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¿Por qué hay escasez de papel higiénico en todo el mundo?

Hay algunas explicaciones para el funcionamiento del papel higiénico, pero una lección económica básica explica la escasez.

Amanda Snell

Los consumidores han visto escasez, paquetes de rescates, fluctuaciones de precios, y epidemias antes, pero una cosa parece separar la emergencia del coronavirus:

El papel higiénico.

Los estantes donde el producto una vez fue almacenado están vacíos , y no sólo en los EE.UU. El Reino Unido ha experimentado una escasez similar, lo que ha llevado a los consumidores a comprar sustitutos de papel higiénico (para riesgo del sistema de alcantarillado), y un periódico australiano llegó a imprimir ocho páginas en blanco en un número reciente para ser utilizadas en caso de emergencia , como habrán adivinado, como papel higiénico.

El deseo de acaparar durante una pandemia puede ser totalmente natural, pero el acaparamiento de algunos significa escasez para otros.

¿Cuál es una buena solución para este problema? Muchos abastos han instigado sus propios dispositivos de racionamiento (límites de X cantidad de papel higiénico, desinfectantes de manos, etc., por cliente), y otras instituyen horas de compra reservadas para los ancianos o personas con sistemas inmunes comprometidos.

Estas son ideas creativas y compasivas, y pueden resolver parte del problema del acaparamiento, pero el mercado tiene otras vías.

¿El problema? Es increíblemente impopular, y, por supuesto, incluso ilegal en muchos lugares.

La “especulación de precios” tiene una connotación particularmente negativa. Se refiere a un fenómeno en el que a los clientes en un momento especialmente vulnerable se les cobran precios inusualmente altos por parte de empresarios “codiciosos” que se aprovechan de su necesidad.

Pero piense en los incentivos que tienen los propietarios de negocios: ¿conoce a alg<�n empresario, dueño de negocio o empleado honesto que quiera molestar intencionalmente a sus clientes? El incentivo de los dueños de negocios es siempre proporcionar un gran servicio a precios razonables. Actuar de otra manera es eventualmente quedarse sin negocio.

Estos incentivos no cambian repentinamente durante una crisis – los propietarios de negocios siguen siendo juzgados por el tribunal de la opinión pública, y aquellos que tratan a los clientes de manera injusta no pasarán desapercibidos, al menos no por mucho tiempo.

Entonces, ¿por qué suben los precios en tiempos de necesidad? La respuesta se encuentra en los principios económicos básicos de la oferta y la demanda.

Cuando la demanda aumenta, es una señal de que los clientes quieren consumir más de un determinado producto.

El siguiente gráfico muestra estos cambios. La línea de demanda se desplaza hacia arriba de D1 a D2, aumentando los precios, pero sólo temporalmente. Los precios son un dispositivo de racionamiento y una señal de escasez, por lo que el precio más alto anima naturalmente a los clientes a conformarse con menos mientras que simultáneamente indica a los productores que amplíen la producción.

Aunque los compradores tienen que pagar más por cada producto, reduce el riesgo de escasez al facilitar a los proveedores la satisfacción de la mayor demanda de sus mercancías.


Lo que tal vez sea más relevante para nuestra situación actual es que se desalienta indirectamente a los acaparadores a acaparar. Un precio más alto hace que los consumidores se lo piensen dos veces antes de comprar un carro lleno de papel higiénico, dejando más producto en las estanterías y limitando o retrasando, quizás indefinidamente, cualquier escasez.

Pero eso no es todo, recuerde que el precio más alto es sólo temporal, ya que los precios más altos estimularán la producción.

Los vendedores ven que el producto sale volando de los estantes y notan que necesitan aumentar la producción para satisfacer la creciente demanda. Los empresarios potenciales también reconocen que puede haber espacio para negocios adicionales en este mercado en particular, por lo que inician la producción.

Una vez que la oferta es capaz de ponerse al día, la línea de suministro pasa de S1 a S2, y los precios se normalizan una vez más.

Seguro que estos son sólo gráficos, y es difícil transmitir adecuadamente los matices del comportamiento humano y la complejidad de la economía en un solo gráfico.

Sin embargo, ya hemos visto estas fuerzas en funcionamiento en las últimas semanas. Las destilerías han tomado nota de la escasez de desinfectantes para manos y están ayudando a satisfacer la creciente demanda produciendo los suyos propios, algunos incluso regalando su producto. La semana pasada Georgia-Pacific, un proveedor de papel higiénico, aumentó su capacidad de producción en un 120%.

La ampliación de la producción de las empresas existentes y la entrada de nuevos negocios en los mercados hará que los precios bajen a los niveles anteriores a la crisis.

El hecho de referirse al aumento de los precios como “especulación de precios” no cambiará el hecho económico: en una economía libre, los precios son una señal vital tanto para los productores como para los consumidores. Es increíble que este número solo pueda hacer tanto.

Este es el milagro inherente al libre mercado: ninguna autoridad solitaria y omnisciente está dictando la dirección de los precios o de la producción en un mercado único (y mucho menos en toda una economía). Ocurre naturalmente, como si fuera dirigido por una mano invisible.

Entonces, ¿por qué hubo una repentina carrera para comprar papel higiénico? Quién sabe.

Tal vez en previsión de largos períodos de cuarentena, los compradores buscan cualquier artículo doméstico necesario para almacenar. Un psicólogo del consumidor explicó que podría ser simplemente una terapia de venta al por menor; consumidores estresados que se apresuran a sentirse seguros durante una pandemia. Otros simplemente culpan a la mentalidad de rebaño, la idea de que si todos los demás están acaparando papel higiénico, tú también podrías estarlo.

¿La última lección? Dejar que los precios suban y que los mercados hagan su trabajo. Mientras exista la libertad económica, el ingenio y la innovación nunca escasearán, y tampoco lo hará el papel higiénico.

Origen: fee.org.es

Entre cuarentenasy contradicciones

En el mundo se toman medidas extremas ante la propagación del coronavirus. España e Italia cerraron el país ante el avance de la enfermedad. Entre nosotros, como no podía ser de otra manera, no terminamos de decidirnos qué es lo que conviene hacer. Y entonces vamos de un lado al otro cometiendo algunas contradicciones realmente llamativas. Cerramos cines y teatros pero tardamos mucho en pensar si cerramos las escuelas. ¿Será porque dicen que los niños se contagian menos? Decimos que estamos preparados para la emergencia, pero la realidad es otra, si el número de pacientes creciera exponencialmente no debemos olvidarnos que en nuestros hospitales cuanto mucho puede haber en los mejor dotados hasta seis respiradores artificiales y ni hablar de las camas de terapia intensiva.

Eso si tomamos como referencia la Ciudad porque si cruzamos la General Paz, el cuadro es mucho más dramático, en la mayoría de los nosocomios dependientes del Estado, si caen tres personas mayores con neumonía por el coronavirus, una casi está condenada a morirse porque no hay equipos para asistirla. Es así y no nos mintamos más. De nada vale el valor de nuestros médicos y enfermeras cuando carecen de elementos fundamentales para hacer frente a semejante aluvión de pacientes.

Este fin de semana los shoppings estuvieron repletos de gente y nadie advirtió que las colas en los patios de comida mantienen a las personas con una distancia menor al metro. No se entiende bien cómo se determina qué sí y qué no. El fútbol es otro de los ejemplos bochornosos. Los jugadores no querían que se iniciara el nuevo torneo llamado La Súper Liga. El secretario general del gremio de los futbolistas, acostumbrado a traicionar a sus afiliados, no quiso opinar. El club River Plate decidió no presentar el equipo para no correr riesgos ya que tenía un jugador de su plantel con los síntomas de la enfermedad y recibió el apoyo del resto de los todos los jugadores. Pero como “el negocio debe continuar”, Marcelo Tinelli, presidente del nuevo formato y su segundo Hugo Moyano, aprovecharon la decisión del presidente de River para denostarlo y hablar de fuertes sanciones. Siguen pasándose factura sin tener en cuenta la salud de los jugadores. No quieren perder derechos televisivos y esas cosas. Este juego de miserias lo denunció el propio Alberto Fernández.

Los controles siguen siendo laxos y aunque hablan de duras penas a quienes no cumplan la cuarentena, no dicen cómo harán para poder controlar a tanta gente ni quién estará a cargo de esto. Gestos y discursos y después un vacío imposible de llenar. Hablamos de Ezeiza y pareciera que es la única puerta de acceso al país, pero nada sabemos sobre lo que se está haciendo y desde cuándo en las fronteras donde cada día ingresan miles y miles de ciudadanos extranjeros que nadie revisa ni controla . Lo mismo ocurre con los puertos, donde llegan barcos de carga y cruceros de todas partes del mundo. El coronavirus asusta, pero a los argentinos los asusta un poco menos, compramos alcohol en gel y hasta inútiles barbijos pero viajamos hacinados en vagones de trenes y subtes o en colmados colectivos y nadie advierte que allí un solo pasajero infectado ocasionaría indefectiblemente una catástrofe sanitaria.

Queremos que cierren los lugares de trabajo donde haya mucho personal pero el domingo convocamos atoda la familia y los amigos para festejar el cumpleaños de la abuela. Y nadie puede poner las manos en el fuego sobre si en una familia no hay alguien que ya tenga el virus en su etapa de incubación. Más contradicciones.

El Presidente pidió solidaridad pensando que estaba en otra Argentina. No somos solidarios, terminemos de etiquetarnos así cuando nos conviene. Somos un pueblo de egoístas donde cada uno piensa en cada uno y no queremos darnos cuenta que somos los demás de los demás. Le pongo un ejemplo querido lector: si usted llega a la farmacia para comprar alcohol en gel primero deberá pagar un precio exorbitante por el producto porque el farmacéutico no piensa en la salud de sus clientes sino en su propio bolsillo y entonces “roba”. Sigo: si en el mostrador quedan los últimos dos envases del ansiado desinfectante usted querrá llevarse los dos, sin tener en cuenta que la persona que está detrás suyo necesitaba el producto igual que usted. Compartir solo si me sobra, ese es el lema.

Hay mucha confusión mundial sobre el tema del coronavirus y es verdad que a veces las medidas parecen exageradas ante una mínima cantidad de víctimas, pero nadie sabe cuándo y dónde termina esta pandemia. ¿Qué pasará cuando llegue a barrios marginales donde el hacinamiento es inevitable? Claramente no estamos preparados para esto, no tenemos la infraestructura necesaria para enfrentar esta situación. Si queremos colaborar a serenar los ánimos y evitar el pánico generalizado, seamos obedientes por una vez de las disposiciones oficiales, respetemos los consejos que nos dan los expertos y pensemos que estamos solo en el comienzo de lo que puede de verdad ser una tragedia. Nadie lo sabe por lo que especular, es una estupidez.

V. CORDERO

Origen: LaPrensa

Una propuesta superadora para proabortistas y antiabortistas

Señor director:

Pienso que se podría llegar a estar de acuerdo con el aborto, pero no como está propuesto en la actualidad, que es hasta la 14 semana de gestación; mi propuesta es que el aborto sea a partir de la semana 1.076 (36 semanas de gestación + 1.040 de vida extrauterina), o sea más o menos a los veinte años de edad.

Por qué tanto tiempo, es simple, porque hay que darle oportunidad al chico/ca a desarrollarse, ya que uno nunca sabe si esa nueva vida en el futuro va a ser un gran científico/a, un nuevo Beethoven/a, un premio/a Nobel/a, un santo/a, etc.; o sea hay que darle la oportunidad a ese nuevo ser humano/a a mostrar las cualidades intrínsecas que trae consigo y que ningún otro ser/a las va a tener. Calculen ustedes que un Beethoven, un Salk, un Pasteur, un don Bosco, un Wojtyla, una Teresa de Calcuta, un Gardel, un Messi, una Legrand, etc., aparecen rara vez en siglos entre cientos de millones, tal como los espermatozoides, que se necesitan millones para engendrar un óvulo.

Pero bien, no nos vayamos por las ramas, en caso contrario, si resulta que a a partir de la semana 1076 (unos 20 años de edad) el nuevo ser es un flor/a de hdp, es un vago/a de m…, que no quiere estudiar ni trabajar y solo pretende ser mantenido/a por los viejos, es un drogadicto/a, chorro/a, apunta para política/o progre y otras linduras por el estilo, pues entonces sí, ahí no hay más remedio que abortar al engendro; porque la oportunidad la tuvo; y de este modo la humanidad, con este aborto post semana 1.076, se sacaría un auténtico lastre y se aseguraría  de no haber perdido a un posible salvador de la humanidad, tal como está planteado con esta herodiana ley que busca matar al nonato.

Por otra parte, este tipo de aborto (post semana 1.076), conllevaría otro beneficio para las empresas como Planned Parenthood (que viene a ser la heredera de la vieja organización mundial de los años 70, Planificación Familiar, que entre otras cosas recomendaba ligar las trompas a las mujeres de condición humilde, luego que daban a luz, sin que ellas tuvieran conocimiento del hecho); y digo que les puede resultar un excelente negocio, mejor que el actual que dicen que tienen, como es el de traficar con órganos de fetos, ya que así podrían traficar con órganos de personas mayores y en mejores condiciones que los que sacan del útero; tal como lo hacen con cualquier animal, vaca, cerdo, pollo; porque para estos parece que de eso se trata, de reducir al ser humano a una “cosa”, totalmente descartable.

Bien, hasta aquí llego, piénsenlo, semana 1.076, aunque en algunos casos podrían hacer lugar a una que otra excepción, con unas semanitas antes, cuando uno/a es un hdp muy evidente. Y aclaro, solo digo los hdp, no meto a los bol…, porque si entran estos no quedaría casi nadie.

Atentamente

Rafael Luis Franco
frarafael@gmail.com

 

Origen: LaPrensa

La decencia

“Serenata para la tierra de uno” es la canción de María Elena Walsh que los progresistas globalizadores no quieren que recordemos. El amor a la patria está tan sencilla y tan hondamente expresado, con una acomodación tan perfecta entre letra y música, que es imposible no conmoverse al escucharla. Uno acude a ella a cada vuelta del destino de esta desventurada Argentina, como quien necesita de la oración para reafirmar la fe. Walsh la compuso a fines de la década de 1960, cuando todavía era palpable en nuestra tierra y en nuestra gente esa “decencia de vidala” de la que habla la canción en una estrofa.

La Serenata me emociona siempre, pero esa línea en particular se clava en el centro de mis emociones, como una espina.

“Tenés que poner alguien que los escuche, los atienda y después nosotros hacemos lo que queremos”, aconsejó un gobernador provincial a una ministra de la Nación sobre cómo tratar a los críticos de su gestión. La ministra respondió con risas. “Hoy anunciamos no solo un aumento de los haberes sino también la gratuidad de los medicamentos para todas y todos los jubilados”, declaró el presidente de la Nación –¡el presidente de la Nación!– al dar la noticia de una rebaja de haberes para más de la mitad de los jubilados y de una decisión confusa sobre el tema de los medicamentos sobre la que una semana después todavía no había detalles. Un fiscal federal que investiga contratos estatales detalló la “ingeniería financiera diseñada para la triangulación espuria de cuantiosas sumas de dinero, con la participación de sociedades nacionales y extranjeras, tanto en miras a posibilitar retornos para la canalización de sobornos como para consolidar provechos económicos resultantes”. Uno de los jóvenes acusados de asesinar a otro a patadas se lo contó así a un amigo: “Matamos a uno, ¿cuándo traés las flores [marihuana] para fumar?”

Todo esto se oyó, vio y leyó tan solo en la primera mitad de febrero. Me pregunto: ¿Qué fue de nuestra “decencia de vidala”? La espina se revuelve en la herida de las emociones.

GUERRA CULTURAL

Hablar de la decencia parece hoy algo fuera de contexto, un anacronismo, una rémora del pasado como el balero en tiempos del videojuego, pero en el marco de la guerra cultural en la que estamos embarcados el cronista no tiene más remedio que convertirse en anacronista, hablar de lo que ya no se habla, traer a la luz valores, creencias, historias que el vendaval posmoderno querría ver esfumados en las brumas del pasado pero que alientan en la memoria y en la conciencia de la gente. Tendemos a creer que la decencia se ha perdido, pero no es así. La gran mayoría de los argentinos sabemos qué es lo que está bien y qué es lo que está mal: el límite entre una cosa y otra lo marca justamente nuestra noción de la decencia, ese código de conducta no escrito que se ubica en algún punto intermedio entre la urbanidad y el respeto de la ley, entre la buena costumbre y el código. Lo que sí se ha perdido, lo que se ha debilitado hasta la insignificancia, es la sanción social de la indecencia.

La ley prohíbe robar y sanciona el robo. Pero nadie deja de llevarse a casa una lapicera de la oficina simplemente porque la ley lo prohíbe, o por temor al castigo. No lo hace, o resiste la tentación, porque sabe que eso no se hace, que eso está mal: es su sentido de la decencia, inculcado e incorporado a su persona desde la infancia, en la casa y en la escuela, en el barrio y en el club, en los libros y en los medios, el que le pone el freno. La decencia no es asunto de orden jurídico ni de orden religioso. La decencia es un conjunto informal de normas de comportamiento, una ética ciudadana si se quiere, aplicable a un sinnúmero de situaciones y elaborada espontáneamente por una sociedad en beneficio de todos y cada uno de sus miembros con el objetivo de facilitar la convivencia y promover cierta clase o nivel de bien común.

La decencia no supone una lista de prohibiciones o mandatos, sino de orientaciones o recomendaciones propuestas por la sociedad en su conjunto a cada individuo en particular. Así como veta ciertas conductas, también promueve otras. A través del respeto y la consideración hacia los demás cada uno persigue el respeto y la consideración por sí mismo y esa será toda su recompensa. Rara vez una persona decente va a recibir un reconocimiento expreso por obrar decentemente, porque eso es lo que se espera de ella. Pero el indecente en descubierto sentirá caer de inmediato sobre su persona el castigo inapelable previsto por el código no escrito de la decencia: la mirada reprobadora de sus semejantes, su propia vergüenza.

La sanción social de la indecencia, sin embargo, no es pareja en todas partes: en las sociedades más cohesionadas, mejor integradas, el rechazo que provoca el comportamiento indecente es más intenso. Nuestra sociedad, cuya problemática relación con el ordenamiento legal ya ha sido abundantemente estudiada, muestra una peligrosa tolerancia con la conducta indecente, incluso al punto de convertirla en virtud: la famosa “viveza criolla”, la “piolada”, el arte de manipular las cosas a favor de sí mismo y en perjuicio de los demás, en lo posible sin ser descubierto, no es otra cosa que la celebración social de la indecencia. Y aún así, con estos antecedentes de tan mal pronóstico, sentimos, especialmente en las grandes ciudades, que la decencia pública declina, se extingue, desaparece.

NO ESTAMOS SOLOS

En esto no estamos solos. Incluso en sociedades con muy baja tolerancia a la indecencia la percepción es similar. “Cuando era chico en los suburbios de Nueva Jersey en la década de 1970, mi padre me enseñó a tratar a los demás con respeto y consideración. No siempre lo hice bien, pero sus lecciones sobre ser un ser humano decente siempre me acompañaron”, recordaba el psiquiatra estadounidense Grant Brenner en un artículo de 2017. “Esa clase de fibra moral y de firmeza que mi padre encarnaba y defendía es ahora escasa. Ya no se la considera como algo bueno. Asistimos a una devaluación de la integridad y a una valorización del engaño en todos los órdenes: en el lugar de trabajo, en la política, en la amistad, en las relaciones románticas.”

Y en una nota del 2004, el ensayista inglés James Bartholomew también se remitía al pasado para hablar de la decencia: “El concepto de comportamiento decente atravesaba todas las clases sociales, aunque con distintas palabras. Los integrantes de la clase media hablaban de ser un caballero o una dama. Un trabajador aspiraba a ser considerado una persona respetable. Ser respetable no era cuestión de dinero, sino de carácter. La palabra carácter tenía en esa época un significado adicional, era como un documento escrito acerca de las cualidades de un hombre: su honestidad, su laboriosidad, su sobriedad y su puntualidad.”

La noción de decencia forma parte del sentido común de una sociedad, y como éste, evoluciona con el tiempo: cosas que una época pudo haber juzgado indecentes pasaron a ser aceptables en la época siguiente y viceversa, aunque en lo sustancial probablemente no haya muchos cambios. Pero ahora prevalece la sensación no ya de un cambio en las pautas de lo que es decente y lo que no lo es, sino de que la noción misma de la decencia tiende a desaparecer, remitida por la cultura dominante al desván de los trastos en desuso, junto con el patriotismo, el honor, la dignidad, el decoro, la sobriedad, el recato, la caballerosidad y otras virtudes personales y sociales. Este escenario no debería sorprendernos: tiene dos razones centrales que lo explican, razones concurrentes y con un mismo origen.

La cultura dominante, teñida por el progresismo socialdemócrata, coloca al Estado en el centro de la vida social. El Estado absorbe todas las responsabilidades sociales y absuelve a las personas de esas mismas responsabilidades. Nadie se hace cargo de nada porque el Estado se hace cargo de todo, o eso es lo que se supone. Las normas de convivencia ya no se gestan en la interacción social, sino que surgen del Estado y su cumplimiento es vigilado por el Estado. Ya no hay normas no escritas ni sanción social. Y sin sanción social, nadie siente vergüenza: ni el gobernador cínico, ni el mandatario mentiroso, ni los empresarios corruptos ni los jóvenes asesinos. “La decencia tradicional ha sido socavada, azotada y desplazada por el estado de bienestar”, escribe Bartholomew, autor de The welfare state we’re in (2014). “La decencia tradicional, conservadora, ha sido extirpada de la cultura por el omnipresente estado del bienestar, un estado que, aun sin proponérselo, ha alentado la mentira, el engaño y la disolución familiar, y desalentado el ahorro, la generosidad y el respeto por sí mismo.”

La cultura dominante –progresista, globalista, socialdemócrata– enseña además que las personas son sujetos de derechos pero no de obligaciones, y enseña también que todo es relativo, y que cada punto de vista engendra un contrario igualmente válido. Los ciudadanos guardan internalizada la noción de decencia que recibieron de sus padres y maestros, pero si todo es relativo todo está permitido. La noción de decencia sigue viva en el corazón de las personas, al menos de las personas nacidas en el siglo pasado, pero el relativismo paraliza la sanción social. Y sin sanción social, otra vez, nadie siente vergüenza: ni el gobernador cínico, ni el mandatario mentiroso, ni los empresarios corruptos ni los jóvenes asesinos.

Aunque el ambiente prevaleciente le sea adverso, nadie crea que la decencia, o la falta de ella, es poco más que un tema de conversación con el que los jubilados distraen sus ocios en las plazas. La decencia es un rasgo esencial del comportamiento personal en las sociedades occidentales. De su naturaleza y su función se han ocupado la antropología, la filosofía, la sociología clásica, infinidad de teóricos de los negocios y la economía, incluido Milton Friedman, y estudiosos modernos de las cuestiones sociales, especialmente la italiana Cristina Bicchieri (The grammar of society, 2006) y los suecos Tore Ellingsen y Erik Mohlin (Decency, 2019), autores de un elaborado modelo formal de la decencia basado en la teoría de juegos.

“Mi amor, yo quiero vivir en vos”, repite en cada estrofa aquella entrañable María Elena Walsh enamorada de su patria como una novia. El amor verdadero no rehuye la lucha por lo que se ama, más bien la busca: “odiar a los que te castigan”, reclama la escritora, desde la emoción. Pero es necesario ser más práctico. La cuestión de la decencia se inscribe en el marco de la lucha cultural en la que estamos inmersos, y proyecta dos vías de acción, simultáneas y complementarias: revindicar aquello que el sentido común nos dice que está bien, hacer sentir la sanción social respecto de lo que el sentido común nos dice que está mal. Las normas de comportamiento que la decencia implica están en el embrión de la nación, son la primera manifestación de la affectio societatis que la sostiene. Sin decencia no hay nación, sin regeneración de la decencia no hay regeneración posible de la nación.

Eutanasia: la delgada línea de la vida 

Por

Ana De Luis Otero

Hablamos de este controvertido tema porque, como no tenemos suficientes problemas, añadimos uno más a la cesta de la ansiedad colectiva; esa que se gestiona cuando la enfermedad llega, cuando no se puede elegir, cuando pasas de ser persona a ser dependiente.

Y como en toda cuestión que tiene que ver con la enfermedad crónica, los seres humanos pasamos a ser cosas, o cosos, porque en el sentido pesar, el devenir no es demasiado halagüeño. Luego llega la clase política, los que nos gobiernan, personas que realmente no saben qué es la patología crónica porque en su lozanía, en la insultante juventud que aún muchos conservan, hablan de ancianos, de jóvenes con una discapacidad sobrevenida y de otros seres vivos que pasan a las listas de los dependientes.

Y la pregunta que usted, querido lector se hace, pone encima de la mesa esa palabra temida que habla de derechos. Los famosos y ya manidos derechos humanos. Esos que nos saltamos a la torera, porque la torera debe ser ya una verja bajita que todos hemos pasado alguna vez. Y opinamos. Lo peor de todo es que opinamos sin saber.

En la antesala de la sinrazón dejamos entrever nuestra ignorancia cuando decimos a voz en grito que nos vamos a cargar a los abuelos, por ejemplo; vamos a elegir quién vive; no vamos a invertir en investigación y otra serie de cuestiones que, repito, tienen que ver con la ignorancia supina.

En esta, como en otras materias que hablan de salud, las personas humanas como diría una ilustre Señoría alguna vez, desconocemos cuáles son los consejos que un intensivista nos procurará, una vez llegados a ese lugar en donde la vida está muy próxima a la muerte. El terror a depender, a no poder hacer, a no tener conciencia, debe ser exclusivamente propiedad del que sufre y no podemos ni debemos ampararle. Los consejos se quedan huecos cuando una persona que tiene respiración asistida, no come y no es autónoma, pide en su testamento vital ser desconectado en ese caso. Nadie querría llegar, pero ¿y si llega?

LO TRISTE ES QUE TODOS OPINAMOS ACERCA DE CÓMO SE SIENTE UN SER HUMANO QUE YA NO PUEDE ELEGIR.

La muerte no llega y pasan los años. Existen muchas circunstancias, muchas enfermedades, enfermos que son únicos, porque a pesar de tener la misma patología que el de al lado, cursa de forma distinta, entonces, ¿por qué opinamos todos?.

Esta medida arroja en la hoguera de las vanidades otro leño más para que arda, para que se considere y para que sea reconsiderado, porque todos tenemos algo que decir cuando lo verdaderamente cierto es que nos han puesto encima de la mesa la posibilidad de elegir. Habrá quien elija la vida como opción vital a pesar de ser un dependiente y otros, ante una edad senil, ya cerca de los cien años, consideren que estorban y busquen el otro lugar que unos llaman cielo, otros energía y otros no lo llaman, para irse para siempre porque no hay plan b y la cosa no mejora.

En esta materia, como en casi todas las que tienen que ver con los derechos humanos, si nos vamos a la constitución española que nos ampara, todos tenemos derecho a la vida, pero también a una vida digna. No juzguemos aquello que no conocemos y, sobre todo, no le pongamos nota al verdugo.

No me pregunten ahora si estoy o no de acuerdo. Yo estoy siempre con el que sufre porque nunca tiene dónde elegir y no soy quién para cuestionar lo que decide o no decide hacer. La  eutanasia que viene del griego y significa morir bien, es algo que ahora se podrá decidir. Lo demás, no es para que sea juzgado.

La comunidad médica ni se carga a la gente ni se dedican a aliviar camas para que vayan pasando y cada vez queden menos. Hablamos de personas, recuerden…allí vamos a estar usted y yo, y entonces, y solo entonces, hablaremos de dignidad, de respeto y de dependencia. Porque en ese devenir que nos espera, todos, en cierta medida, seremos dependientes alguna vez y tendremos una discapacidad porque no oiremos, no veremos bien y quizá la pinza se nos haya ido de paseo. Vamos a respetar que es la única cosa que nos falta en la lista. Arrieros somos.

Que el fin del mundo te pille bailando
Que el escenario me tiña las canas
Que nunca sepas ni cómo, ni cuándo
Ni viento volando, ni ayer ni mañana 
decía Sabina.

Origen:  Periodistas en Español

La crisis institucional y deportiva del FC Barcelona 

El FC Barcelona es un equipo totalmente acostumbrado a ganar y los aficionados exigen considerablemente a sus jugadores que luchen por todos los títulos cada temporada. Por ello, cuando las cosas no funcionan de la manera correcta se empiezan a buscar culpables desesperadamente, como ocurre en este momento. Algunos aficionados achacaban el mal juego del equipo a Ernesto Valverde, quien era destituido hace unos días para incorporar a Quique Setién.

El exentrenador del Real Betis está caracterizado por defender el estilo de juego de posesión, por lo que para la entidad blaugrana era una buena ocasión para hacer que los aficionados pudiesen ver buen fútbol. En un equipo de tanta exigencia no es nada fácil empezar con buen pie ya que los mejores jugadores del mundo necesitan pautas muy claras de cómo quiere jugar el nuevo entrenador. Los primeros resultados no han sido del todo positivos ya que el Real Madrid ha vuelta a hacerse con el liderato de la Liga Santander, pero es cuestión de tiempo que empiece a funcionar la maquinaria.

Sigue…

Origen:  Periodistas en Español

El secreto de la felicidad crónica a medida que envejece

“Son las pequeñas cosas en la vida las que terminan importando más que nada”. (Pxhere/CCO)
Una mente inclinada hacia la gratitud, la mejor defensa contra la ansiedad y la depresión relacionadas con la edad.

POR BRUCE HOROVITZ, KAISER HEALTH NEWS

Por todos lo sucedido, Fletcher Hall no debería ser feliz. A los 76 años, el gerente retirado de la asociación comercial había sufrido tres ataques cardíacos y ocho operaciones cardíacas. Le han insertado cuatro stents y un globo en el corazón. Tiene diabetes, glaucoma, osteoartritis en ambas rodillas y neuropatía diabética en ambas piernas. No puede conducir. No puede viajar mucho. No puede ver muy bien. Y su condición cardíaca limita severamente su capacidad para hacer ejercicio. En un buen día, puede caminar unos 10 metros antes de necesitar descansar.

Sin embargo, el residente de Brooklandville, Maryland, insiste en que es un hombre verdaderamente feliz, en parte porque aprecia lo que puede hacer. “No hay duda de que a medida que la edad afecta tu vida, tienes días de ‘perro negro’”, dijo Hall. “Lucho contra el envejecimiento todos los días. Pero nunca, nunca me rindo. Tienes que trabajar para mantenerte feliz”.

Hall se enfoca en las cosas que lo alegran: escribir y escuchar música y audiolibros. Al hacer malabarismos con esos pasatiempos a lo largo del día, todos los días, finalmente siente una sensación de satisfacción. “Cada una de esas cosas requiere que use mi mente, lo cual es algo bueno”.

Los expertos en geriatría están de acuerdo en que Hall ha descubierto la fórmula correcta. “Debes estar dispuesto a aceptar tu nueva realidad y seguir adelante”, dijo la Dra. Susan Lehmann, directora del programa diurno de psiquiatría geriátrica en la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins. “Trata de tener la mejor vida posible donde estés ahora”.

Vivir con una enfermedad crónica a menudo complica la vida. La mayoría de los adultos mayores de 65 años tienen múltiples afecciones crónicas que contribuyen a la fragilidad y la discapacidad, según un informe de 2013–14 de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CCPE). El porcentaje de personas de 65 años o más con diversas afecciones crónicas también ha aumentado con el tiempo. El porcentaje de personas que informaron hipertensión, asma, cáncer y diabetes fue mayor en 2013–14 que en 1997–98, informan los CCPE.

ancianos
“Debes estar dispuesto a aceptar tu nueva realidad y seguir adelante”. (Pixabay)

Las condiciones crónicas pueden tener un impacto devastador tanto en hombres como en mujeres, según el informe de los CCPE. Alrededor del 57 por ciento de las mujeres y el 55 por ciento de los hombres mayores de 65 años informaron hipertensión. Otro 54 por ciento de las mujeres y el 43 por ciento de los hombres informaron artritis. Y un 35 por ciento de los hombres y un 25 por ciento de las mujeres informaron que padecían enfermedades del corazón. Al mismo tiempo, las mujeres mayores tenían más probabilidades de informar síntomas depresivos clínicamente relevantes en comparación con los hombres mayores. En 2014, el 15 por ciento de las mujeres mayores de 65 años informaron síntomas depresivos, en comparación con el 10 por ciento de los hombres.

El dolor crónico, de hecho, con mayor frecuencia conduce a la depresión más que la ansiedad, dijo la Dra. Kathleen Franco, decana asociada de la Facultad de Medicina Lerner de la Clínica Cleveland. Esa depresión luego genera dolor y sufrimiento adicionales, dijo. “Entonces tienes un componente emocional y físico”.

Por eso Hall se aferra a su gran pasión: la escritura. Cuando se retiró a los 65 años, su plan original era viajar con su esposa, Tracey. Sus limitaciones físicas frenaron esos objetivos, por lo que regresó a lo que le trajo la mayor felicidad. Permanece comprometido con las noticias diarias escribiendo para dos blogs, incluida una columna general en la que defiende lo que llama sus valores “conservadores compasivos”.

Hall también adora la lectura, a pesar de que el glaucoma lo ha hecho casi imposible. No se rinde, usa su altavoz inteligente Amazon Echo para pedir audiolibros. Le encanta sentarse en su balcón al sol y escuchar libros como The Guns of August. Del mismo modo, le gusta escuchar música clásica y country, especialmente los Oak Ridge Boys y el grupo de rock country Alabama.

Hall también aprendió a usar Alexa, el asistente digital integrado de Echo, para ayudar con tareas aparentemente simples que son difíciles con la vista deficiente. Para decir la hora, simplemente le pregunta a Alexa.

Más allá de eso, evita quedar atrapado en cualquier bucle de frustración, como tratar de solucionar problemas de la computadora. Durante una reciente disputa tecnológica, simplemente apagó la máquina y encendió PBS y Charlie Rose. “Ver ese programa mantiene mi mente activa”, dijo. Después de tomarse el tiempo para desestresarse, pudo resolver el problema tecnológico.

Hall encuentra alguna excusa para salir de su casa todos los días. A veces, hace un recado, o se encuentra con un amigo para almorzar. Como amante de las aves, podría sentarse en un parque escuchando pájaros cantando. “Si puedo combinar un lugar agradable con el sonido de las sinfonías de aves, soy un campista feliz”, dijo.

Esta es la versión de Hall de lo que algunos expertos llaman “atención plena”. La atención plena, que a menudo implica una respiración profunda y lenta que tiene como objetivo reducir el ritmo cardíaco y calmarlo, puede ser muy eficaz en personas mayores y con problemas, según dijo Franco. “Es simple. No cuesta nada, puedes hacerlo y nadie sabe que lo estás haciendo”.

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La verdadera clave de la felicidad no son las cosas materiales, sino la gratitud por las simples bendiciones de la vida. (Crédito: Pixabay)

Hay otra cosa que a menudo funciona como magia: ayudar a los demás. “Una vez que comienzas a dar a los demás, tiendes a no quedarte atrapado en tus propios dolores y molestias”, dijo Franco.

Anne McKinley lo sabe de primera mano. Incluso a los 85 años, sigue siendo voluntaria para un grupo de defensa de la tercera edad y forma parte de su junta directiva.

McKinley hace frente a los efectos debilitantes de la escoliosis de por vida. Ella también lucha contra el glaucoma, y ​​sus dificultades con la percepción visual afectan su equilibrio. Le han reemplazado ambas rodillas y más recientemente necesitó una cirugía de emergencia por una infección que contrajo en el hospital después de una cirugía de paratiroides, que también afectó sus cuerdas vocales.

La residente de Evergreen, Colorado, dijo que mantener una actitud muy positiva, y comunicarse constantemente con familiares y amigos, la mantiene contenta.

“Sentir que tengo el control de mi vida es muy importante”, dijo. “La clave es no sentirse apurado. Puedo lograr una cosa en un día y sentirme bien por eso”.

Ha sido un camino difícil desde que su esposo, Cameron, murió hace cuatro años después de 59 años de matrimonio. Pero con su maestría en trabajo social y su experiencia en este campo, sabía cómo utilizar los servicios sociales para las personas mayores en su comunidad. Eso incluye un servicio que realiza tareas domésticas y otras tareas por una tarifa modesta.

McKinley todavía visita a su familia en Florida, aunque debe usar un bastón o un andador para moverse. Sus nietos con frecuencia vienen a visitarnos, “y nos damos un festín cada vez que lo hacen”, dijo. Sobretodo con las galletas y pasteles que le encanta hornear. Pero lo más importante es que ella siempre sale de la casa. Se corta el pelo todas las semanas. “Es lo que más bonito tengo todavía”, dijo.

Luego, está su gato siamés, Frankie, que se une a McKinley todas las noches a las 6 p.m. para ver las noticias de la noche mientras ella se prepara un aperitivo y un martini. “Mi parte favorita son las aceitunas”, dijo.

Ella expresa cuán particularmente agradecida está por lo que tiene, incluida una casa con un techo de 20 pies de altura en un sitio de 18 acres, donde puede mirar por cualquier ventana y ver la belleza circundante.

La verdadera clave de la felicidad en todas las edades y en todas las etapas, especialmente en la vejez, no son las cosas materiales, sino la gratitud por las simples bendiciones de la vida, como la risa entre amigos o ver un atardecer con un ser querido, dijo Lehmann, el médico de Johns Hopkins. “Son las pequeñas cosas en la vida las que terminan importando más que nada”.

Bruce Horovitz es periodista independiente y escribe regularmente para Kaiser Health News, que primero publicó este artículo. La cobertura de KHN relacionada con el envejecimiento y la mejora de la atención de los adultos mayores está respaldada en parte por la Fundación John A. Hartford.

Origen: LagranEpoca

¿Te sientes solo cuando estás solo?

POR NANCY COLIER

Mientras que nuestro uso de la tecnología ha cambiado profundamente nuestras relaciones con otras personas, ha cambiado nuestra relación con nosotros mismos aún más, y esta es la relación más importante de todas.

Ya no nos vemos a nosotros mismos como un destino. Nuestro ser es un vacío que hay que llenar, con entretenimiento, información, o cualquier otra cosa que se sienta bien. Estar solo es estar solo, como si nuestra propia compañía no valiera nada. En el momento en que nuestro amigo se levanta para ir al baño, estamos esperando en una fila, o estamos entre actividades, agarramos nuestro teléfono para revisar lo que podamos revisar, cualquier cosa menos estar con nosotros mismos. Nos relacionamos con nosotros mismos como el agujero en el centro de la rosquilla.

Como resultado de nuestro desaparecido sentido del valor, sobrevivimos de la validación como nuestra fuente de significado. “¿Alguien más cree que esto importa? ¿Cómo lo hice a los ojos de los demás?”. Ofrecemos nuestra experiencia a las redes sociales para averiguar lo que significa para todos los demás, para que podamos saber lo que debería significar para nosotros. Al hacerlo, regalamos nuestra experiencia y su correspondiente valor. Nos privamos del alimento que podría provenir de nuestra propia vida.

Además, creamos un personaje, una marca, la persona que defiende nuestro verdadero yo que ha desaparecido. Luego usamos la vida para apoyar y defender a esa persona, capturar nuestra experiencia en nuestros dispositivos para probar que somos realmente la persona que se anuncia que somos, la persona que el resto del mundo piensa que somos. La vida no se vive directamente, sino que se utiliza como evidencia para apoyar nuestra identidad. Como resultado, tenemos una biblioteca de fotos que está llena, pero nuestro pozo interior está vacío.

Mujer sola revisando sus redes sociales en el celular. (Pixabay/rawpixel)

Tampoco es de extrañar que hoy en día luchemos con la autoestima. Nuestro nuevo sistema de valores pone la facilidad y la inmediatez por encima de todo. Pero un verdadero sentido de autoestima no viene de lo que es fácil. Se basa en el trabajo duro, el esfuerzo y el tiempo. Podemos llegar a la cima de la montaña en helicóptero e incluso tomar selfies una vez que hayamos llegado, demostrando que somos excursionistas y que viajamos a las cimas de las montañas. Pero nada de esa marca construirá el respeto a sí mismo como caminar y sudar cada paso hacia la cima.

En un estudio, los jóvenes se enfrentaron a una habitación vacía con nada más que una pequeña y chocante máquina. Con la opción entre no hacer nada y darse choques leves, el 70 por ciento de los hombres y el 25 por ciento de las mujeres eligieron sorprenderse a sí mismos en lugar de sentarse con sus propios pensamientos y sentimientos. La meta en la vida parece ser entretenernos y mantenernos ocupados todo el camino hasta la tumba para que podamos evitar tropezarnos con nosotros mismos a lo largo del camino.

Además, hemos olvidado nuestra propia autoridad interior, nuestra propia sabiduría. Ya no confiamos en que las respuestas a nuestras preguntas provengan de nosotros, no de Google. Hemos dejado de preguntarnos qué pensamos qué es lo mejor y qué es lo que queremos. Nos hemos dado por vencidos como nuestra guía en la vida. Hemos descartado nuestra mayor fuente a cambio de un algoritmo.

Lo importante ya no es lo que pensamos de nosotros mismos, sino lo que pensamos que los demás piensan de nosotros. La comparación es el indicador por el cual nos experimentamos a nosotros mismos. ¿Estamos a la altura de la información de Instagram de todos los demás? ¿Dónde nos situamos en la mayor fotografía cultural? En lugar de preguntar: “¿Quién quiero ser?”, preguntamos: “¿Quién crees que debería ser?”.

Necesitamos recordar que nosotros mismos somos un destino. Y, lo que nos importa, lo que pensamos, sentimos y queremos es algo que descubrir. Tenemos que empezar a consultar con nosotros mismos de nuevo, no solo con Google, redescubriendo nuestra propia autoridad interna, la verdadera fuente que sabe lo que es mejor para nosotros. Queremos empezar a pasar tiempo en nuestra propia compañía, sintiendo curiosidad por saber cómo estamos en medio de este viaje salvaje llamado vida.

Necesitamos recordar lo que se siente al tener una experiencia y guardarla para nosotros mismos, sin pedirle a nadie más su comentario y aprobación. Así también, debemos volver al hábito de hacer cosas difíciles, cosas que toman tiempo, pero que construyen una verdadera autoestima. Necesitamos una confianza que sea fiable y que no vaya y venga con gustos o seguidores.

Necesitamos volver al hábito de invitar a nuestra propia sabiduría a la mesa, preguntándonos a nosotros mismos las preguntas importantes. “¿Qué es lo que pienso? ¿Qué es lo que quiero? ¿Qué me importa a mí? ¿Qué es lo más importante para mí? ¿Quién quiero ser?” Hágase estas preguntas todos los días. Pase tiempo en su propia compañía. Si bien puede parecer que hoy en día estamos totalmente centrados en nosotros mismos, de hecho, nuestra relación con la tecnología nos ha llevado a abandonarnos a un nivel profundo, a hacer invisible nuestra propia presencia. A partir de hoy, ahora, lo invito a volver a casa, a recordar que es un destino que merece su propia atención. De hecho, usted es su mejor compañía.

Nancy Colier es psicoterapeuta, ministra interreligiosa, oradora pública, líder del taller y autora de “The Power of Off: The Mindful Way to Stay Sane in a Virtual World”. Para más información, visite NancyColier.com

Origen: LaGranEpoca

Adicciones: la “agonía” del amor al hijo o el drama del “Guason”

Presencias protectoras se necesitan

“El drama del niño es quienes son sus cuidadores”. R. Descartes-maestro en filosofía (1596-1650).

Llama la atención cada vez más ver a consumidores de sustancias con la prevalencia infantil de traumas severos. Oscar me habla como se escapó de su casa al observar los malos tratos de su padre con violencia hacia su madre y ella. Rosa me habla de la violación del padre y luego del padrastro durante años y como mantuvo el silencio hasta hace poco. Raúl me relata como su padrastro lo violaba. Y asi podemos seguir. Muchos luego practicaron la prostitución y el “combo sexo y drogas” los acompañó hasta que llegaron a Gradiva.

El “Guasón” como ficción en película es un retrato de la realidad de muchos. Alguien violado desconociendo al padre, usado por su madre y criado en un mundo de mentiras solo vive detrás de una máscara de un vacío que lo acompaña desde niño. Luego es un gran vengador social, pero en una escena dramática su testimonio de vacío-mascara se transforma en epidémico ya que aparecen miles y miles de “guasones “en la ciudad. Son muchos los que viven y vivieron eso. El “Guasón” parece ser un reclamo “loco” por el Padre ausente o incierto de la postmodernidad.

Las drogas y el alcohol desde la adolescencia tapan ese cuadro infantil o mejor dicho lo anestesian y sumen al consumidor en una guerra contra sí mismo. Venganza y odio hacia el otro que luego se transforma en pasión suicida con sustancias.

 

La vida como trauma

Precisamente la Asociación Americana y la Academia de Pediatría (2019) acaba de lanzar un estudio de miles de pacientes con problemas de adicción en donde predominan en la infancia stress-postraumáticos ligados a:

Abuso emocional • Abuso físico • Abuso sexual • Negligencia emocional • Negligencia física • Maltrato violento a la madre • Abuso emocional • Abuso físico • Abuso sexual • Negligencia emocional • Negligencia física • Maltrato violento a la madre • Abuso de sustancias en el hogar • Enfermedades mentales en el hogar • Separación o divorcio de los padres • Encarcelamiento de un miembro del hogar (trabajo de consulta del médico Dr. Gustavo De Vega)

Todo esto asi como la muerte temprana de uno de los padres o la ausencia o abandono con falta de presencia permanente de uno de ellos es el suelo propicio a enfermedades mentales y especialmente a conductas suicidas adictivas. Esto es importante entre los 0 y 18 años y especialmente en clases opulentas o en la pobreza marginalizada.

Estos traumas generan lo que se llama stress tóxico y acompañan durante toda la vida a un paciente y recordamos asì a Mahatma Gandhi cuando decía que el “principal veneno en la vida es el odio”. Odio hacia el otro y odio hacia si mismo. De ahí proceden depresiones, fobias, baja autoestima, buscar parejas que representen un típico “Síndrome de Estocolmo” (golpeadora o dominante como esclavizador). Y por fin el anestésico que aparece en las góndolas prestigiadas de la postmodernidad doliente o sea las drogas.

 

Presencias protectoras se necesitan

El trauma puede ser suturado si aparecen presencias protectoras ante las amenazas y realidades vividas. Este es un factor que permitirá de existir una resiliencia que permita superar la adversidad. A veces esto existe o se llega tarde.

Desde la infancia van apareciendo conductas hiperkinéticas, déficit de atención, atraso escolar que parecen ser “resacas” y derivados de los traumas y de las privaciones afectivas.

Lo interesante es que hoy sabemos que el desarrollo del sistema nervioso es diferente cuando un niño es amado, acompañado en su crecimiento, reconocido y respetado en su dignidad y cuando sufre vejámenes como los descriptos antes.

Procesos tan complejos como el desarrollo neuronal, las conexiones entre ellas dependen del amor y el cuidado familiar. Hay por ende una biología del trauma. El rechazo se trasunta en el desarrollo del sistema nervioso.

Dependemos de nuestros cuidadores primarios y ya un gran filósofo como R. Descartes decía el “drama del niño son sus cuidadores” sin conocer del tema de la neurociencia y como la ternura interviene en las interconexiones nerviosas y en la salud mental.

El Harvard Institute de la Infancia (2019) ha mostrado que un niño carenciado de cuidado tiene una irrigación cerebral y una actividad eléctrica inferior al niño amado y reconocido. El stress crónico nos dice puede ser tóxico para los cerebros en desarrollo.

Cuando no hay Palabras, ternura, reconocimiento y el “Nomos” de la Ley aparece la Química como solución letal pero misteriosamente prestigiada en esta sociedad liquida.

Origen: Periódico Tribuna de Periodistas