito de arroz, chícharos mal cocidos, la sempiterna carne rusa y un dulce de leche o mermelada. Me quedo con hambre, igual que en la comida. Nuevamente formación, bla bla blá educativo del director a algún miembro de la dirección, todo bajo el sol de Cuba.

-El sol de Cuba no quema.

Frase que algunos jodedores le atribuyen al Apóstol, y a quien yo, en mi ignorancia comienzo a odiar sin que el pobre tenga la culpa, pues, en resumidas cuentas, eso no es con lo que él soñó, solo que aún no lo sé. Obvio, me hablan poco de Martí, me enseñan que era un antinorteamericano por aquello de “viví en el monstruo y le conozco las entrañas” o “el norte revuelto y brutal”. De quien más me hablan es de Marx, Engel, y Lenin en las clases de Fundamentos de los Conocimientos Políticos…y de Fidel, claro.

Entro a clases, una merienda sobre las 3:00, casi siempre galletas dulces algo zocatas o un pedazo de panetela seca, que al menos matan por un rato el hambre constante de un adolescente. A las 5:30 pm salgo rumbo al albergue, preocupado, esperando que no me hayan robado mis pertenencias, ni que me esté esperando un matón sobre mi cama para buscar problemas. A esa hora, el sol se va poniendo y es cuando más extraño mi casa.

Sigue formación, comida, un poquito mejor que el almuerzo, pero me quedo con hambre, aunque no está del todo mal. El país está subsidiado por la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Pero igual se pasa hambre en una beca, por eso cuando mi madre va a verme los domingos que no tenemos pase, me harto tanto que sufro mala digestión durante el lunes.

Las noches son de estudio individual con sueño o de una recreación donde algunas niñas van a la obscuridad a “apretar” con sus novios (muchachos como yo, pero más espabilados), o con otros de la calle. Las hay que quedan embarazadas, y las hay, incluso, que copulan con algunos pocos profesores en medio de un ambiente promiscuo, ya sea porque estos pedófilos las seducen, ya sea por presiones para aprobar una asignatura.

Y el ambiente sigue malo. A Rebecca la hicieron llorar por portar un crucifijo. La citaron a la dirección, se lo quitaron y le dijeron que si la volvían a ver con esa tontería en el cuello iban a tomar medidas con ella, porque eso era divisionismo ideológico y que le podía costar su entrada al IPVEC. La intolerancia con lo diferente es absoluta.

Por eso cuando evoco aquella mañana de septiembre de 1986, sonrío y pienso “¡Qué inocencia! No sabía lo que me esperaba”

Lo vine a comprender con rabia, años después, ya convertido en adulto: que fuimos desarraigados del abrigo familiar en una edad tan importante para nuestro desarrollo como seres humanos, que abusaron de nosotros como les dio la gana, y ni siquiera nuestros padres lo sabían.

Origen:Havana Times en Español

Un día difícil y feliz.

Habanero2000

Tenía temor por este día, sería, sin dudas, un día muy difícil para mí. Por vez primera no estaría en mi Habana, junto a ella, regalándonos besos y te quieros, adornando la ciudad con nuestro amor.

Ayer una amiga reciente, en el trabajo, me contaba de su felicidad, hoy viajará a Camaguey, a abrazar a su madre, a ser feliz. Compartí su felicidad, pertenezco a ese grupo que comparte y hace suyas alegrías y sonrisas de amigos. Casi al final de la conversación, me preguntó por mi mamá, ella no sabía de lágrimas y ausencias, de mis penas y dolor, entre lágrimas le dije; es mi primer Día de las madres sin ella. Sé que lamentó haberme preguntado, me despedí con un beso y le dije, disfruta mañana por ti y por mi, acumula besos y te quieros.

Hoy amanecí tratando de obviar el día, me prometí no revisar Facebook…

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Mary Quant, la revolución en la moda y la liberación femenina en la Londres de los ’60

Mary Quant, su obra fashionista en dos restrospectivas
Mary Quant, su obra fashionista en dos restrospectivas

La obra de la diseñadora británica, autoproclamada “madre de la minifalda”, propone un regreso al ‘Swinging London’, el movimiento de moda, arte, diseño y música que cambió al mundo, a través de dos grandes retrospectivas: una en el Museo de la Moda y el Textil y la otra en el Victoria & Albert Museum. Los detalles de las exposiciones

El Museo de la Moda y el Textil presenta “Swinging London, a Lifestyle revolution”

El Museo de la Moda y el Textil presenta “Swinging London, a Lifestyle revolution”

Mary Quant frente a su shop Bazaar en Kings Road, durante los ’60

Mary Quant frente a su shop Bazaar en Kings Road, durante los ’60

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Origen: Infobae

El cepillo tiene su lugar de culto porteño

 

  • El Mundo del Cepillo, un negocio con historia en el corazón de la ciudad de Buenos Aires. FOTO Gustavo Carabajal

Fundado hace más de cien años, un negocio ubicado en pleno centro de Buenos Aires ofrece elementos de limpieza y cuidados de todo tipo. Realizados en forma artesanal se ofrecen entre otras peculiaridades cepillos para mesas de billar, para suelas de zapatos de tango y de puertas giratorias. Hasta Jacques Cousteau se llevó uno de cerdas duras para limpiar su célebre barco Calypso.

Origen:  La Prensa

HAVANA MICROWAVE

VARELA BLOG

havana microwaveen mi epoca de pescador submarino cometi varias imprudencias y una de ellas fue un dia subir precipitadamente sin descompresionar. debajo del agua, al flotar como en el espacio estelar, hay momentos de euforia donde pierdes nocion de la realidad. habia bajado con un aqualon y me meti en una mancha de pargos. arponie el mayor y me excite tanto que subi sin descompresionar, se me habia olvidado que estaba a 5 brazas de profundidad. al llegar a la superficie mi primo desde el barco me grito que yo tenia sangre en el cristal de la mascara. era de la nariz. momentos despues me dio dolor de cabeza. otro primo, que iba de timonel, decidio regresar inmediatamente a la costa pues habia que meterme en una camara de descompresion. pero insisti en que ya me sentia bien, cosa que no era verdad. en casa pase al menos 3 dias con…

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En busca del libro de terror y muerte que hechizó a Borges

 

El celular interrumpe el remoloneo del sábado. Número desconocido. Atiendo porque soy curioso. “Jean-Pierre Léaud quiere ver el Necronomicón de la Biblioteca Nacional. Ya le dijimos que no es real, pero insiste. ¿Quieres venir?”. El que habla es Rémi Guittet, agregado audiovisual de la embajada de Francia en Buenos Aires.

Apenas tengo tiempo de reaccionar. Jean-Pierre Léaud, el actor fetiche de Truffaut y Godard, el eterno Antoine Doinel que creció ante las cámaras en la pentalogía iniciada en 1959 con Los 400 golpes. Claro que sí, digo, ¿cómo perderme eso? Mi última novela es un gran homenaje al cine. Claro que sí, repito mientras me desperezo. Quizás hasta pueda escribir un pequeño texto para algún medio.

Remera azul, saco, ejemplar de mi novela en mano. Llego al hotel cinco minutos antes del horario pactado. Rémi me hace señas desde el bar de la esquina. Jean-Pierre Léaud y su pareja Brigitte Duvivier toman café en la vereda. Estudié francés algunos años, pero no me sale una sola palabra cuando le estrecho la mano a ese hombre de 74 años, melena raleada, ojos achinados y barba de tres días que bien puede considerarse el último sobreviviente -o por lo menos el más activo- de la nouvelle vague. Ni siquiera sé si tengo que decirle bon jour o bon soir. Ensayo una reverencia. Ocupo un lugar en la mesa. Apenas me siento, me pregunta por el Necronomicón. Entiendo otra cosa y respondo en un francés penoso: que no soy periodista, que soy escritor, que mi último libro… Saco el ejemplar de mi mochila. Se lo doy a Rémi, que nota mi desesperación por hacerme entender. Rémi le muestra el libro a Jean-Pierre. Hay una mueca amable. La pregunta viene otra vez: “El Necronomicón -dice Jean-Pierre-. ¿Cuándo vamos a verlo?”.

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Origen:DiariodeCultura 

Hugo J. Byrne-Recuerdos de mi infancia en Matanzas

Si alguien tuvo una infancia realmente feliz, ese fui yo. Hace años acepté lo que consideraba un destino cruel e injusto cuando perdí en sucesión rápida y trágica, primero a mi padre, después a mi patria y al año siguiente a mi esposa. Lo único que me mantenía enfrentando con firmeza mi destino era el amor y la responsabilidad inmensa que sentía hacia mis dos hijas mayores, quienes quedaron huérfanas de madre a una edad muy tierna.
 
Unos tres años después empecé a reflexionar sobre mi vida y las enseñanzas de mi padre. En una ocasión él me dijo que la mejor receta para el insomnio no era poner la mente en blanco sino al contrario, recordar algo agradable. Descubrí para mi sorpresa que esa receta es infalible. Pero no solo para conciliar el sueño, sino para mantener la serenidad y la paz mental, aún bien despierto. Rememorar lo venturoso del pasado es la clave del éxito en lo que nos quede por vivir.
 
A continuación dos anécdotas de mi niñez en Matanzas, cuyo recuerdo siempre me hace sonreír. No tienen necesariamente cronológica, sino más bien en la importancia que les doy.
 
Había en Matanzas una agencia de mudanzas cuyo propietario era un emigrado español, persona excelente. El “agenciero”, como llamábamos a ese negocio en Cuba, era grande, gordo y tan fuerte como una aplanadora. Se llamaba José y no recuerdo su apellido, aunque todos lo conocían como “Pepe el agenciero”. Pepe tenía un hijo muy joven, al que madre natura había dotado con las mismas características físicas de su padre. Yo tendría entonces unos cuatro o cinco años y era majadero, juguetón y brusco. Aunque Pepito era casi de mi tamaño, estoy muy seguro que era mucho más joven: un bebé en cuerpo de niño. Mientras Pepe conversaba con mi padre en un banco del Parque de la Libertad, desafié a Pepito a una carrera alrededor del monumento a Martí.
 
Al principio todo fue bien, pero un par de minutos de iniciado el jolgorio, lo empujé. Pepito empezó a berrear como si lo estuvieran matando. Enseguida dejó el retozo y se fue en dirección al banco donde estaban su padre y el mío. Sorprendido lo seguí, pero antes de llegar, Pepe se llevaba a Pepito cargado, caminado muy rápido y pepito seguía gritando. Mi padre me preguntó si yo había lastimado a Pepito, a lo que contesté negativamente. Más tarde supe que sí le había causado una luxación parcial del hombro izquierdo. En la casa de socorros más cercana le compusieron el hombro sin problemas
 
En mi ignorancia no concebía que ello fuera posible. Le dije a mi padre que eso era una mentira “de Pepito o de Pepe”, agregando que yo podía “fajarme” con Pepito y él también debía hacerlo con Pepe. Haciendo un esfuerzo por no reírse, mi padre me dijo que ya era hora de regresar a casa.
 
Unos once años después, contemplando un juego de base ball en el Instituto de Segunda Enseñanza de Matanzas, creo que contra el equipo del Instituto de Cárdenas (su eterno rival), el cuarto bate del “line up” matancero ocupó su lugar delante del “home plate”. Era un muchacho grande, gordo y colorado. Al primer lanzamiento el bateador contestó con un “leñazo” de leyenda. La bola no solamente pasó la cerca alrededor del campo de juego, sino también la cerca de bloques del Instituto, aboyando un automóvil estacionado en el lado opuesto de la calle. Alguien gritó “¿Gallego, qué tu comes?”  Pepito no podía reconocerme y probablemente ni recordaba la dislocación del hombro, pero no me quedé mucho rato mirando el juego por si las moscas.
 
Pepe tenía solamente dos empleados en su negocio, Eran dos negros grandes, también forzudos como Pepe, pero por lo menos treinta años más jóvenes. Sobre ellos y su eficiencia para levantar y transportar muebles pesados, Pepe afirmaba: “Esos no son dor negros, sino dor grúas”.  No sé cómo se conservan en forma pues lo único que les veo ingerir es agua con azúcar”. Ellos pertenecían a una extensa familia del barrio de “Simpson”, donde la población era mayoritariamente negra. Los hermanos de esos dos transportadores de mudanzas eran muchos y el más joven, llamado “Guillermito”, era más o menos de mi edad, mi compañero de juegos y una “bola de humo” igual que yo.
 
El Campamento de los “Boy Scouts” de Matanzas estaba ubicado en el “Centro Cristiano” un lugar alto al final norte de la calle “González Lanuza” y muy cercano a la desembocadura del Río Yumurí. Esa subida la negociábamos mi hermano y yo cada sábado para ir a las reuniones de los Boy Scouts. Escalar lomas no era problema, pero una pequeña “pandilla” de negritos a veces nos “emboscaba”, gritándonos “bueyes cagaos”. Las más de las veces le contestábamos verbalmente y a veces se suscitaba alguna bronca menor, aunque la sangre nunca llegaba al río.
 
Unas dos cuadras antes de llegar al “Centro Cristiano” y sólo en dirección este, había una calle de macadam y rocas con un gran declive conocida como la loma de “Jesús María”Eventualmente en lugar de pavimentarla, la ciudad decidió con lógica hacer de ella una amplia escalera. Fue mucho antes de eso y en medio de una confrontación con nuestros antagonistas del barrio “Simpson”, que de sopetón me enfrenté con Guillermito. Sin pensarlo dos veces lo empujé con violencia. Al darme cuenta de que Guillermito había caído por la loma de Jesús María, cerré los ojos pensando que lo había matado.
 
Cuando los abrí, lo vi parado en el pie de la loma con golpes, arañazos y rasponazos, pero en una pieza. Nunca pensé que un ser humano podría sobrevivir semejante caída sin al menos una fractura. Sentí tanto alivio que casi no presté atención a su puño cerrado y a lo que dijo: “¡Esta me la cobro!”. Unos tres meses después del incidente estaba probando la bicicleta nueva de un amigo. Se trataba de darle vueltas a dos cuadras, pedaleando mayormente por la acera.
 
Al llegar a una esquina me sentí como si hubiera sido “Chicken Little”, si de veras le hubiera caído el cielo en la cabeza. La bicicleta cayó a la cuneta, yo caí sentado en la acera junto a dos pedazos de un palo de escoba.
 
Algunas semanas después, cuando el enorme chichón en el centro de mi cabeza había bajado unos dos tercios de su tamaño original, me decidí a visitar el Parque de la Libertad. Allí me encontré con una cara conocida. Me extendió la mano. “¿Estamos en paz?”.
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El Mariel que no podemos olvidar

 

El barco camaronero El Dorado arriba a Cayo Hueso cargado de “marielitos”, en abril de 1980 (Florida Memory)

Hace 38 años alguien vino a recogerme para escapar hacia la libertad

LA HABANA.- Han transcurrido 38 años desde aquel día de abril de 1980, cuando alguien vino a recogerme en su auto para escapar hacia la libertad y nunca lo he podido olvidar.

Aquel “alguien” era el hombre que yo amaba. Tal vez por una palabra, una sola palabra suya, no accedí a su súplica.

―Vámonos al Mariel, esta es una buena oportunidad.

Aquella palabra, “oportunidad”, no me convenció. ¿Había sido mi vida, hasta ese momento, una vida en pos de oportunidades? Creo que no.

Aquella noche ―ahí comienzan los grandes recuerdos―, claro que no dormí. Había tomado una decisión contra mis sentimientos, contra mi corazón. ¿Valía la pena?, me pregunté hasta el amanecer.

Tal vez hasta me asustaba pensar en la libertad. Porque, ¿qué era la libertad sino una cosa del pasado, proyectos de  juventud, algo  parecido a un sueño en colores?

Aun así, les confieso que a lo largo de los años transcurridos, casi cuarenta, siempre me sentí arrepentida de no haber formado parte de aquel drama migratorio, uno de los más trágicos de América, conocido en el mundo entero como el “éxodo del Mariel”.

Dicen que ese mismo año cambió Miami y, para mis adentros, ese año también cambió mi vida.

Hoy, a salvo mis tres hijos en el exilio, me siento casi salvada y partida en mil pedazos. Como pez fuera del agua, una mujer solitaria esperando siempre lo mismo, una anciana que se empeña en cumplir con una extraña y sagrada misión: reír de última, para reír mejor.

A Cayo Hueso llegaron en cinco meses más de 125 mil cubanos, el 1,3% de la población de ese año. Fidel Castro los llamó “indeseables y escoria”. Fue siempre su estilo calificar así a todo aquel que no pensara como él. Igual que Gadafi, que llamó “cucarachas” a los disidentes, y como Stalin, “enemigos de la Patria”.

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