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Sobrevivir, desafío y acción.

Habanero2000

Una noche cualquiera, dos brindaban en silencio, no dijeron salud, dinero y amor, sin ponerse de acuerdo su brindis fue; salud, sobrevivir, sobrevivir. No estábamos preparados para esto, no lo esperábamos, comenzó allá en la lejana China y así lejano nos parecía. El primer mundo se sentía seguro y miró compadecido al lejano oriente. De pronto los números comenzaron a asustarnos y el miedo al virus y a la muerte, pretendió cambiar la sonrisa en mueca y la esperanza en espanto. La luces se fueron apagando y las calles quedaron desiertas; el virus no distinguía clases sociales, ni partidos políticos.

Tal vez es hora de repasar historias, de mirarnos por dentro y de tender manos, de proteger a los ancianos y salvar el futuro. De entender que moda, carros del año y mansiones, fronteras, portaaviones y misiles , se vuelven obsoletos cuando está en juego la vida del planeta.

El…

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La vida (no) sigue igual 

La pandemia nos coloca en una situación enteramente inédita porque nos hace ver que la esperanza en la normalidad es muy precaria.

POR

J.L. GONZÁLEZ QUIRÓS

Nuestra vida personal se enfrenta con mucha frecuencia a lo inesperado, y es de agradecer, porque una vida previsible al ciento por ciento acabaría siendo un muermo, así que casi todos preferimos una cierta mezcla soportable de orden y sorpresa. En el plano colectivo, lo inesperado es también un ingrediente que no cabe descontar, y por eso nunca estamos por entero ciertos de lo que pueda suceder mañana. Sin embargo, cuando lo imprevisible se convierte en una regla indomeñable, cuando subvierte el orden y el sentido que hemos depositado en la costumbre y en los ritos, el mundo de la vida parece venirse abajo y la razón puede perecer a manos de la peor de las pasiones, del pánico colectivo. Esto es parte de lo que podría pasarnos en las próximas semanas, a nada que los misterios incomprensibles de la biología den en circular por curvas vertiginosas, y tendremos que esforzarnos en evitarlo.

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Origen:  Disidentia

Cómo reconocer a una rana cuando se hace pasar por príncipe

 

‘Fake news’ fue el término del año 2017 según el diccionario Oxford. Y no es de extrañar, pues hasta tu querido padre, que siempre dice que se apuntará a aprender inglés cuando se jubile, la emplea con soltura. Siendo algo hiperbólicos (una constante en los tiempos digitales), podríamos decir que vivimos en la era del fake… y no solo en la lengua.

Los fakes nos rodean (inserte aquí música apocalíptica) y hasta ese colega tuyo que parecía de fiar sube a su Instagram un pantallazo de una app de running afirmando haber corrido una media maratón sin despeinarse… cuando tú sabes a ciencia cierta que comenzó a salir a correr como propósito de nuevo año.

Lo mismo ocurre cuando se trata de encontrar pareja a través de Internet. La falsedad y las falsas apariencias se convierten en una constante en los perfiles con los que nos topamos. Afortunadamente, aquí sí encontramos quién nos proteja: Meetic, la plataforma de citas online que lleva desde 2001 ayudando a los internautas a encontrar a su media naranja.

Al lío: cómo distinguir un fake

Bajemos al barro. ¿Cómo distinguir un fake y cómo escapar de él? Algunos son especialmente llamativos, como ese chico que elige como foto de perfil la de su orla de la universidad, en blanco y negro y con un grano en la imagen extremadamente característico de las fotos analógicas. ¿Cuánto habrá pasado de aquel disparo? Por lo menos, 20 años.

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Origen:Trendencias.com

Confesiones y sueños.

Habanero2000

Es hora de confesar errores, amores que no fueron, que negué, de decirles todo lo bueno que pude ser un día y lo malo también, que no me inhiba el miedo que no me falten las letras en el intento. Es noche de balances, de hacer las paces con el pasado, conmigo mismo. Lo que hicé, lo que debo, lo que prometo hacer. De abrirme el pecho y repetir de nuevo; yo vengo a ofrecer mi corazón.

Pude ser mejor, eso lo saben, pero a veces el miedo, inexperiencia, la soberbia, nos llevan a cometer errores, a actuar mal. Si hice daño, fue sin querer, nunca mi intención, propósito, ni fín. El mal siempre me ha dido ajeno, distante.

Tuve miedo al amor, al sufrimiento, a entregarme del todo. Hay amores que nos cambian para siempre, nos dejan un sabor a penas y armaguras que arrastramos por vidas y caminos…

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Luis Leonel León-La Habana difunta que vive en mí

Foto Abel Rojas

Hoy soñé otra vez con La Habana. Desperté viéndola como un libro. Quizás mi libro. Nunca he podido despegarme de La Habana. Sé que jamás podré separarme de su embrujo, así la terminen de desbaratar, así la borren, pues La Habana que me acompaña no es el vulgar espejismo en que ha convertido a mi ciudad esa mezcla letal de miseria, hipocresía, miedos y chabacanería. Toda esa bazofia que me hizo escaparme, salvarme, no ser una pieza más de sus derrumbes, su decadencia. Aunque mi generación, como otras más, sea entre otras cosas un carnaval de escombros y naufragios.

Leer mi ciudad, mi primera ciudad, fue alguna vez, mientras viví en ella, una de mis lecturas favoritas. Creo que la más ardua y a la par la más adictiva. La Habana, como pocas ciudades, más que un lugar en el mundo es un libro. Y no siempre abierto. Muchas de sus páginas han sido arrancadas, incineradas, trastocadas, vueltas un doloroso y ordinario olvido. Por suerte no todas.

Mi Habana, más que una ciudad, es un artefacto mental, sentimental, no sentimentaloide. Un ejercicio, eso sí, repetido, casi obligatorio como una buena borrachera por una razón insignificante pero inevitablemente gozada. Y para nada me molesta esa relación de celador, de guardaespaldas que compartimos La Habana y yo, ella conmigo y yo con ella. Me duelen las piezas rotas de la ciudad real, sus profundas y sucias heridas, pero me salva pensar, como un niño feliz que arma un rompecabezas, en sus mejores tiempos. Su historia. O eso que quiero conservar como su historia. La que me contaron, la que leí. La que imagino. La mía en ella.

No se trata de nostalgia, ni mucho menos de melancolía por la arquitectura, destartalada en gran medida, ni por los recuerdos de los muchos años que allí viví, buscándola, buscándome entre sus mitos, avatares, escombros, misterios y finalmente entre sus fugas, de las que soy parte. Querer saberla, vivirla, es un interés sostenido, una especie de imán que me empuja contra los significados simbólicos de eso que es más que ciudad y memoria. La Habana es mucho más que esa eso para mí.

De ahí que más que cavilarla o estar al tanto de lo que allí sucede por las noticias —las ciertas y las inventadas, que nunca faltan— o por los testimonios de algunos amigos, esos que a veces se atreven a contarla y a confesar sus quebrantos, La Habana llega más a mí por sus libros. Que tal vez sean pocos, pero sus espíritus nunca me abandonan. Libros que cuentan las historias de la ciudad y libros que, además, como un plus decisivo, han podido atrapar los sentimientos de su gente, que siempre será mucho más difícil, y también más raro. Esa especie de pericia que pertenece más al oficio de escritor que al de periodista, historiador o un perturbado recolector de hechos. La Habana está hecha talco, suele decirse, pero también está hecha libros.

Hay libros y autores habaneros a los que siempre, al menos desde los años noventa, no he podido dejar de regresar. El caso más fervoroso es un habanero que no nació en La Habana, Guillermo Cabrera Infante (Gibara, 1929-Londres, 2005) y dos clásicos: Tres tristes tigres, escrita hace 50 años, y La Habana para un infante difunto, que cumplirá 40. El autor y las novelas que más cerca tengo, que más cerca viven entre La Habana y yo. Y tal vez a los que más he recurrido con un placer infinito. Ni Salinger, ni Kundera, ni Eco, ni Borges, a los que he vuelto una y otra vez, sin proponérmelo, sin proponérselo, me han regalado tantos placeres literarios como estas invenciones de Caín, el autor más cubano, más habanero que conozco.

No es gratuito que cada vez que alguien, cubano o no cubano, me pregunta qué es La Habana, por muchos tópicos que pueda abordar, siempre termino diciendo que La Habana son las novelas de Cabrera Infante. Al menos esa es La Habana que yo siento. La que me interesa. La que quiero. Aunque ya no sea un infante. Aunque los tigres se hayan vuelto animales intangibles, borrosos, famélicos como una palabra sin aliento. Como una ciudad sin mitos, sin pasiones, sin elogios, sin sueños como estos. Y aunque en algunas cosas, inevitablemente, no sea más que su habitual difunto. La Habana está ahí, en esas páginas que pueden tocarse como un arpa de piedra. Lo que ahora ves sobre sus calles, allá en la isla, es solo el espejismo de un viejo funeral que aún no termina. Que no te engañen.

El autor es periodista cubano radicado en Miami.

Origen: La Habana difunta que vive en mí

HE APRENDIDO

Tómate dos minutos para leer este ensayo y asegúrate de leerlo todo hasta el final:

Escrito por Andy Rooney, un hombre inteligente, triunfador, escritor, gran lector, corresponsal de CBS, con el don de

decir mucho con pocas muy pocas palabras.

Rooney ya falleció, todos aprendimos mucho de él. Les dejo la parte 1 de su He aprendido, con paráfrasis

 .

He aprendido… Que el mejor salón de clases en el mundo está en los pies de personas de avanzada edad.

He aprendido… Que cuando estás enamorado, se demuestra.

He aprendido… Que con que una persona me diga “Me alegraste el día” me alegra el día.

He aprendido… Que tener un niño que duerme en tus brazos es uno de los sentimientos más pacíficos en el mundo.

He aprendido… Que ser amable es más importante que tener la razón.

He aprendido… Que nunca debes decir “No” al regalo de un niño.

He aprendido…Que siempre puedo orar por una persona cuando no tengo la fuerza para ayudarla de cualquier otra forma.

He aprendido… Que no importa que tan serio te pide la vida que seas, todos necesitamos un amigo con el cual payasear.

He aprendido… Que algunas veces todo lo que una persona necesita es una mano de la cual sostenerse y un corazón para entender.

He aprendido… Que la vida es como un rollo de papel de baño. Entre más se acerca al final, más rápido se va.

He aprendido… Que el dinero no compra la clase.

He aprendido… Que la inteligencia con experiencia es un poder.

He aprendido… Que son esas pequeñas y diarias cosas que pasan las que hacen la vida espectacular.

He aprendido… Que bajo todo caparazón o coraza dura se encuentra alguien que quiere ser apreciado y amado.

He aprendido… Que ignorar los hechos no cambia lo hechos.

He aprendido… Que cuando planeas vengarte de alguien, solo estás permitiendo que esa persona continúe lastimándote.

He aprendido… Que es el amor, y no el tiempo, el que cura las heridas.

He aprendido… Que la única manera para mí de crecer como persona es rodeándome de personas más listas que yo,

                           más inteligentes y cultas que yo.

He aprendido… Que cada persona que conoces merece ser saludada con una sonrisa.

He aprendido… Que nadie es perfecto hasta que te enamoras de esa persona.

He aprendido… Que el amor es más grandioso en la madurez, pero siempre grandioso.

He aprendido… Que la vida es dura, pero yo soy más duro.

He aprendido… Que los grandes hombres y mujeres  son los más simples y conocedores y

                          tienen cualidades especiales para luchar por otros sin pedir nada a cambio.

He aprendido… Que las oportunidades nunca se pierden, alguien más tomará aquellas que dejaste ir.

He aprendido… Que cuando albergas amargura,  la felicidad atracará en otro lugar.

He aprendido… Que deseo haberle dicho a Mamá que la amaba una vez más antes de que falleciera.

He aprendido… Que uno debe mantener sus palabras suaves y tiernas, porque mañana quizás tendrá que comérselas.

He aprendido… Que una sonrisa es una manera gratuita de mejorar  tu apariencia.

He aprendido… Que cuando tu nieto recién nacido sostiene tu dedo pequeño con su pequeño puño, estás enganchado de por vida.

He aprendido… Que todos quieren vivir en la cima de la montaña, pero toda la felicidad y crecimiento ocurre mientras la estás escalando.

He aprendido… Entre menos tiempo tengo para trabajar, más cosas hago.

He aprendido… Que mi amiga Rose y mi amigo Paul son tan importantes para mí como yo para ellos.

He aprendido… Que mis padres eran más inteligentes que yo y tenían la razón.

He aprendido… Que mi esposa es lo que más quiero.

He aprendido…  y sigo aprendiendo…

“Cuando seas madre, vas a entender” – Tu tiempo es hoy 

Por Carina Durn

“Con la maternidad, la vida cobra verdadero sentido”; “El día que seas madre, vas a ver las cosas desde una perspectiva más realista”; “Todo queda chico al lado de ser mamá; no hay experiencia más maravillosa en la vida”; “Cuando seas madre, vas a entender”; “Con los hijos, descubrís qué es lo que verdaderamente importa”; “¿Por qué no fuiste madre?”; “Ah, ¿no tenés hijos? Sos como mi hija, que tampoco quiso.”

A lo largo de mi vida joven y adulta, escuché estas frases una y mil veces, en todas sus variantes. En el pasado, iban por el lado de los “ya vas a entender cuando te toque”. Y, de a poco, acompañadas de miradas extrañas o apenadas, las frases viraron hacia los “pero, ¿por qué no tenés?”

Muchos ya conocen la respuesta: sí, siempre quise tener hijos, pero soy una idealista incansable. Nunca los quise por el solo hecho de ser mamá a toda costa, sin que importen las consecuencias; mi anhelo, desde siempre, fue que un hijo mío llegue al mundo con una madre y un padre presentes; que su existencia, en un universo complejo de por sí, sea el resultado del amor. Y en el pasado, no tuve esa suerte con el amor. Simple. Esto fue lo que, hace un tiempo ya, me llevó a tomar la decisión de congelar óvulos; lo hice para ganarle al reloj y dejar la posibilidad abierta en el caso de que volviera a formar pareja.

 
Foto: Adcn.com

Pero las razones pueden ser tantas… Una gran amiga de la vida estuvo 15 años luchando con su pareja para ser padres. Después de miles de tratamientos y charlas sobre el no deseo de él de adoptar, un día ese hombre se fue de la casa dejando una simple nota y una incomprensión absoluta atrás.

Otra muy buena amiga, conoció al amor de su vida a los 35. Juntos, disfrutaron de conocerse y amarse. El día en el que quisieron tener hijos, descubrieron que no podían y se les vino el mundo abajo: “No entiendo nada, estoy muy mal”, recuerdo que me dijo apenas audible y entre lágrimas. Después de algunos tratamientos fallidos y con más de 40, ya estaban cansados; tuvieron charlas profundas, días buenos y días malos, hasta que finalmente decidieron que iban a compartir la vida de a dos, alentarse a trabajar por todos sus otros sueños y salir juntos a recorrer el mundo de la mano, hasta llegar a viejitos.

Y también tengo amigas que sencillamente no tienen ganas y está perfecto. Sí, las razones y los bemoles pueden ser miles y pertenecen al mundo biológico, al mundo emocional; y pertenecen al mundo privado. Las preguntas, prejuicios y suposiciones superficiales, pueden herir mucho y son un verdadero fastidio. Ni más ni menos.

 
Foto: LatinStock 

Sin embargo, más allá de los motivos por los cuales una mujer no esté cumpliendo con ese supuesto mandato social de ser madre, ante las preguntas de terceros, mis re preguntas internas muchas veces fueron otras:

Entonces, ¿si no soy madre nunca voy entender el sentido de la vida? ¿Sin la experiencia de haber tenido un hijo, mi visión de las cosas nunca será del todo certera? ¿Si no soy mamá, entonces me pierdo de lo único verdaderamente maravilloso de la vida? Si recién siendo madre voy a entender qué es lo que realmente importa, ¿qué pasa si no llegan los hijos? ¿Vivo a medias? ¿Estaré condenada a ser una persona que en el fondo nunca entiende lo que es verdaderamente trascendental?

Pareciera que estamos en un mundo más abierto, menos prejuicioso y más cuidadoso a la hora de emitir opiniones acerca de la maternidad y, sin embargo, en los últimos meses me han dicho también cosas como: “No tengo tiempo. Es que ahora que soy madre, me doy cuenta de lo que en serio es no tener tiempo” o “Con la maternidad me di cuenta de lo que es estar cansada de verdad.” Y claro, ahora, a esa persona, me da un poco de vergüenza decirle que estoy agotada. Es como si hubiera perdido mi derecho.

Pero si me pasa, si estoy cansada, decidí que lo voy a manifestar igual, no me voy a callar. Porque aun sin hijos, soy humana; porque estoy en una cruzada intensa por alcanzar mis sueños y, en mi proceso, en mi realidad que no es menos real que la de cualquier otro ser humano, a veces no doy más.

Para lo que sigue, les comparto esta canción, fundamental en la banda de sonido de mi vida y la que le canté varias veces a mis sobrinos para que se duerman:

Estas son sólo algunas reflexiones que escribo este domingo, en el día de la madre, acerca de una realidad que a muchas mujeres nos sensibiliza. Tratemos de practicar la empatía entre nosotras, seamos más cuidadosas, dejemos de lado los prejuicios y trabajemos por protegernos más las unas a las otras. Atrás de cada mujer, hay una historia de vida única y sólo unos pocos tienen acceso a ella. Tratemos de ser más comprensivas y reflexivas a la hora de hablar. Son nuestras cualidades maternales por excelencia, las que tenemos por instinto, más allá de si somos madres o no. No las abandonemos, no nos desdibujemos.

Y en este maravilloso domingo, también pienso en mi mamá, que hoy está a miles de kilómetros de distancia. Se fue a acompañar a mi hermana, Tani, que acaba de ser madre de su segunda niña hermosa. Y pienso en mi otra hermana, Sofi, mami de mi sobrina de casi dos años y que está a la espera de otra nena que llegará pronto a este mundo. Pienso en mis mejores amigas, Sabri y Ana, ambas también mamás de dos hermosas niñas cada una. ¡Tantas mujeres! ¡Qué felicidad!

Porque, más allá de los comentarios prejuiciosos que recibí a lo largo de mi vida, yo me quedo con lo maravilloso de las mujeres. Me quedo por ejemplo con mi mamá, mis hermanas, mis amigas – todas ella madres- que jamás le insinuarían a nadie que su vida es menos real por no tener hijos. Y pienso en lo afortunada que soy por todos esos abrazos, por las piruetas locas y la risa infinita que me regala mi sobrina cuando me ve atravesar la puerta. Las confesiones que me hace Cata, la hija de mi amiga Sabri, al oído, tan cómplice. El olor del cuerpecito de mi sobrina de Nueva Zelanda, que a pesar del tiempo transcurrido sin vernos, cuando estuve allí me reconocía, me quería. Incondicional.

Y pienso en las hijitas de mi amor, Diego, que cuando no estoy, preguntan por mí; que cuando llego, me están esperando exaltadas y mimosas, para bailar, para cocinar, para jugar a que nos vamos a un mundo que inventamos que se llama “Lunacia”, y para narrar y escuchar cuentos improvisados de las buenas noches.

 
Con mi sobrina, el día que llegué a Nueva Zelanda.  Foto: Tania Durnhofer

Más allá del pasado, más allá de lo que me depare el futuro, mi presente es este y está colmado de sentimientos maravillosos y sensaciones que le dan sentido a toda una vida, pase lo que pase. Mi tiempo es hoy, y con sus momentos de penas, de esfuerzos, de alegrías, de rabias, de impotencias, de abrazos inolvidables y de búsquedas incansables, lo siento muy real. Siento que vale la pena.

Ustedes, ¿tuvieron que enfrentarse a preguntas incómodas y prejuicios por el tema de los hijos? Si son madres, ¿siente algún prejuicio a la inversa? Porque puede pasar y también está bueno compartirlo. A todas, espero que hayan tenido un feliz día. A las que son mamás, a las que luchan por serlo, a las que acompañaron a las suyas con todo el amor del mundo y a las que recordaron con orgullo a aquellas que ya dejaron este mundo.

Beso,

Cari

Origen: “Cuando seas madre, vas a entender” – Tu tiempo es hoy – Revista Ohlalá!

Cómo disculparse con un hermano 

Débora De Sá Tavares

Las relaciones fraternales son indudablemente las más prolongadas a nivel familiar, pues aún después del fallecimiento de los padres, los hermanos continúan siendo hermanos, y la contemporaneidad generalmente les permite compartir gran parte de la vida juntos. Pero en ocasiones la convivencia o las diferencias de pensamiento crean conflictos que llevan a un pelea o a un desentendimiento, todos lo hemos vivido alguna vez, y un buen paso para iniciar la reconciliación es manifestar tu arrepentimiento a través de una disculpa. Si tras esa discusión has pensado varias veces en dar ese paso, te damos algunas claves para que sepas cómo disculparte con un hermano

Evita frases como estas

Frases condicionales como “si te ofendí me disculpo”, están de más, es claro que si tu has sentido la necesidad pedir perdón es porque sabes que alguien salió herido, dalo por hecho y no como un condicional. Otra cosa que debes evitar es decir “me arrepiento pero no soy el único culpable”, tu estas ahí para ofrecer tus disculpas no para culpar a tu hermano, cada quien debe asumir individualmente sus errores, además aléjate de frases como “tu siempre has sido así”, recurrir a rencores del pasado no ayudará a solucionar el problema, todo lo contrario

Pedir disculpas no caer de nuevo en polémicas

A veces la ocasión para decir lo siento se convierte en un campo de batalla, esto sucede porque la actitud no es conciliadora sino de reproche, es importante recordar que queremos solucionar el problema no agravarlo, por eso cuida y elige bien tus palabras

Tras una discusión reflexiona

¿Siempre que discutes con alguien piensas que tienes toda la razón?, ¿te cuesta admitir que en una discusión hay dos culpables?, si respondes afirmativamente es porque quizá no sueles reflexionar profundamente tras una pelea. Es importante hacerlo y ponerse también en la posición de tu hermano, intentar entender sus argumentos aunque estemos en desacuerdo con ellos, esto nos ayudará a calmarnos y comprender que a pesar de las diferencias puede existir un punto intermedio de encuentro basado en el respeto y el cariño mutuo

Ofrece una disculpa sincera

No importa el motivo por el que deseas decir lo siento, si fue tras una pelea, por una acción que cometiste o por una posición que asumiste, en cualquiera de los casos es importante aceptar que en algún punto cometiste un error y sentir, sinceramente, que estas arrepentido por ello. De lo contrario la disculpa sólo será una palabra vacía y lo parezca o no la diferencia se nota

Crea la ocasión propicia para disculparte

Encuentra un buen momento en el que estén a solas para disculparte, si no coinciden con tanta frecuencia invítalo a tomar un café, a un lugar agradable, o si la distancia no lo hace posible, llámalo por teléfono. Evita los medios impersonales como los emails, pues buscas manifestar un sentimiento y a veces las palabras escritas no determinan nuestro tono por lo que resultan inadecuadas para la ocasión

Tiempo al tiempo

A veces tu hermano solo quería esa disculpa para abrazarte y continuar como siempre, pero en otras ocasiones las heridas son más profundas y hay que esperar a que se cierren. Disculparse es un acto de nobleza pero no implica que el otro deba perdonarte necesariamente, ni que lo haga cuando y como tu deseas, dale tiempo para que pueda reflexionar también acerca de sus propios sentimientos

Si las discusiones son frecuentes es hora analizar

La rivalidad es común entre hermanos, sobretodo en la infancia y la adolescencia, en muchos casos esta desaparece con la madurez pero en otras ocasiones se mantiene callada y oculta durante toda la vida y cualquier pequeño problema la detona. Si crees que este es el caso de ustedes ha llegado la hora de analizar a fondo el problema y lo más importante de solucionarlo, vivir una vida llena de rencores no es ni saludable ni recomendable

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Consejos
  • Tómate tu tiempo para pensar en lo que sucedió y para aclarar tus sentimientos
  • Practica tu disculpa, piensa en las palabras que quieres usar y recurre a la sinceridad de tus emociones sin herir al otro
  • Al ser tu hermano lo conoces de siempre, sabes mucho de él, por eso no uses esto como una arma ya que puedes aumentar la molestia, se prudente
  • Elige un momento adecuado, no lo hagas impulsivamente en el medio de una reunión o en un espacio donde ambos no se puedan sentar tranquilamente a conversar, la disculpa puede tomar su tiempo y debe hacerse con serenidad
  • No uses intermediarios, si tienes que decirle algo a tu hermano nadie mejor que tu para hacerlo

Origen: Cómo disculparse con un hermano – unComo

Las personas auténticas hablan sin miedo 

Las personas auténticas hablan sin miedo

Las personas auténticas hablan sin miedo. Dicen lo que piensan y actúan en consecuencia. Pero para ello necesitan saber cómo, cuando, a quien y por qué contar las cosas a su manera. Deben de dominar los espacios y el tono de voz. En definitiva, deben de tener eso que denominamos Habilidades Sociales.

Las Habilidades Sociales son mucho más que la expresión de opiniones. Las Habilidades Sociales se utilizan para interactuar y relacionarnos con los demás de manera efectiva y satisfactoria. Son nuestra forma de mostrarnos al mundo, son nuestro carnet de identidad social. Muestran nuestra esencia como seres humanos.

Además, la falta de competencia social puede ser un déficit central o estar en la base de muchos trastornos psicológicos. Por ello, no solo son importantes si queremos ser unas personas auténticas, también lo son para nuestro bienestar psicológico y para la relación con nuestro entorno.

 El momento y el lugar dicen más de la persona que lo que quiere contar.

Las personas auténticas saben escuchar

Las personas auténticas piensan antes de hablar y escuchan a su interlocutor con atención. Son empáticos con el otro cuando están en una conversación. Entienden que dos personas no tienen por qué compartir opinión, pero todos tenemos derecho de ser escuchados con el mismo respeto.

Nuestro peor problema en la comunicación es que no escuchamos para entender, sino que escuchamos para contestar. Aunque muchas veces ni siquiera damos el paso de escuchar a los demás.

Saber escuchar es un arte y una habilidad que se puede aprender. Saber escuchar implica, desde atender y contestar a lo que la otra persona te está diciendo, a respetar el turno de palabra y mantener una postura corporal adecuada. Algunas de las claves para ser un buen interlocutor son las siguientes:

  • Mantén un lenguaje corporal abierto: contacta visualmente con el emisor y relaja la expresión facial. Asiente de vez en cuando para que note que mantienes la atención. No cruces los brazos ni las piernas porque esas pequeñas barreras físicas pueden desmotivar a otras personas a acercarse a ti.
  • No interrumpas la conversación: puede serte tentador terminar la oración de la otra persona para demostrar que entiendes el mensaje o para explicarle por qué piensas que no tiene razón, pero esto puede parecer grosero de tu parte. Por educación, debemos mordernos la lengua hasta que la otra persona haya acabado de hablar.
  • Potencia el diálogo: la palabra más poderosa en una conversación es: “cuéntame”. Las personas se sienten bien cuando les haces preguntas pertinentes y escuchas activamente sus respuestas. Eso demostrará al emisor que estamos entendiendo sus palabras y empatizará con nosotros.
  • Cede la palabra: un diálogo no es un monólogo. Haz que el otro se involucre en la conversación mediante preguntas o propón temas de interés para debatir, pero nunca monopolices la conversación.

Las personas auténticas no siempre complacen a los demás

Las personas auténticas no siempre complacen a las demás porque saben decir sí o no cuando es necesario. Saben mostrar acuerdo y desacuerdo en todas las situaciones y no se sienten culpables por ello. Dominan una parte de las Habilidades Sociales llamada ASERTIVIDAD.

La asertividad es una forma de comunicación que consiste en defender tus derechos, expresar tus opiniones y realizar sugerencias de forma honesta, sin caer en la agresividad o la pasividad; respetando a los demás, pero sobre todo respetando tus propias necesidades.

Es una habilidad muy importante, porque expresar tus verdaderos sentimientos y defender tus derechos puede ser maravillosamente reconfortante. Cuando dices lo que quieres, independientemente de si lo consigues o no, logras vivir de forma más auténtica y feliz.

El primer paso para ser más asertivo es reconocer lo que sientes y quieres comunicar. Si eres sincero y entiendes que el otro no puede leerte la mente, nada de lo que digas será incorrecto. Eso sí, respeta siempre los turnos de palabra y recuerda que vas a defender “tu verdad” no “la verdad absoluta”: piensa que siempre partes desde tu punto de vista que tiene el mismo valor que el del otro interlocutor.

En cuanto al tono de voz, mantenerlo en un tono adecuado lejos de los gritos ayuda a reafirmar la opinión. Ten en cuenta que no por más gritar vas a tener más razón; es más, los gritos suelen restar valor al mensaje. Lo mismo ocurre con el manejo de las distancias, si te acercas demasiado puedes parecer agresivo y dificultar la comunicación, respeta el espacio interpersonal.

Personas hablando

Las Habilidades Sociales se APRENDEN

Si quieres ser una persona auténtica y no dominas ninguna de las capacidades aquí expuestas, no te preocupes: las Habilidades Sociales se aprenden. No son unas habilidades innatas, se adquieren a través de la observación y la experiencia. Este desarrollo se produce fundamentalmente en la infancia, los primeros años de vida son fundamentales para el aprendizaje de estas habilidades.

Pero esto no quiere decir que una vez adultos no podamos aprenderlas. Existen numerosos programas dentro de la psicología que sirven para enseñar Habilidades Sociales. La mayoría combina experiencias sociales directas, imitación y refuerzos para su aprendizaje.

Así que, si quieres ser una persona auténtica pero no posees o no dominas las Habilidades Sociales, acude al psicólogo y sigue los pasos que te muestro en este artículo. Y podrás, al fin, ser una persona auténtica y hablar sin miedo.

Origen: Las personas auténticas hablan sin miedo – La Mente es Maravillosa

Navidad:Frente a las ausencias (no dejes de leer)

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No te centres en los que se han ido o faltan, es injusto para los que sí ocupan su silla. Rememorar juntos anécdotas que harán que esa persona siga estando ahí y no caiga en el olvido. Reconocer la fortuna de haber compartido esas experiencias con esa persona aliviará nuestra melancolía. No te propongas objetivos irreales si no te sientes preparado. Prepara unas fiestas, diferentes adelantando o atrasando las celebraciones para que “esa persona que trabaja” pueda estar ahí.

Nunca es tarde para hacer de la Navidad una oportunidad para pasarlo bien, así que prueba e intenta cambiar ese sentimiento de desazón. Por mucho que las odies, nadie las va a borrar ni te van a devolver ese tiempo.

 Fuente:La mente maravillosa